miércoles, 8 de noviembre de 2017

Mujeres singulares. III. Rosa de Lima



                                                                                                                Rosa de Lima

El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón desembarca en Guanahaní y en nombre del Rey y la Reina, sus señores, toma posesión de unas tierras a cuyos nativos llama indios y al territorio Indias Occidentales. Según sus cálculos, él y sus hombres han llegado a la parte occidental de la India.




En 1532, Francisco Pizarro, al frente de un grupo de aventureros españoles, se dirige a las costas de Perú buscando un reino de oro. Fundan la ciudad de San Miguel de Piura y escalan los Andes, en lo que fue una de las marchas épicas más grandes de la historia. Asestan un golpe traicionero a los incas en la masacre de Cajamarca, hacen prisionero al emperador Atahualpa y posteriormente le dan muerte. En 1533 se adueñan de Cuzco, capital de los incas.

                                                                                                            Atahualpa

Durante décadas aquellos espacios vacíos se llenaron de conquistadores en búsqueda de oro. No solo lucharon contra los indios, sino entre ellos y especialmente en guerras civiles contra el poder establecido, que llegaba desde España en forma de leyes reales para organizar la vida social y económica en las tierras conquistadas. Pizarro pierde el mando por no querer acatar las órdenes de Don Carlos y es sustituido por un gobernador general; finalmente y por real cédula de 20 de noviembre de 1542, el Emperador crea la figura del virrey, que durará hasta la independencia.


                                                                                                                 Victoria de Cajamarca 

Estas leyes, que les perjudican, se derogan con el tiempo, y en ello influye de manera especial la actuación de las mujeres, quienes estuvieron en su mayoría de parte de la Corona.

En 1588, Felipe II escribe una carta a las damas de Arequipa, agradeciéndoles su envío de dinero, joyas y adornos de oro para contribuir a la lucha contra los turcos y los infieles.

En 1535, Pizarro había fundado otra ciudad con el nombre de Ciudad de los Reyes, que con el tiempo se convirtió en Lima. En ella construyó su palacio y en ella murió en 1541 a causa de una reyerta promovida entre los mismos guerreros. Es Almagro quien dirige la facción enemiga de Pizarro y a su vez es asesinado por los pizarristas en venganza.

Pizarro pertenecía a una familia noble, pero no ostentaba título nobiliario. En 1537, el Emperador le había escrito una carta:

“…entre tanto os llamaréis marqués, como os lo escribo. Por no saber el nombre que tendrá la tierra que en repartimiento se os dará, no se envía ahora dicho título”.

Hay dudas sobre la alfabetización de Pizarro: parece ser que sabía leer, pero no escribir. En documentos firmados por él pone dos rúbricas y entre ellas está escrito ‘marqués’ o ‘Francisco Pizarro, marqués’, de la mano del mismo escribano que había redactado el texto.

                                                                                                                         Doña Francisca

Había tenido de Inés Yupanqui, princesa inca, una hija llamada Doña Francisca, que queda legitimada al llegar a España para casarse con su tío Hernando Pizarro. Un nieto del matrimonio, Juan Fernando Pizarro, obtiene de Felipe IV el título de Marqués de la Conquista para la familia. Hernando y Francisca mandan en su testamento, firmado en 1578, que se construyan una Iglesia y un Hospital. Aquella donación se ha convertido en la actual “Fundación Obra Pía de los Pizarro”, que atiende obras sociales y culturales tanto en Perú como en España.


La independencia de Perú es proclamada en 1821 y los títulos nobiliarios abolidos a partir de1823.

Aclaraciones.- Virreinato del Perú: entidad territorial situada en América del Sur, integrante del Imperio español y que fue creada por la Corona durante su dominio en el Nuevo Mundo, entre los siglos XVI y XIX. El rey gobernaba a través de instituciones que funcionaban en España y Perú.
-Casa de Contratación (1503). Organismo creado por la Corona; radicaba en Sevilla y tenía por finalidad el control del comercio y la navegación entre España y América. Españoles en América informaban al rey sobre tierras que se iban conquistando.
-Casa de Indias. Organismo que asesoraba al rey en funciones ejecutiva, legislativa y judicial. Sin sede fija, viaja con el rey y la Corte.
El monopolio de la corona da lugar al contrabando. Se envían a la metrópoli productos agrícolas, manufacturados, oro y plata. La mano de obra india es muy barata pero insuficiente; se importan negros de África que, al ser esclavos, no cobran.


Otro ejército de hombres, los clérigos, vinieron tras los conquistadores con el afán de que los incas dejasen de ser ‘adoradores del dios sol’ y lo fuesen de un Dios cristiano, español y europeo. La iglesia de Lima se institucionaliza en 1541 creando un Arzobispado. La invasión militar trae consigo la imposición religiosa. Se enfrentan dos culturas, dos civilizaciones diferentes. A pesar de todo lo que se ha escrito sobre los incas, es difícil el conocer su mentalidad, su espiritualidad; sustituir sus creencias ancestrales. Sí que admira a los españoles la dignidad y el porte de aquel pueblo con el que se ha enfrentado.

Todos están apremiados por las prisas y los mensajes de los soberanos y los virreyes: cada bautizo supone que haya un pagano menos y un nuevo hijo de Dios.

Los conquistadores llevaron al Perú, a parte de la lengua y la religión, los toros, las peleas de gallos y sobre todo los caballos, que tanta admiración y respeto suscitaron entre los incas y fueron los progenitores de los que hoy existen en el país.

Los virreyes fundan colegios para españoles, príncipes incas, caciques. Para los demás hay también aulas de enseñanza más modestas: los misioneros aprenden rápidamente sus lenguas y en ellas escriben los textos de los catecismos.

La Inquisición es una institución para la defensa de la pureza de la Fe, pero nunca tuvo jurisdicción sobre los indios.
  
La voluntad regia española, al empezar la gran empresa, no era que se produjesen desórdenes y muertes, sino llevar la civilización al Nuevo Mundo, y para ello eran necesarias la fundación de ciudades y la presencia masiva de mujeres.

“Hijas de conquistadores” es una expresión que se encuentra con frecuencia en documentos coloniales, de los siglos XVI y XVII, virreinales, administrativos y clericales, y aun utilizada por las mismas mujeres. No se refiere solo a la primera generación de hijas nacidas en el Perú, de padres que participaron directamente en la conquista del Imperio Inca. Hace también alusión a las mujeres nacidas en el Perú hispánico de antepasados españoles, criollas puras o mestizas, al margen de su vínculo con los primeros conquistadores y colonizadores. Señala, pues, a mujeres de raza española (al menos en parte), que hablan solo castellano, viven en ciudades y están profundamente influidas por el sistema de valores de la cultura y el catolicismo españoles.

Desde el momento en que llegaron a España noticias tan alentadoras sobre las colonias, la demanda de licencias se disparó, originando un mercado negro. Francisca Brava distribuía un cartel por las calles de Sevilla con el siguiente texto:

“Todo aquel que quiera comprar una licencia para marchar a las Indias, puede ir a la Puerta de San Juan y Santisteban, en la calle Tudela, cerca del puente de la piedra, y en esa calle pregunte por Francisca Brava y ella se la venderá allí”.

                                                Boda de Martín Loyola con princesa inca y Juan Borja con Ana María Loyola

Mujeres en El Perú

Hay mujeres de todas clases que desean irse: el riesgo, la aventura, empezar una nueva vida, encontrar un marido… En 1533 ya había mujeres en Piura; en 1534, en Jauja y Cuzco; en 1536, en Trujillo… La década de los 40 empieza con la existencia de 30 mujeres en todo Perú y acaba habiendo ya mil.

Soldaderas, esposas, madres, fundadoras de grandes familias…, las que empuñan una espada o las que no se las oye porque caminan discreta y silenciosamente…; todas tuvieron su papel y colaboraron en plantar las sólidas bases de una sociedad española.

Los primeros hombres en llegar, sin mujeres propias a su lado, mantuvieron relaciones sexuales con las nativas y tuvieron hijos. Algunos se casaron con ellas; otros pagaban los servicios de cuidadoras para que los criasen. Sin embargo, había muchos niños mestizos abandonados a los que se les prestó generosa ayuda. Es digna de encomio la actitud de las mujeres españolas, de cualquier clase social, en relación con este asunto. Durante todo el virreinato estos niños fueron cuidados con esmero. Ellas sí que comprendieron que se trataba de un dominio español pero sostenido sobre dos bases: española e india.

-‘Soldaderas’, amantes y mujeres de amor

‘Las soldaderas’ acompañan a los conquistadores y su actitud no es pasiva, ya que luchan como uno de ellos, a veces de forma más cruel. Son de gran ayuda: cuidan a los heridos, acompañan y animan a los derrotados y hasta se ocupan de la intendencia.

                                                                                                             Inés Suárez y Pedro de Valdivia

Inés Suárez, venida de España en 1537, se convierte en la amante de Pedro de Valdivia, cuya esposa continúa en la metrópoli. Inés es la única española que participa en la conquista de Chile. En la cruenta batalla de Santiago, es ella la que da orden de degollar a los caciques prisioneros y arrojar sus cabezas sobre los araucanos, que huyen despavoridos. En medio del caos y la ruina, y ante las risas de los hombres que yacen en tierra derrengados, Inés, previsora, se dedica a correr detrás de los animales domésticos hasta que logra capturar un gallo y una gallina, y un cerdo y una cerda.


Cerca de los 50 años, y con gran esfuerzo, aprende a leer y escribir, lo que provoca muchas críticas. La sociedad machista de la época no era partidaria de la alfabetización femenina.

El gobernador real del Perú, Pedro de la Gasca, hombre religioso y cumplidor de las leyes, recrimina a Valdivia su concubinato y hace venir a su esposa de España. Inés acata la situación con gran pena y acepta el matrimonio con Rodrigo Quiroga. Con los años Quiroga será nombrado gobernador de la colonia del sur, e Inés se convertirá en persona muy respetada y en una especie de ‘primera dama’ del reino de Chile.

Isabel de Guevara (no se conocen bien las fechas de nacimiento y muerte), en 1535 se embarca en la expedición que dirige Don Pedro Mendoza. En ella iban mil personas (entre ellas un hermano de Santa Teresa de Ávila) y solo entre ocho y once mujeres. Se dirigen a lo que con el tiempo sería Buenos Aires y después quieren fundar lo que, también con el tiempo, sería Asunción. Hay una gran hambruna. Comen ratas, culebras, sabandijas y hasta zapatos de cuero. Son las mujeres las que mantienen a los hombres con vida. Lavan su ropa, hacen la comida, los limpian, les arman las ballestas; están todo el tiempo 'sargenteando' a los soldados. Para animarlos, gritan y cantan.


En 1556, escribe una carta dirigida a "la muy alta y poderosa señora Doña Juana de Austria, princesa gobernadora de los reinos de España", pidiendo ayuda y que se acuerden de ellos en los repartimientos. La carta llega tarde porque hace una año que Doña Juana ha muerto y Don Carlos no se digna responderle.

Isabel de Guevara escribe: “Las mujeres eran física y psíquicamente más fuertes que los hombres, porque Dios las había hecho la fuente y el soporte de sus vidas”.

Muchos conquistadores, colonizadores y hacendados tienen amantes con las que la mayoría se casa. Estas primeras mujeres no están sujetas a normas morales y jurídicas y por tanto obran por su cuenta y con total libertad. Su coraje, actividad y actuación son de gran ayuda en épocas caóticas.

En las otras colonias se conocen las riquezas del Perú y hacia allí se dirigen mujeres de moral dudosa pensando amasar una fortuna. En 1527 ya se ha expedido una real licencia: “para abrir una casa dedicada a mujeres públicas… en un lugar adecuado, porque resulta necesario para evitar peores daños”. Los obispos manifiestan su disgusto porque para ellos la moral de estas pupilas no es dudosa, está perdida, pero la licencia viene de la Corona…

Capítulo aparte merecen las llamadas ‘mujeres de amor’ que, como no querían encerrarse en una casa de prostitución, iban por libre. Buscaban un amante rico y no era raro que llegasen a casarse con él. Naturalmente eran ignoradas por la ‘gente decente’.

-Amas de casa

La vida en los claustros concedía una autonomía y una libertad que la hacía envidiable para las peruanas que vivían escondidas en casa, vigiladas por maridos celosos o padres severos. Su cotidianeidad era monótona, restringida y poco propicia para desarrollar su propia personalidad. El honor de la familia dependía de la virtud de las mujeres del clan y eran vigiladas por todos los hombres que pertenecían a él. Estas mujeres no llamaban la atención porque vivían igual que sus hermanas de Castilla.

En la primera década del siglo XVII había en Lima 26.441 habitantes, de los cuales 5.359 eran mujeres, 100 más que hombres, sin contar las 820 religiosas que vivían en los conventos.

                                                                                                 Familia

Las amas de casa tenían un poder casi absoluto dentro del hogar: se ocupaban de todos los detalles que implicaba llevar el control de una gran casa. Educaban a los hijos, propios y ajenos; también a sirvientas negras e indias, enseñándoles el castellano, la religión cristiana, el estilo de vida español, a preparar comidas y coser vestidos.

                                                                                                        Salón de palacio

Llevadas por la piedad y los hábitos culturales, las amas de casa, tuviesen o no hijos, tomaban bajo su cuidado a niños huérfanos españoles, mestizos, indios y negros. Esto por supuesto suponía tener una buena posición económica, porque muchas mujeres, a mediados del siglo XVII, llevadas por la necesidad, trabajaban fuera del hogar en el marco de pequeños negocios personales: panaderas, curanderas, parteras, costureras, sombrereras, bordadoras, ceramistas, confeccionadoras de velas, patronas, mesoneras…

¡Qué consternadas debieron quedar las primeras mujeres llegadas a Perú, al darse cuenta de que no podían seguir la dieta española! No había huevos, leche, trigo, aceite de oliva, ternera, cerdo ni las frutas habituales.

Las 12 mujeres que vivían en la recién fundada Lima, recibieron con gran alegría a los pocos animales domésticos que llegaron de España y los cuidaron en sus patios, procurando su reproducción.

                                                                                                            Inés Muñoz

Inés Muñoz (¿?-1594), mujer extremeña cuyos dos hijos adolescentes murieron en la travesía de España al Perú, casada con Martín de Alcántara y cuñada de Pizarro, era una de aquellas doce mujeres. Un día, limpiando arroz para cocerlo, vio granos de trigo mezclados con él; los plantó en una maceta y salieron unas hermosas espigas. El trigo había llegado a Perú. En 1539 se construyeron los primeros molinos y en 1543, por un real, se podía comprar en Lima tres libras y media de pan.



Inés era respetada y considerada por su papel benefactor en aquella sociedad emergente. El escritor peruano Ricardo Palma, la llamaba “la Ceres peruana”. Era encomendera y tenía varias fincas en Lima y alrededores.

En 1541, ante sus ojos, asesinaron a su marido y a su cuñado y destruyeron su casa. Ella no se dejó amilanar y reprochó su actuación a los traidores. A la vista de ellos, y en compañía de otras mujeres, lavó los cuerpos de los muertos, dispuso su entierro y salvó a sus sobrinos Pizarro.

                                                                                                                Olivos centenarios

Pasado el tiempo casó con Antonio de Rivera, dueño como ella de cuantiosos bienes y con quien compartía su afición por las plantas. En 1560, de vuelta de un viaje a España, Rivera obsequió a su esposa con los tres primeros olivos que llegaron a Perú. Los plantaron en un huerto cercano, vigilados día y noche por esclavos negros y perros guardianes. A pesar de tanta precaución, uno fue robado apareciendo meses después plantado en la frontera con Chile. La fertilidad de aquella tierra hizo que en pocos años una gran arboleda de olivos dominara las vistas sobre el Pacífico.
  
En una fiesta de Corpus Christi, el piadoso matrimonio Rivera-Muñoz regaló a la Catedral una rama de olivo como símbolo de paz. La rama fue robada por un canónigo avispado, quien se la entregó a un amigo que la hizo fructificar en un huerto de su propiedad. Ambos consiguieron hacer una buena fortuna.


¿Y qué tal un buen vino español? En 1550 ya había vid española en el valle de Lima, pero fue Doña Usenda de Loayza Bozán quien la llevó a Cuzco. Plantó en sus tierras 60.000 vides, que se fueron extendiendo por las regiones andinas peruanas.

                                                                                                           Usenda de Loayza

Quedaba un problema acuciante por resolver: el vestido. Aquellas señoras querían vestir a la española, por lo que tenían que importar el paño castellano. En 1548, las Cortes de Valladolid prohibieron su exportación, por lo que Inés tuvo que poner otra vez a contribución su ingenio.

Había ovejas merino desde 1537, su carne se comía, pero la lana se desechaba. La familia Rivera-Muñoz fundó, hacia 1545, el primer ‘obraje’ de telas en su encomienda, situada en el Valle de Jauja. Empezaron con personal y técnicas nativas, hasta que llegaron tejedores españoles con experiencia y maquinaria apropiada.


  
En torno al año 1560, Inés Muñoz había convertido la industria textil en una de las más importantes del Perú colonial. Existían también los llamados ‘chorrillos’, obrajes caseros que manejaban familias humildes. Inés murió anciana y sin descendencia. Había fundado el Monasterio de la Encarnación y fue enterrada en él.

Es cierto que la actuación de los conquistadores -Pizarro en el imperio inca, Almagro en Chile y Ursúa en el valle del Amazonas– fue transcendental para abrir el Nuevo Mundo a Europa, pero la introducción del trigo, el aceite de oliva, la industria textil, la educación de los primeros niños mestizos, fueron más importantes a la hora de crear una sociedad estable y duradera. Y eso se lo debieron a las mujeres.

                                                                                                                              Encomienda

¿Qué es una encomienda? Una institución legal, por medio de la cual la Corona concedía a algunos españoles el derecho de cobrar los tributos a un grupo determinado de indios que vivía en una región concreta.

El encomendero tenía la obligación de proteger a esos indios e instruirlos en la doctrina cristiana y en la cultura española. Esta concesión no contemplaba en sí misma ninguna cesión de tierras, pero, como los límites de la ley son tan sutiles, a los encomenderos les resultaba fácil traspasarlos y utilizar en su provecho el terreno donde estaba emplazada la encomienda. A los indios los utilizaban para trabajarlo o bien los arrendaban a colonos o mineros a cambio de un beneficio económico.

Las encomiendas se adquirían por dos causas: como real recompensa por méritos propios o por herencia. En el Perú hispánico era la manera de adquirir poder económico y prestigio social, por lo que eran muy codiciadas.

Las mujeres podían ser encomenderas en las mismas condiciones que los hombres, pero había muchas viudas propietarias que se volvían a casar, en cuyo caso el nuevo marido se convertía en administrador de la encomienda y accedía a la elite de la sociedad virreinal.

Con el pretexto de que las viudas no eran capaces de elegir por sí mismas al esposo adecuado, los virreyes pidieron a los monarcas españoles que aboliesen este privilegio para las mujeres o bien que fuesen los propios virreyes quienes eligieran el marido conveniente, que ¡oh casualidad! siempre era pariente o amigo íntimo suyo. Las mujeres pleitearon y no se rindieron nunca.

Finalmente, Felipe II resolvió no atender las peticiones de los virreyes. ¿Era amor a la justicia o deseo de proteger a las mujeres lo que motivó la decisión del Rey? En cualquier caso, el Monarca conocía el comportamiento de las encomenderas, lo que quizá le indujo a dejar las cosas tal como estaban.

                                                                                             Trabajo en la encomienda

Estas hacendadas dieron, en todo momento, muestras de enorme generosidad con respecto a los indios que estaban a su cargo: los educaron, liberaron de pagar tributos a los más pobres, fundaron hospitales para atenderles, se ocuparon de sus problemas. En testamentos de la época se puede comprobar que esta caridad femenina no era la excepción, sino la regla.

¿Y la educación? Los padres pagaban a preceptores para que enseñasen a los niños en casa. Cuando la población infantil se hizo numerosa, se pensó en fundar colegios. ¿Niños y niñas juntos? La Iglesia consideró que no era “decente”. Y empezaron a proliferar colegios religiosos y seglares para todas las clases sociales, pero siempre con separación de sexos. No había ‘escuelas públicas’ en el sentido actual de ser costeadas por el Estado, pero sí muchas fundaciones particulares que suplían con creces a los desatendidos.

Plan de estudio de las niñas: formación religiosa y vida de piedad; saber leer y escribir, aritmética, cocina, costura, bordado, ser una buena ama de casa y quizás algunos rudimentos de latín para poder seguir con devoción las funciones de la iglesia.

Llama la atención la importancia que se le dio a la música y al canto. Las mismas alumnas pedían que se les enseñase solfeo, aprender a tocar uno o varios instrumentos y a cultivar su voz. Buenos profesores se desplazaban a los colegios para cumplir esta misión. Puesto que la mujer solo podía ser esposa y madre o religiosa, no tenía porqué recibir una formación específica para ejercer una profesión determinada.

Los conventos de Lima eran de clausura y no recibían estudiantes. Las mejores familias limeñas tenían algún familiar en la comunidad y les rogaron que aceptasen a sus hijas. Mandaban algunas ¡que acababan de nacer! Las monjas se encariñaban con ellas y las criaban como hijas. Recibían una educación elitista dentro de las materias usuales, pero la mayoría ya no salían del convento: porque preferían tomar el velo.

Dos tipos de mujeres bien visibles y conocidas, tanto por los naturales del país como de los viajeros que arribaban de Europa, eran las tapadas y las beatas. Quizás porque estaban en el punto de mira de los clérigos y de la Inquisición.

-‘Las tapadas’


Acabada la conquista de Granada en 1492, una Real Orden prohibió a las mujeres árabes continuar utilizando los velos islámicos, costumbre en ellas ancestral, porque, cubiertas de tal forma, ocultaban su identidad. Estaban obligadas a usar el chal castellano y lo hicieron pero al modo del antiguo velo, dejando ver un solo ojo. Las prohibiciones continuaron en los reinados del Emperador y de Felipe II y también para las cristianas, porque las mujeres andaluzas las imitaban. Tal costumbre pasó desde Sevilla al Perú, donde arraigó.

Tapada es una mujer que se cubre con un velo o chal para no ser reconocida. Protegida por el anonimato, se atreve a hacer y decir lo que con el rostro descubierto no haría.

Las tapadas eran mujeres mundanas. Vestían con elegancia y riqueza: encajes de Bruselas, sedas de la China, perfumes orientales y el largo de la falda un poco más corto de lo normal, para que se viese la ropa interior y las zapatillas negras de terciopelo, con que calzaban los pies, bordadas en colores. Honestas madres e hijas de familia, hartas de su encierro y de no poder hacer nunca su voluntad, se arreglaban de igual manera y salían solas. Ambos tipos de mujer eran de diferente clase social, pero las asemejaba su conducta y el velo.

Al salir de casa lo llevaban al modo tradicional, pero cuando estaban lejos de su ambiente habitual se lo colocaban sobre la cabeza, dejando ver solo un ojo y lo abrían a la altura de los pechos, mostrando el nacimiento de estos. Eran parlanchinas, coquetas, sabían moverse de una manera que encandilaba la mirada. Se convirtieron en un símbolo sexual, eran las que arrastraban a los hombres al pecado.

Pero lo que molestaba a las autoridades más que su seducción era no poder conocer su identidad. Iban a la iglesia, a los toros, a los conciertos, tenían reuniones con amigos, formaban grupos entre ellas mismas en el Paseo de la Alameda. “¡Vestidos sencillos y modestos!” Clamaban los virreyes y los mandos civiles. También se oía ese clamor de los predicadores desde el púlpito.

El tercer concilio limeño insistió tercamente sobre esta cuestión, pero sin soluciones concretas. En 1609 se instó al marqués de Montesclaros, virrey a la sazón, a que tomase cartas en el asunto, pero bien porque tuviese sentido del humor, no le diese tanta importancia o lo encontrase inviable, contestó:

“… Puesto que he visto que el marido no puede controlar a su propia mujer, no confío mucho en qué puedo hacer yo para controlarlas a todas juntas”.

En 1624, el virrey Guadalcazar, por pragmática sanción, ordena que a las ‘tapadas’ cogidas in fraganti se las multe y, si iban en carroza, se les quiten los carruajes y los caballos y se las encierre cinco días en la cárcel. Las señoras de buena familia pueden cumplir los días de cárcel en casa. Sus ojos deben estar descubiertos para que se las reconozca en todo momento. Las implicadas hacen poco caso y es corto el número de las que se dejan sorprender.

Las ‘tapadas’ estaban deseando obtener más libertad personal, pero no fueron realmente conscientes del camino social que estaban abriendo hasta que llegaron a un punto de encuentro con las primeras feministas, que tomaron su relevo. En el siglo XVIII, las mujeres francesas cultas se convierten en ‘femmes salonnières’ o mujeres de salón, es decir, abren los suyos para recibir a todo hombre o mujer franceses o extranjeros con inquietudes intelectuales. Esa costumbre se extiende por otras partes del mundo. En Perú hay mujeres que presiden sus salones artísticos y literarios y que buscan con entusiasmo todo tipo de conocimiento seglar.

No pueden obtener títulos oficiales porque las universidades todavía no las admiten, pero en el Siglo de las Luces se codean con los hombres más progresistas y tratan de igual a igual a los que representan la elite intelectual del país y a viajeros que los visitan.


Apasionadas lectoras, instruidas en filosofía, matemáticas, historia antigua, teología, literatura... El “Mercurio Peruano” les publica cartas y ensayos donde exponen opiniones sobre cuestiones sociales y culturales. Sin ejercer ninguna profesión, lideran un movimiento intelectual en los últimos tiempos del virreinato.

A comienzos del XIX y finales del imperio español, las mujeres peruanas estaban cerca de ganar una completa igualdad social y legal con el hombre gracias a las ‘tapadas’, que se habían negado a someterse a los patrones de conducta que restringían su voluntad.

¿Qué tal una estatua suya al lado de las de San Martín y Bolívar? Ellos dieron la libertad política, sin valor si no hay una libertad mental y espiritual, interna y profunda, que es la que consiguieron ‘las tapadas’.

-“Islas de mujeres”

El monacato femenino peruano no era comparable al de ningún otro país católico en la época colonial. A diferencia de los beaterios tenían todos los reconocimientos canónicos y las religiosas permanecían en él de por vida, ligadas por los votos perpetuos, mujeres que elegían separarse del mundo y vivir en un reino autónomo, porque no querían hacerlo en una sociedad controlada por hombres. Hasta el punto de que llegó a preocupar a las autoridades civiles y eclesiásticas el que fuese disminuyendo tanto el número de solteras disponibles.


                                                                             Monasterio de la Encarnación. Lima

Había uno o dos conventos en cada ciudad importante. Lima contaba con 13, de los cuales 6 eran los conocidos como “conventos grandes”, fundados en los siglos XVI y XVII por mujeres importantes y ricas. Eran verdaderos bastiones que ocupaban de una a dos manzanas urbanas y el interior parecía un pueblo formado por claustros, jardines, alojamientos comunitarios, cocinas, almacenes, talleres, cementerio, porterías, locutorios, sección dedicada a las ‘damas estudiantes’ y especialmente las llamadas ‘celdas’ de las monjas de ‘velo negro’, que se podían comparar a una pequeña urbanización actual. En estas celdas vivían una o varias monjas emparentadas entre sí, con sus sirvientes y esclavas, y hasta con patios y jardines particulares.

En los conventos grandes existían clases sociales, cuyas distancias se guardaban escrupulosamente: monjas de velo negro, clase alta con la dote y la celda pagadas; monjas de velo blanco, clase media y dote incompleta; novicias; ‘donadas’, dote pagada por el arzobispado o algún benefactor; sirvientas, y esclavas. Había también hombres empleados para ciertos trabajos, pero dormían en sus casas.

Existían verdaderos conventos donde se seguía con todo rigor la Regla de los fundadores de la Orden, pero en general estos monasterios eran reuniones de mujeres, donde, aparte de las obligaciones que les imponía su condición, se celebraban representaciones teatrales, que los jesuitas habían puesto de moda, conciertos, fiestas, y se recibían continuamente visitas de seglares, tanto de familiares como de amigos.


                                                                                       Madre abadesa. Tamara de Lempicka

Nadie tuvo tanto poder en Perú como la abadesa de uno de ellos. No atendían órdenes del arzobispo ni del rey. Gozaban de total independencia y manejaban libremente sus propias fortunas y las del convento. En épocas florecientes llegaron a albergar de 700 a 1.000 personas. Empezaron a decaer a partir del siglo XVIIIl, porque también decayeron las creencias religiosas, pero durante el virreinato eran el mejor emplazamiento para una mujer.


Estas beatas vestían el hábito religioso de cualquiera de las muchas órdenes femeninas que pululaban por el país, pero sin estar vinculadas a ninguna reconocida jurídicamente. Asistían a todo tipo de celebraciones litúrgicas que tenían lugar en iglesias y capillas, practicaban a diario ejercicios religiosos y actos de caridad. El pueblo de la época, profundamente religioso, las creía dotadas de cierto poder sobrenatural y acudían a ellas en busca de ayuda y consejo. Gozaban de respeto y prestigio. Aunque modestamente, podían vivir con las limosnas y regalos que recibían. La Iglesia alentaba a estas mujeres para que continuasen con su santa forma de actuar.

                                                                                            Beaterio de Nuestra Señora de Copacabana

Existían también los beaterios, casas de retiro, donde las beatas vivían en comunidad de manera informal. Esta forma peculiar de vivir no les permitía hacer votos ni estar juntas más que como un grupo de amigas seglares. En contrapartida, el derecho canónico no contemplaba la injerencia de las autoridades eclesiásticas en sus asuntos. El estar unidas no afectaba a sus prácticas religiosas, pero sí tenía importancia en sus ingresos económicos. Un grupo de mujeres juntas se podía mover con tranquilidad y tener más éxito en sus demandas entre sus numerosos amigos. Los conventos tradicionales y lo beaterios tenían un parecido exterior, pero el interior era completamente distinto.

Todas las ciudades importantes tenían beaterios: el de las Amparadas, el de Viterbo, el de Patrocinio, el de las Nazarenas y el de Copacabana estaban en Lima. Este último era importante y singular, pues se había construido ex profeso para mujeres de la aristocracia inca que gozaban de los beneficios de grandes propiedades urbanas y rústicas. En Cuzco estaban las Nazarenas de Cuzco, al frente de cuyas finanzas se encontraba una india que compró muchas fincas urbanas. Pasaba gran parte del año recorriendo zonas rurales, donde recibía cuantiosos bienes como limosna. Los mismos hacendados le confiaban sus cosechas, que ella almacenaba en el beaterio y vendía en tiempo oportuno. Al propietario le pagaba el precio que marcaba el mercado, después de quedarse con un buen porcentaje.

Es indudable que todas estas mujeres no hubiesen podido prosperar sin las generosas limosnas que recibían y la protección de las mujeres de las clases altas.

Una de estas damas, Doña María Fernández de Córdoba, viuda del general Calderón de la Barca, no tenía hijos y se consideraba que su fortuna era la más grande del Perú. Su vida estaba dedicada a la caridad. Cuando un terremoto destruyó el beaterio de las Nazarenas de Lima les construyó uno de nueva planta.

Los jesuitas habían introducido en Perú los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, uno de los libros más influyentes de la Contrarreforma española. Miles de estudiantes y de hombres seglares ya los habían hecho.

Doña María pensó en construir una ‘casa de retiro’ para las señoras de la nobleza, donde pudiesen dedicarse a tal práctica, dirigidas por los propios jesuitas. A tal efecto, en 1750, Doña María donó su propia casona y compró las casas del entorno que aderezó de forma que adquiriesen la paz conventual apropiada para tal finalidad. En un año, más de 300 damas de alcurnia habían pasado por dicha casa de retiro, permaneciendo durante 7 días en régimen de internado, silencio y oración.

-Falsas beatas

No todo eran buenas personas en aquel mundo de beatas y beaterios; mujeres carentes de virtudes cristianas, sin sentido moral, ignorantes y de baja extracción social, se aprovechaban y burlaban de los crédulos para mejorar su estatus. Practicaban la hechicería y brujería, preparaban pócimas de amor, leían manos y decían la buenaventura. Muchas de ellas acababan en las garras de la Inquisición, aunque con ligeras penas de cárcel o servicios en los hospitales.

La Inquisición castigaba con cierta benevolencia a estas personas, pero no podía tolerar las faltas contra el Dogma, so pena de que todo el entramado eclesial se viniese abajo.


Hacia la misma época, Doña María Pizarro, emparentada con los hermanos Pizarro y perteneciente a una prominente familia peruana, se presentó como visionaria e intérprete de la doctrina oficial. Unas cuantas amigas cerraron filas en torno suyo, convencidas de la verdad de lo que decía. Por desgracia, también atrajo a frailes y jesuitas, y aquel grupo se hizo muy opaco y difícil de comprender para los eclesiásticos ortodoxos.

Ocultaba a un conjunto de ‘elegidos’, que cayeron en la trampa del misticismo erótico y la sexualidad sagrada. Los niños que venían en camino los consideraban enviados especiales de Dios para hacer surgir una ‘Nueva Jerusalén’. Vigilados por la Inquisición, en 1752 fueron llevados ante ella. Se les encerró en mazmorras, aplicándoles refinadas torturas, con lo que todo el montaje salió a la luz. Un fraile irredento fue quemado; otros, enviados a cárceles españolas; sacerdotes suspendidos a divinis y expulsados de Lima. Doña María murió debilitada por la situación y fue enterrada en una tumba sin nombre en el convento de los dominicos.

La Rosa de Lima

Entre las miles de beatas que recorrían las calles del Perú, ninguna causó mayor impacto entre la población como Isabel Flores de Oliva.

                                                                                                                  Rosa de Lima adolescente

Su padre, Gaspar Flores de la Puente (1525-1626), nacido en Baños de Montemayor (actual provincia de Cáceres), era un hidalgo venido a menos y que emigró a Perú donde se empleó como arcabucero de la guardia del virrey. Tuvo varios empleos suplementarios para subvenir a las necesidades de su numerosa familia, pero que no tuvieron éxito. En 1525-1527 se había casado con María de Oliva Herrera, una criolla o mestiza (no se comprende por qué hay tanto interés en ocultar si Rosa de Lima tenía o no sangre india). María cosía y bordaba con primor y continuó haciéndolo después de casada como ayuda familiar. Tuvieron 13 hijos, aunque algunos de ellos murieron en edad temprana. Isabel fue la cuarta hija. La precedió un hermano, Hernando, con el que estuvo muy unida y era su ayudante en todo cuanto le pedía.

Los Flores de Oliva eran una más entre las muchas familias modestas que vivían en Lima y hubiesen continuado en el anonimato sin un hecho, al que aquella sociedad tan religiosa y creyente en leyendas piadosas, consideró milagroso. Un día, la pequeña Isabel dormía en su cuna y la joven sirvienta india, que ayudaba en los trabajos domésticos, quiso ver cómo se encontraba. Le retiró la sábana. ¡Quedó estupefacta! La niña lucía en cada mejilla una rosa de vivos colores. Llamó a gritos a la madre, parientes y vecinos. Todos consideraron aquella señal como una elección divina: el Señor la había marcado con un atributo mariano: ‘rosa sin espinas’. La pequeña fue conocida desde entonces como ’La rosa de Lima’.

                                                                                                         El milagro de la cuna o de las rosas

A los 11 años, el obispo de Lima, Toribio de Mogrovejo (un futuro santo que confirma a tres niños futuros santos), la confirmó con el nombre de Rosa de Santa María. Ella no abandonó nunca la vida laica ni la casa paterna, siendo una de las mujeres más respetadas e influyentes en la ciudad de Lima.


                                                                                                   Rosa rechazando al pretendiente

Sus padres la querían casada y hasta le habían buscado un novio rico, pero Rosa ya tenía hecho el voto de castidad. Se le aparecía el demonio, la tentaba con el fin de apartarla del Divino Esposo, por lo que extremó los ayunos, las mortificaciones y los cilicios; el permanecer despierta por las noches para seguir rezando y ofreciendo sus sacrificios a Dios. Los intentos de entrar en conventos resultaron fallidos por lo que comprendió que el Señor la quería en una Orden como Terciaria. De muy joven había llevado el hábito franciscano, pero lo cambió por el dominico, ya que era a Catalina de Siena a quien quería imitar.

El marianismo estaba en pleno auge y, como ocurría en otras partes del mundo, para ocupar ciertos puestos había que jurar que se creía en el dogma de la Inmaculada Concepción, aunque este no se declarase de forma oficial hasta siglos después. Rosa visitaba todos los días iglesias de advocación mariana: la dominica de Nuestra. Señora del Rosario y otras dos jesuitas, Nuestra Señora del Loreto y la de los Remedios. Eran sacerdotes de estas órdenes los que la dirigían espiritualmente. Rosa era ‘camarera’ de estas tres imágenes.

                                                                                              Casa paterna

A fin de tener cierta independencia para recibir a sus visitas, Hernando la ayudó a construir una especie de cabaña, hecha de adobe, en un extremo del jardín. Dada la cercanía del río, la humedad y las plagas de mosquitos eran constantes pero, cuando llegaban visitas, Rosa conminaba a los molestos animalillos a que permaneciesen en las alturas para no picar a nadie.

Rosa hizo de su vida un eterno regalo a Dios. No solo fue una mujer dedicada a rendirle culto, sino que tenía otras habilidades: pericia para coser y bordar, sabía leer y escribir y poseía talento para la redacción. Como Teresa de Ávila, escribía “coplas a lo divino”. A través de sus escritos demuestra que tenía mucho conocimiento de Dios, una especie de iluminación de lo alto. Sus confesores decían que era muy docta y que, por lo que había escrito, tenía una formación muy especial. Fue una revolucionaria en su tiempo porque era autónoma, es decir, sabía tomar sus propias decisiones.

Rosa tenía un gran carisma religioso. En su cabaña recibía por separado a dos generaciones: madres e hijas. Las señoras iban a visitarla y la habían convertido en su mentora; permanecían horas con ella, embelesadas, oyéndola hablar. La invitaban a pasar temporadas en sus lujosas casas, a ir con ellas en sus carrozas a la iglesia y a hacer visitas a amistadas y enfermos. Era un honor y un privilegio que Rosa aceptase y se convirtiese en su amiga. Los esposos de estas damas recibían sus palabras y consejos como norma de vida. El trato con la aristocracia limeña le dio una aceptación y respetabilidad que no le correspondía por su propio estatus.

A las jóvenes, cuyas madres las habían puesto bajo su guía, las recibía otro día junto con sus sirvientas, y, aparte de sus pláticas espirituales, les enseñaba a coser y bordar; ella misma lo hacía para vender sus trabajos y ayudar a la familia. Con las jóvenes se divertía de “manera honesta”: tocaban la guitarra, cantaban… Algunas de sus seguidoras tomaron los hábitos.


Pasa gente cerca de su cubículo, y se para a verla, igual que cuando va por la calle. Todos son atendidos por igual: pobres y ricos, laicos y clérigos. Le entregan ropa y cuantiosos donativos, que ella emplea adecuadamente socorriendo a los necesitados.


Sabiendo cómo era la Inquisición, Rosa pidió a sus oficiales que examinasen su doctrina para corregir cualquier error, si lo hubiese, antes de emprender ninguna enseñanza.

Rosa tenía mucha influencia sobre dos órdenes religiosas: los jesuitas y los dominicos. Hombres que dirigían a teólogos y a confesores de fieles de la alta sociedad, la seguían a ultranza y declararon a favor de su santidad en el proceso de beatificación.

Meses antes de su muerte, se produjo un extraño suceso que el pueblo consideró un milagro suyo y la veneró aún más.


                                                                                              María de Usátegui
                                               
En la noche del 15 de abril de 1617, Rosa se hallaba hospedada en la casa de Don Gonzalo de la Maza. Llegada la noche, la esposa, Doña María de Usátegui, empezó a preparar la capilla privada para la plegaria familiar nocturna en la que se reunían el matrimonio, los hijos, sirvientes y esclavos. Rosa se postró de rodillas ante el altar, presidido por un lienzo del Ecce Homo, y cayó en trance; nadie fue capaz de sacarla de él durante el trascurso de los hechos.

De repente, una de las hijas observó que la imagen de Cristo empezaba a traspirar. Corriendo fue a avisar a su madre y la esclava que la ayudaba dio grandes voces llamando a todos los de la casa. Llegó Don Gonzalo, persona sensata, y comprobó que no era la llama de los cirios lo que derretía la pintura. Avisado su vecino, Don Juan de Tineo, entre los dos decidieron mandar recado al autor del cuadro, Angelino Medoro, pintor italiano afincado en Lima. Medoro tanteó con cuidado la pintura: solo traspiraban el cabello, la cara y la barba, mientras que el resto permanecía seco.

Examinó la textura, buscó los olores de barniz, aceites o pintura y sus conclusiones fueron que el líquido que rezumaba era de origen misterioso y que no tenía nada que ver con su trabajo. Se volvió a los reunidos en la capilla y les dijo: “Basándome en mi experiencia y técnica del arte de la pintura, esto es una cosa sobrenatural y milagrosa y considero la mayor de las fortunas que haya ocurrido en un cuadro hecho por mí con tanto cuidado”.

Llegaron los jesuitas de San Pablo. Uno de ellos, usando un algodón, secó el sudor y seco se mantuvo unos instantes, pero enseguida volvió a rezumar. Hizo la prueba hasta en tres ocasiones, con el mismo resultado. Los jesuitas decidieron cubrir el cuadro con un velo y avisar al Arzobispo, el cual envió a su Vicario general y al Notario público de la audiencia real.

A pesar de la hora tan tardía, la noticia había corrido por toda la ciudad y los limeños se dirigían apresuradamente hacia el domicilio de los Maza. Hubo que ordenar el tráfico. Se accedía por la puerta principal, se entraba a la capilla y se salía por la puerta trasera. Las personas que así lo hacían, emocionadas, pasaban su mirada del Ecce Homo, que continuaba traspirando, a Rosa que permanecía inmóvil y con la cara transfigurada.

Se llamó a declarar a testigos oculares y todos confirmaron los hechos del 15 de abril. La Iglesia no se pronunció oficialmente, pero los fieles creyeron que era un auténtico milagro debido a las oraciones y la presencia de Rosa.

                                                                                          Don Gonzalo de Maza

Rosa permanecía en casa de los Maza, presa de un mal desconocido, que le producía grandes dolores; no se quejaba y repetía: “mi Dios, mi Señor, mi Jesús, mi Esposo, y mis amores, dadme dolores”.

Rosa se agrava; a las hijas les dice que sean buenas con sus padres, a estos les emplaza a encontrarse con ella en el cielo; llama a los cinco esclavos niños, que viven con la familia, para darles una bendición especial, y diciendo: “Jesús, Jesús sea conmigo” expira a las doce y cuarto de la madrugada.


Murió el 24 de agosto de 1617. Al amanecer, y desde aquella casa, se la trasladó al convento de los dominicos. Las calles limeñas centrales eran una sólida masa de humanidad. Todos querían ser portadores del cuerpo. Al pasar por delante del palacio virreinal, se hizo un alto para que el virrey y la virreina pudiesen arrodillarse rindiéndole homenaje. Se dice que Lima entera olía a rosas.

La comunidad dominica, presidida por el Arzobispo, recibió el cuerpo de Rosa en la puerta principal de la iglesia, que estaba ya llena de una turba histérica e ingobernable. El cuerpo de Rosa ya no estaba cubierto por el hábito, que se lo había ido arrancando la multitud, ávida de tener una reliquia suya. Un jesuita cuenta que un amigo seglar pudo conseguir un dedo de la mano porque se lo había arrancado de un mordisco. Como no se pudo restablecer la calma, se llevó el cuerpo a la seguridad del claustro encerrándolo en la sala capitular, de difícil acceso para los laicos. El funeral se pospuso para el día siguiente, necesitando toda la noche para limpiar y poner orden en el recinto.


Está enterrada en el convento limeño de los dominicos. Su fama fue creciendo entre los peruanos que la consideraban ya una santa, pero querían que lo fuese de manera oficial. Se presiona al Arzobispado de Lima, el cual abre los preliminares del proceso, trasladándolo luego al convento dominico de Santa Sabina en Roma. Don Gonzalo de la Maza todavía puede dejar su testimonio antes de morir en 1628.

El 15 de abril de 1668 es beatificada por Clemente IX.

Cuenta la tradición que Clemente X se mostraba escéptico y comentó “limeña, bonita y santa, ni aunque llovieran flores”, y al momento cayó una lluvia de pétalos de rosa sobre su escritorio. No había excusas para elevarla a los altares, y así lo hizo el 15 de marzo de 1671.

En el solar de la casa de los Maza se construyó un convento con iglesia; otra iglesia se construyó sobre la casa paterna.

Hay muchas mujeres que llevan su nombre, así como innumerables iglesias y hasta pueblos. Se la ha declarado patrona de Lima, las Américas y Filipinas. La Iglesia Católica había establecido su festividad el día 30 de agosto, hasta la celebración del Concilio Vaticano II, que acordó que las festividades de los santos se celebrasen el día de su muerte. Dado que el 24 de agosto ya se conmemoraba la fiesta de San Bartolomé, Pablo VI decidió que la de Santa Rosa se celebrase el 23.

En Lima se sigue la tradición y se conserva la fecha del 30 de agosto, fiesta oficial en que participa toda la ciudad y las autoridades salen a la calle para presidir los actos religiosos y lúdicos, porque además es patrona de la policía limeña.


"Oh dulce martirio, que con harpón de fuego me ha herido.
Corazón herido, con dardo de amor divino,
da voces por quién lo hirió, Purifica mi corazón.
Recibe centella de amor, para amar a su Creador.
Temor santo, amor puro, la vida es cruz.
!Oh dichosa unión¡ !abrazo estrecho con Dios¡".
                                                                                       sic             (Rosa de Lima)













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