martes, 27 de junio de 2023

 

Bach

 

A don Miguel Navarro,

gran melómano

 

 


Donde terminan las palabras, empieza la música.

 

Bach nació el 31 de marzo de 1685 en Eisenach y murió el 28 de julio de 1750 en Leipzig, donde está enterrado en la Iglesia de Santo Tomás.

 

Las flores siempre están frescas y recién puestas, porque los alemanes le demuestran su amor y devoción procurando que sea así.

 

 

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Sebastian y la matemática

Bach y la fascinante relación entre la música y las matemáticas

 

Esta relación ha atraído al pensamiento occidental desde Pitágoras, el sabio de Samos, iniciado por los sacerdotes egipcios en los misterios del cosmos. Pitágoras estuvo de acuerdo con este pensamiento y además creyó percibir el mismo patrón matemático, una armonía entre las estrellas y las cuerdas musicales: “hay geometría en la vibración de las cuerdas, hay música en los espacios de las esferas”.

 

 


Se tiene como representante de esa tradición matemático-musical a Johann Sebastian Bach, músico barroco alemán. La música de Bach parece confirmar la idea platónica de que la belleza es orden, una imagen de los principios arquetípicos de la creación.

 

Aunque en su época no se le reconoció tanto, Bach ha ido ganándose un respeto cardenal entre músicos; Beethoven llamó a Bach “el padre original de la armonía”, reconociendo la influencia contrapuntística del maestro.

 

En la última etapa de su vida, Bach se interesó mucho por la simetría musical, creando una serie de acertijos o problemas musicales para sus alumnos.

 

Estos acertijos o puzles están sobre todo presentes en sus cánones y fugas, los cuales debían ser descifrados para poder ser interpretados correctamente, por ello la inscripción de Quaerendo Invenietis (“Busca y deberás encontrar”) en su colección Ofrenda musical, BWV 1079, una de las grandes obras maestras de simetría musical y en la cual se revela la visión toral de Bach: la música es una ofrenda a la divinidad, y en ella la gloria divina se transparenta.

Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=-mdoJe_RvPg&t=21s

 

Puede decirse que algo es simétrico cuando se puede transformar y se ve igual, cuando se rota una imagen y se mantiene idéntica.

 

Por ejemplo el llamado “Canon del cangrejo” (nombre póstumo, porque como el cangrejo, camina al revés) que sigue una única línea melódica que es tocada hacia adelante y hacia atrás simultáneamente (por lo cual se ha confundido con un anillo de Moebius, aunque esto no es del todo preciso).

 

Mucha de la música de Bach tiene una cierta propiedad simétrica, como si fuera un flujo de relaciones geométricas, autosemejantes, que podría describirse como fractal.

Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=xUHQ2ybTejU&t=1s

 

El “Canon del cangrejo”, según Douglas Hofstadter en su libro Gödel, Escher y Bach, es una especie de palíndromo musical, un espejo del tema musical en el tiempo.

 

Hofstadter explica que estas estructuras también se hallan en el ADN; una estructura similar a un extraño bucle que se encuentra en los dibujos de escaleras reversibles de Escher, en las matemáticas de Gödel, en la música de Bach y en la naturaleza. Hofstadter aplica este mismo principio a sus diálogos paradójicos entre la Tortuga y Aquiles.

 

En el siguiente enlace, el Instituto de Santa Fe, ejecuta el “Contrapunctus VII” de Bach y podemos ver una gráfica de la música que muestra la repetición del tema musical con una simetría fractal.

Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=V5tUM5aLHPA

 

Si bien apreciar la estructura matemática subyacente de los temas de Bach nos permite dimensionar su fuerza intelectual y quizás entender el orden de su efecto en nuestra psique, todo esto es sólo accesorio a la experiencia de escuchar su música y sentir su belleza.

 

Pitágoras creía que cierta música podía usarse como medicina y como una herramienta para aumentar la conciencia de sus estudiantes.

 


 

La música de Bach tiene cualidades sorprendentes, como explica Joel Robertson en su libro Natural Prozac; es capaz de relajar y energizar a las personas, incluso estimulando la producción natural de serotonina.

 

¿Qué tal si pasáramos un buen rato escuchando alguna de las fugas de Bach?

 

He aquí algunas:

https://www.youtube.com/watch?v=I4VcufHzQdM&list=PLYOAY7DI5gab5aPhdxM5iXcqsYxqqez_S

 

 

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Personajes

 

Gaspar Burgholt.- “Hoy ha venido hasta mi soledad una visita que me ha alegrado el corazón”. Nos cuenta Ana Magdalena, viuda de Bach.

 

Gaspar era un antiguo y preferido discípulo de Sebastian. Le ha costado mucho encontrarla, por lo cual se lo agradece más, ya que es una mujer vieja y sumida en el abandono y la pobreza a los que condujo la viudez. ¡Qué pronto acabaron los días felices! Gaspar también estaba muy envejecido.

 

Tenían muchas cosas de qué hablar: su mujer, sus hijos ya adultos, su éxito más bien relativo… y de pronto le dice: ¡escriba usted una crónica, aunque sea pequeña, sobre el gran hombre!

 

Hay muchos pertenecientes al gremio de los músicos y hasta simples escritores que admiran su vida y su obra, pero usted puede contar sus palabras, sus miradas, su vida y su música, hasta el punto de que si quieren saber de algún secretillo, acudirán a su crónica para ello. Por eso, para conocer a Bach en su totalidad, será preciso leer en primer lugar esa obra.

 

Esta crónica será verdadera y contando el presente, por lo que será punto de consulta para los que vengan detrás. La humanidad –humana y musical- quedará oculta durante mucho tiempo, pero finalmente será conocida y su libro, el más consultado.

 

Un inciso.

Joel Robertson seguro que había leído Pequeña Crónica de Ana Magdalena.

 

En su bibliografía se incluye especialmente la pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, que si no es el mejor libro sobre él, sí que es único, en el sentido de que, al escribirla su mujer, nos la cuenta con datos y cosas de su vida íntima que no contienen los otros libros.

 

Hay otra serie de personajes que irán desfilando por la narración. Son los amigos de Sebastian porque la vida de todos ellos, dado su oficio, transcurre muy pareja.

 

 

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Vida de Sebastian

 

Sebastian nació el 21 de marzo de 1685 en Eisenach, Thuringia; murió el 28 de julio de 1750 en Leipzig.

 

Un inciso.

Dado que esta ciudad quedó en el lado soviético durante la posguerra de la II Guerra Mundial, no sufrió casi variaciones desde el punto de vista arquitectónico hasta su reunificación.

 

Bach es único dentro de su clase, nacido en una numerosa familia donde todos eran músicos alemanes, que además de compositor, se convierte en cantante, violinista y organista, todo ello en la era del barroco. Entre sus obras más famosas están los Conciertos de Brandenburgo, las 200 cantatas de iglesia, El Clave bien temperado, Variaciones de Goldberg; deja sin acabar el Arte de la Fuga. En la Iglesia de Santo Tomás de Leipzig es donde compone e interpreta la mayoría de sus obras.

 

Variaciones de Goldberg:

https://www.youtube.com/watch?v=15ezpwCHtJs

Conciertos de Brandenburgo:

https://www.youtube.com/watch?v=efosxyYOhBQ

 

Aun siendo alemán, utiliza el vivo estilo italiano como el de las obras de Antonio Vivaldi. Se le considera el mejor organista que ha habido hasta el momento actual, aunque naturalmente los instrumentos de ahora son mejores que los de entonces, y él mismo ayudó a introducir mejoras en su construcción.

 


 

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-Los primeros años.

 

Bach fue el más joven de los hijos de Johann Ambrosius Bach y Elisabeth Lämmerhirt. El padre fue un intérprete de instrumentos de cuerda empleado por el ayuntamiento y la corte ducal de Eisenhak.

 

Casa natalicia de Bach. Eisenhak

 

Empezó la escuela en 1692 ó 1693 y dio muestras de cómo era su espíritu por las frecuentes ausencias. Empezó la educación musical al mismo tiempo, sin que nada definitivo sea conocido. Sin embargo, empezó con los instrumentos de cuerda tocándolos con su padre, y sin duda atendió el servicio de la Iglesia de San Jorge donde un hijo suyo fue organista hasta 1703.

 

Bach era capaz de interpretar los principales estilos y tradiciones nacionales que se habían puesto de moda en la generación precedente y su virtud fue hacer una síntesis que lo enriqueció todo.

 

Fue miembro de una muy conocida familia de músicos que estaba orgullosa de su arte. Hacia 1735 publicó un libro titulado En sus manos está todo bien, en el cual habla de todos sus antepasados, especialmente de su abuelo Veit Bach, luterano de religión, quien por esta causa tuvo que huir en el siglo XVI desde Hungría a Thuringia. ¡Siempre las persecuciones religiosas!

 

La familia tiene una gran colección de música de iglesia, así como la que tenía el duque de Celle, interpretada por la orquesta francesa.

 

Un inciso.

Es curioso lo criticadas que son las personas pertenecientes a la aristocracia de siglos pasados, sin tener en cuenta que gracias a su educación y fortunas se mantuvieron las tradiciones, las buenas maneras, la música…

 

Ocurre lo mismo con la música profana. Las dos clases de música son interpretadas o compuestas por los músicos de esta época. Bach empezó a interpretar el órgano en la corte de Weimar a los 18 años. Pasa a Arnstadt y permanece en el bosque de Thuringia, donde se queda hasta 1707 y es muy devoto de la clave musical del órgano.

 

No le gusta pelearse con otros compañeros, pero mantiene sus puntos de vista, aunque le cueste su puesto. Interpreta las composiciones de Dietrich Buxtehude, músico muy importante y que hace que vaya a pie –¡350 kilómetros!- hasta Lübeck para oír su música, y permanece más de 4 meses. A su vuelta sus empleados están disgustados y un Fagot tiene un encontronazo con él.

 

Bach tiene toda su vida la habilidad de saber cuándo debe de quedarse o irse, pero en este caso se va. En estos tempranos años se familiariza con la cultura musical de Thuringia y el servicio luterano ortodoxo.

 

En esta época compone bastantes obras sin que tengan la importancia de las posteriores, pero están todas catalogadas.

 

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-Período de Mühlhausen.

 

En junio de 1707, tiene trabajo en la Iglesia de San Blas de Mühlhausen. Pronto se va allí y se casa con su prima Bárbara Bach el 17 de octubre. Produce varias cantatas religiosas. Estos trabajos se conservan en moldes y no muestran influencia italiana –aparecerá después-, aparte de otras piezas, muestra de lo que van a ser sus grandes composiciones. En 1708 se empiezan a publicar sus composiciones. Bach ha demostrado siempre vocación de maestro y se empeña en que los pueblos de su entorno y sus empleados, adquieran cultura musical.

 

María Bárbara Bach

 

Se cree que estuvo envuelto en una disputa teológica entre dos pastores luteranos: Frohne y Eilmar. Bach tiene amistad con este último y le provee de librettos, y es padrino de su primer hijo. Las disputas llegan a los empleados y él presenta su renuncia ante el ayuntamiento. Es entonces cuando se va a Weimar, cuyas personalidades de esta ciudad están en buenos términos con las de Mühlhausen. El pretexto para ir es arreglar el órgano, cuya inauguración se produce el 31 de octubre de 1709, para cuya ocasión Bach compone una cantata el 4 de febrero. Por desgracia esta partitura ha desaparecido.

 

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-Período de Weimar.

 

Bach se convierte en el organista de la corte y en un miembro de la orquesta. El duque de Weimar, Wilhelm Ernst, le pide que se concentre en el trabajo con el órgano durante los años de su contrato. Ocasionalmente visita Weissenfels, donde en febrero de 1713 y en una fiesta en la corte, se incluye la representación de su primera cantata secular titulada Cantata Caza (BWV 208).

 

A finales de 1713, Bach tiene la oportunidad de ocupar el puesto de organista de Halle, pero el duque sube el salario y Bach se queda en Weimar.

 

El 2 de marzo de 1714, Bach se convierte en jefe de conciertos, con la obligación de componer una cantata cada mes.

 

Empieza su amistad con Johann Gottfried Walther –lexicógrafo y compositor- que era organista en la iglesia de la ciudad y, como él, toma parte en las actividades del “Castillo Amarillo”, que ocupan los dos sobrinos del duque: Ernst August y Johann Ernst, a los que les da clase. Este último es un compositor con talento que escribió un Concierto a la manera italiana. Algunos de ellos Bach los arregló para instrumentos de clave. Por desgracia, el muchacho murió a los 18 años, por lo que solo pudo desarrollar su corta obra desde 1708 a 1714.

 

Es precisamente en esta época cuando se ponen de moda las formas italianas –al modo de Vivaldi- y como Bach arregló algunas en clave para instrumentos cuando su autor vivía, y su preceptor conserva los originales, el público cree que las ha copiado. Bach lo que ha hecho es seguir la moda en obras más largas y de más enjundia.

 

Entre los trabajos que compuso en Weimar se encuentra El Libro del Pequeño Órgano, donde están preludios, tríos de órgano y preludios y fugas de órgano. Este librito, encuadernado con el lomo y las cantoneras de cuero, lo llamaba librito para órgano, que servirá de guía a los principiantes para las diversas maneras de ejecutar un manejo del pedal, pues en algunos de los corales que en él se encuentran, el uso del pedal es obligado, para honrar a Dios y enseñar al prójimo.

 

Órgano de la Iglesia en Weimer

 

En 1720 Magdalena viaja con su padre a Hamburgo, para visitar a sus tíos abuelos. Sale por la ciudad y pasa ante la iglesia de Santa Catalina, entrando para contemplar el órgano. Al hacerlo, escucha una maravillosa música que parece más interpretada por un arcángel que por un hombre. Bach oye un ruido en la planta baja que le hace suponer que allí hay alguien. Se asoma por la barandilla y mira con ojos curiosos a su oyente. Magdalena sale lo más despacio que puede del lugar sagrado.

 

Magdalena no sabía quién era hasta que, al contarle lo sucedido a su padre, éste se lo desvela. También la invita a ir con él a escucharlo, pues ha sido convocado con otras personas a Santa Catalina, donde Bach interpretará ante el señor Reinken. Ella no lo acompaña, pero abruma a su padre a preguntas cuando regresa del concierto.

 

Un año después, el padre de Magdalena era trompetero de la corte en Weissenfels, y en su casa entraban y salían músicos constantemente. También ella había cantado algunas veces en los conciertos de aquella corte, pero nunca coincidió con Sebastian, director de orquesta. Para Magdalena era una amarga desilusión, pues tenía grandes deseos de volverle a ver.

 

Una mañana, al ir a entrar a casa después de un paseo, su madre le avisa de que no entre en la sala, pues su padre tiene una entrevista con el maestro de capilla Bach y podría estorbar. Ella esperó en el pasillo, nerviosa, cuando su padre salió y le dijo que el señor Bach quería hacerle una prueba, quería oír su voz.

 

Al terminar, le dijo: “Sabes cantar y tu voz es pura”. Ella se turbó y calló tímida. Pasado un tiempo, el propio Bach cuenta que en aquel momento pensó: “Me quiero casar con esta muchacha”. A finales del verano de 1727, un año después de la muerte de su primera esposa, Sebastian pidió la mano de Magdalena. Por supuesto ésta dijo que sí, porque aunque en todos esos años no lo había visto casi nunca, su corazón solo pensaba en él y sabía que no sería nunca de otro hombre.

 

Grabado de Bach y Ana Magdalena

 

Nos dice Ana Magdalena: “Bajo su dirección estuve aprendiendo a tocar órgano con aquel librito, pero su manejo era muy difícil. ¡Qué placer producía oírle tocar los preludios de corales! ¡Qué jóvenes éramos los dos! Abro el libro y resuena en mi oído mi preferido, cantado por la voz de mi amor”.

 

Un gran músico francés, Marchand, muy célebre en aquel momento, le había retado a demostrarle que era mejor músico: “Os voy a enseñar lo hermosas que son mis suites para clave, que se titulan: Para los moribundos: todos los hombres tienen que morir”. Quedaron emplazados, tanto los ejecutores como los asistentes a la audición en casa del conde de Flemming. Marchand envió recado diciendo que una enfermedad le impedía asistir. A pesar de su juventud, a Bach se le conocía ya en toda Europa.

 

Sebastian, en su época, fue un maestro completo e insuperable, sobre todo en los instrumentos de teclado, y en ellos estaba siempre inventando posiciones que hiciesen más fácil su manejo.

 

En Leipzig dirigió la cantata de La pasión del Señor de Haendel, compositor de gran categoría y le apenó mucho no poderlo conocer personalmente.

 

Pasados diez años, tuvieron ocasión de encontrarse en Halle. Bach llegó tarde. En resumen, Haendel era un gran músico pero muy ambicioso de dinero y era él quien buscaba al público. Se le conocía en Alemania, Italia e Inglaterra, mientras que Bach huía del ruido y se dedicaba a un trabajo tranquilo y a su familia.

 

Sebastian viajaba solo cuando se le requería, por ejemplo los habitantes de una ciudad que habían comprado un nuevo órgano, hacían que la congregación de su iglesia le pidiese que fuera a probarlo y a decirles si valía lo que pedían por él.

 

Un honrado constructor de órganos, no temía nunca que los construidos por él fuesen examinados por Bach. Sebastian quiso irse a Cöthen en el mismo Weimar, pero la plaza se la dieron a un joven mediocre, pero con influencia. El duque, que era el que sufragaba estos gastos, se enfadó y lo hizo encarcelar durante un mes. Resulta muy doloroso ver la situación en que vivía lo que se llamaba “músico de corte”. Decidió retirarse a un lugar tranquilo con su mujer y sus hijos. Una vez libre, fue contratado por el joven y amable príncipe que reinaba, y le acompañaba a Carlsbad a tomar las aguas. Iba con ellos la orquesta y todo lo concerniente a ella, junto con la domesticidad. El príncipe apadrina al cuarto hijo que tuvo con Bárbara, su primera mujer. Este niño muerió a los pocos días después de haber sido bautizado en la capilla de palacio y posteriormente muere la madre, María Bárbara Bach, dejando el cuidado de sus cuatro hijos a Sebastian y su segunda mujer.

 

“Llegada a Leipzig en mayo de 1723, la familia se detiene ante la casa del cantor que es la vivienda que ocuparemos Sebastian y yo y los hijos de María Bárbara y míos. Siguiendo la vieja costumbre alemana, mi marido me coge en brazos y me da un beso al cruzar el umbral de la puerta. La casa pertenecía a la Escuela de Santo Tomás, bonita y cómoda, pero pasados ocho años tuvimos que trasladarnos a la casa del molino, mientras la nuestra se ampliaba añadiéndole dormitorios –¡ay los hijos!- y un alegre y amplio salón de música desde el que, por medio de un gran pasillo se trasladaba a la sala de clase”, Nos cuenta Magdalena, que fue una verdadera madre para sus hijastros.

 

Antes de nombrarlo oficialmente profesor de canto, tuvo que jurar ante el Consejo de Leipzig que cumpliría su cometido con “aplicación y fidelidad”. Este se considera uno de los documentos más importantes de su vida. He aquí algunas cláusulas:

-Primera: servir de ejemplo, tener puntualidad y enseñar concienzudamente a los alumnos.

-Segunda: mejorar la música religiosa en las dos iglesias principales de la ciudad.

-Quinta: el que los directores encuentren a los nuevos alumnos con aptitudes para la música y que tengan ya una base de conocimientos.

-Sexta: enseñar a los chicos música vocal y también instrumental.

-Séptima: la música religiosa, que no sea demasiado larga para no aburrir, porque su finalidad es estimular la devoción de los fieles.

-Novena: tratar a los alumnos con amabilidad, y en caso de desobediencia castigarlos con moderación y comunicarlo a quien corresponda.

-Décima: cumplir fielmente sus deberes de profesor y todos los demás que me puedan corresponder.

-Undécima: si no se pueden cumplir los deberes personalmente, procurar ser reemplazado por persona competente, sin originar gastos extraordinarios.

-Duodécima: no salir de la ciudad sin permiso del señor burgomaestre.

 

Era más importante ser director de la orquesta de la Corte de Cöthen que cantor en la escuela de Santo Tomás de Leipzig, pero, sin que sepamos porqué, él ya había tomado su decisión. El lunes 31 de mayo de 1723, tiene lugar el acto en que Bach empieza su larga y fructífera vida en Leipzig. El órgano poderoso de Santo Tomás es lo que le compensaba de todas las injusticias y todos los trabajos que no estaban a la altura de su genio.

 

Iglesia de Santo Tomás, Leipzig

 

-“Ven Magdalena, ven a ver el nuevo órgano”, le dice a su mujer. Y dejando la casa manga por hombro porque acababa de aterrizar, se fue a ver aquella maravilla. Lo único que le molestaba a Bach era la clase de latín. En los últimos años, y a pesar de ser un buen latinista, no tenía costumbre de dar clases de ese idioma. Años después prefirió pagar 50 táleros a un compañero para que le exonerase de esa obligación. Les producía un sacrificio económico, pero hacían un favor a quien le daban un encargo en momentos en que no tenía qué hacer y Sebastian conseguía un tiempo libre para sus composiciones musicales.

 

El cantor tenía la obligación de llevar a los alumnos a Santo Tomás los jueves por la mañana, para ensayar los oficios dominicales. Aparte de eso, preparar y ensayar la música para las procesiones de San Miguel, Año Nuevo, San Martín y San Gregorio. Los domingos tenía que ejecutar una cantata o un motete en Santo Tomás o San Nicolás.

 

Un inciso.

Leipzig estuvo en la parte soviética durante la partición alemana después de la Segunda Guerra Mundial. Debido a la pobreza de esta zona alemana, se han conservado muchos edificios, tanto públicos como privados, que estaban tal como se construyeron. En la actualidad ¿habrán conservado aquellas maravillas que quedaron en manos protestantes? ¿O habrán caído ante la picota?

 

Su fama iba creciendo y con mucha frecuencia gente de Leipzig y sus alrededores, tocaba a su puerta para pedirle que les interpretase algo en el órgano, a lo cual él accedía con mucha amabilidad.

 

Una vez llegó un señor, desconocido para el matrimonio Bach, muy alto, por lo que pensaron que era inglés, gran admirador de la música de órgano, que estaba en Hamburgo por negocios. Oyó hablar de un músico tan extraordinario como Sebastian y cuando se conocieron se cobraron mutuo afecto, que nunca se perdió. En la primera ocasión le dio un concierto de dos horas y le invitó a su casa a comer. Después de que fumasen una pipa, Sebastian se sentó al clavicordio e improvisó una música encantadora que escribió después y a la que llamaron La suite inglesa.

 

Bach tenía la costumbre de, en temas musicales que habían compuesto para determinado instrumento, aplicar arreglos para otros instrumentos diferentes. Charles Dieupart, violinista francés que vivía en Inglaterra, era amigo del señor inglés, a quien Bach envió estas composiciones. Él obsequió a Sebastian un paquete que contenía libros y composiciones musicales, entre las que se encontraban las Suites de Dieupart, y algunas obras de Haendel.

 

Todo lo que contó de Haendel le interesó mucho a Sebastian. “A mí –dice Magdalena- me había parecido incomprensible que, voluntariamente, nuestro inglés se fuese de nuestra hermosa Sajonia para irse a unas islas tan sombrías. Yo ya sé que Inglaterra es una nación muy rica y que en ella Haendel ganó mucho dinero, por eso, habiéndole oído tocar el órgano muchas veces en la Catedral de San Pablo, tuvo deseos de oír en Alemania al único hombre capaz de medirse con él”.

 

Pero después de haber oído a Sebastian, se dirigió a su esposa y haciéndole reverencia le dijo:

-“Si me lo permitís, señora, os diré que en todo el mundo, entre todos los organistas de fama, y yo he oído a casi todos, ninguno iguale a vuestro marido”.

Ella le devolvió la reverencia y le contestó:

-“Ya lo sé, señor”.

Al oír lo cual, Sebastian soltó una carcajada: “Si conocierais que es incapaz de formar un juicio crítico con respecto a mí. Me considera como el mejor músico de Europa. ¿Verdad Magdalena?”. Y al decir esto le daba unos golpecitos en el hombro. Ella estaba sentada en un banquillo a sus pies, como tenía costumbre de hacerlo para hablar con él.

 

Los músicos, cuando interpretan una pieza musical y lo hacen con amor, se encierra algo del alma de uno mismo. Silbermann hablaba groseramente y tenía malos modales, pero Bach acudía siempre a él porque era el mejor constructor de órganos, aunque también el más caro, poniendo en ello todo su amor. El actual rector de Santo Tomás era mísero y cerró la bolsa para Bach que cubría los pequeños gastos. A pesar de sus carencias, Bach no paraba de componer música para todas las iglesias de Leipzig. El malestar de Bach iba en aumento, y además el coste de la vida en Leipzig era justo el doble que en otras ciudades.

 

Sebastian se acordó de un músico muy amigo que había triunfado en Rusia. Para su esposa era un país que encontraba extraño y poco religioso, pero “la patria de la mujer está donde viven su marido y sus hijos”. (Eso sería en el siglo XVIII)

 

A punto de enviar la carta, muere el antipático rector de Santo Tomás y es elegido un íntimo amigo de Sebastian: el señor Gesner, a quien conoció en Weimar. ¡Qué alegría! “Magdalena, creo que se han acabado todas nuestras penalidades”. El nuevo rector tenía tan mala salud que había que transportarlo en angarillas, pero estaba lleno de energía, de entusiasmo y de bondad. En su mente gozaba de una gran ilustración. Floreció una amistad que se renovó en aquel momento. La nueva elección repercutió en un cambio para bien de la administración de la escuela. El nuevo rector escuchaba y animaba a los jóvenes alumnos y a los profesores y administrativos, con palabras y hechos amables, y demostraba la alta estima en que tenía a su cantor. Este demostraba cómo tocar con todos los dedos de ambas manos al tiempo el clavicordio, el cual contiene en sí todas las notas de muchas liras. O el instrumento de los instrumentos con sus innumerables tubos animados por fuelles, con pies ligeros sobre los pedales. Así suenan multitud de notas diferentes pero armónicas y al mismo tiempo –¡qué maravilla!- dirige a 30 ó 40 músicos. A uno con la mirada, a otro con un golpe de pie en el suelo, a otro con el dedo amenazador. El orden lo conserva dando a uno las notas agudas, a otro las graves y a otro las intermedias. Y entre toda aquella música ensordecedora, el maestro nota la más pequeña desafinación, y anima a sus músicos cuando llegan las dificultades, dándoles seguridad. Lleva el ritmo con todos sus miembros y su oído seguro recibe todas las armonías.

 

Bach con sus alumnos

 

Este párrafo era parte de lo que Gesner había escrito sobre su amigo, en el que se describía con tanta exactitud la forma en que Sebastian dirigía un coro o un concierto instrumental. Según el número de participantes, dirigía sentado al clavicordio o clavecín. Marcaba el compás con un rollo de papel en una mano y tocando el instrumento con la otra. Su hijo Manuel decía de él: “Era muy preciso en la dirección y el compás, lo que daba un aire vivo y animado, y tenía una gran seguridad”.

 

La casa familiar servía muchas veces de sala de ensayos y especialmente en invierno, porque la iglesia era fría e incómoda. Lleno de pasión, su vida era la música, sus manos parecían extraer la armonía del aire y la expresión feliz de su rostro era indescriptible cuando todo salía bien. Una especie de corriente con pureza de tono fluía cuando no se escapaba a su oído en notas falsas. La música, las voces y los instrumentos armonizaban sin que el ritmo adecuado escapase a su oído.

 

En 1729 fue nombrado director de la célebre “Asociación Musical”, fundada por el señor Telemann, a la que dirigía el magnífico concierto. Todos se celebraban en las propiedades del fundador. En verano, en su jardín, en la calle del Molino de Viento, y en invierno en su Café. La Asociación llegó a ser ejemplar.

 

El señor Kittel lo contaba diciendo: “Yo creo que no hay otro como él en toda Alemania y no sabemos si le tememos más que le amamos”. Al echarse a reír Magdalena, contestó con rapidez: “Pero no me negaréis que es peligroso darle motivos para que se enfade”.

 

En su casa tenía pupilos que pasaban un breve tiempo o años estudiando. Los jóvenes estaban muy unidos a su maestro. Llegaban muy inocentes respecto a muchas cuestiones, pero la grandeza de Sebastian y sus cualidades les hacía comprender la dignidad de la profesión, la dureza de sus estudios y la devoción que requería.

 

Para poder llevarse partituras, los estudiantes iban copiando personalmente las creaciones de su maestro. Uno de ellos al marcharse dijo: “Enciende una llama en nuestros corazones y toda la música de este mundo ya no tendrá para mí más que su voz”.

 

Partían de casa de los Bach tocando todos los instrumentos, sobre todo el clavicordio y el órgano. Estaban dispuestos a todo, especialmente a comer. Su capacidad en esta materia no la conocía nadie tan bien como Magdalena. “¡La música abre el apetito, señora!”, le solían decir. La seguían a la cocina para que les diese un plato de sopa o una taza de leche de almendras. “Cuando el señor cantor está contento con nosotros, nos alegramos de tal modo que se nos abre el apetito. Cuando no lo está, tenemos que comer para consolarnos”, le comentaban. Formaban una cuadrilla de jóvenes muy alegres, pero se tomaban la música muy en serio. Querían dedicar su vida a la música y por ellos tomaba un interés paternal.

 

Viendo que su vejez se acercaba, quisieron ir a su casa para poder presumir que habían sido alumnos de “Bach de Leipzig”, pues con este nombre se le conocía. Ni aun subiendo extraordinariamente los precios, dejaban de apuntarse, pero el comportamiento de Bach era el mismo aunque pasasen los años: si alguno de los alumnos se comportaba de manera incorrecta o no tomaba el estudio en serio, no tenía ninguna consideración para indicarle la puerta.

 

Los verdaderos alumnos eran muy diferentes de aquellos que iban a casa de Bach por pedantería. Eran músicos que conquistaron el cariño de su maestro y como músicos fueron verdaderamente extraordinarios. Así vivía Martín Schubart, constantemente en su recuerdo, como el querido Cristóbal Altnikol, quien se casó con Elisabet, hija del maestro, y los dos Krebs, padre e hijo, especialmente el segundo, Juan Luis, que llegó a ser un músico admirable.

 

Sebastian confiesa que no puede citar por su nombre a todos los alumnos habidos, pues serían demasiados, pero entre los que se distinguió más, está Gottlieb Goldberg, un magnífico ejecutante y que fue clavecinista del conde de Kaysserling, para quien Bach escribió el Aria con 30 variaciones, pieza compuesta para un clavecín con dos pedales. En casa de los Bach se le llamaba generalmente “las variaciones de Goldberg”.

 

Otro alumno extraordinario fue Juan Felipe Kirnberger, que estaba en Berlín, donde hacía notar las huellas de su maestro. Naturalmente, sus mejores alumnos y a quienes más quería eran sus propios hijos, a quienes corregía con una especial ternura. Si Bach era el mejor maestro de música, su mujer era la mejor confidente. Se ofrecía como una madre dispuesta a oír todas las confidencias que aquellos jóvenes tenían en un momento dado.

 

Otro joven, Enrique Gerber, se había trasladado a Leipzig para estudiar derecho, pero fue conocer a Bach y cambiar de opinión. En cuanto lo vio, el maestro le puso la mano en el hombro y le llamó paisano –ambos eran de Turingia- y Enrique temblaba de felicidad y de turbación cuando se dio cuenta de que había sido admitido.

 

Si el maestro estaba de buen humor, interpretaba él mismo la pieza que debían tocar sus discípulos, y si no estaba de buen humor, se sentaba en un sillón a verlas venir. La lección primera fue Las invenciones, y muy pronto pasó al Clave bien temperado, al que le tenía un cariño muy especial por oírsela tocar varias veces a su maestro. Bach premiaba con esa clase de satisfacciones a sus alumnos más aplicados y las tocaba él mismo dos o tres veces para que los estudiantes supiesen cuál era la forma perfecta de interpretarla.

 

El método de Bach para enseñar composición era completamente distinto de las rígidas reglas de otro maestro: armonía, contrapunto y tocar con el bajo cifrado, la fuga. Todo esto lo enseñaba en una forma que daba vida e interés al estudio. Empezaba por la armonía a cuatro voces, con un bajo cifrado y hacía que cada alumno escribiese primero cada voz en una hoja para que no se produjera ninguna parte confusa y que todas las voces tuvieran su interés. Si una de las voces no tenía nada que decir, debía callar. Las voces interiores debían fluir y formar una línea melódica. La misma música de Sebastian era una melodía múltiple, y en ella no se encontraba ni una nota que no tuviese origen justificado. Nunca toleraba la añadidura de un acorde que no tuviera más misión que impresionar. ¿De dónde vienen estas notas? Preguntaba medio en broma medio en serio. Y las tachaba. ¿Han caído del cielo en la partitura?

 

Kirnberger, contaba que era regla en Sebastian hacer que sus alumnos empezasen a componer por el contrapunto a cuatro voces, porque es imposible componer contrapunto a dos o tres voces sin conocer muy bien el contrapunto a cuatro, pues como la armonía tiene que ser necesariamente incompleta, quien no sepa manejar la frase musical a cuatro voces, no puede juzgar qué es lo que debe dejar para escribir composiciones de menos voces.

 

Este alumno, muerto ya el maestro, se vio enredado en una controversia musical con el señor Marpurg y citó como prueba irrefutable una frase de aquél: “No se le podrá hacer creer a nadie que fuese a exponer sus principios sobre la armonía con arreglo a la opinión de un discípulo”. Estoy convencido de que el gran hombre tenía más de una manera de enseñar, y seguramente acomodaba su método a la capacidad del alumno, según su concepción más o menos rápida y su mayor o menor talento natural. Me parece que si existe algún escrito del maestro sobre el estudio de la armonía, no se encontrarán seguramente en él los conceptos que el señor Kirnberger nos expone.

 

El señor Marpurg tiene razón en cuanto a la multiplicidad de los métodos de enseñar de Bach, pero se equivoca al creer que la veneración de Kirnberger le hiciese decir sentencias de su maestro que éste no hubiese pronunciado. Todos sus alumnos tenían que madurar sus ideas antes de llevarlas al papel y tampoco les consentían que trabajasen en el clavicordio si no poseían la facultad de componer mentalmente. Sebastian les hacía perder todas sus ilusiones, les prevenía contra la continuación de la experiencia y les decía que por lo visto estaban destinados a otra vida distinta de la ruda labor del compositor, “profesión que da mucho trabajo y produce muy pocas satisfacciones”. Verdad es que esto lo dijo en un momento de amargura, pero su situación espiritual frente a su trabajo la ha expresado mucho mejor en las reglas que daba a sus alumnos.

 

El bajo cifrado es la base más firme de la música. La mano izquierda toca las notas escritas, mientras que la derecha añade las consonancias y disonancias, a fin de que el conjunto produzca una armonía agradable para honra de Dios y legítimo goce del espíritu. Como toda música, el bajo cifrado no debería tener otro objeto que la gloria de Dios y la satisfacción del alma. De otra manera, el resultado no es música, sino una chabacanería insustancial. El maestro escribió con mucha paciencia, cuidadosas reglas y excepciones para el uso del bajo cifrado o el acompañamiento a cuatro voces, exponiendo ejemplos abundantes y claros que explicaban todas las dificultades. Por dos veces reformó una regla que en su primitiva relación, más difícil, los alumnos no podían retener. Magdalena nos dice en su cuadernito para clavicordio de 1725, “me escribió la construcción de los tonos con sostenidos y con bemoles y algunas reglas para el bajo cifrado”. Pero al final, añadió apresuradamente estas palabras: “los otros puntos que debían ser recordados se explican mejor de palabra que por escrito”. Todos los que tuvieron la felicidad y el honor de ser sus alumnos, aprobaron de todo corazón sus palabras. Ninguna regla escrita puede dar una idea de la energía con que enseñaba Bach, de la claridad con que sabía explicar y de la facilidad con que resolvía las dificultades que se le sometían.

 

La capacidad de Sebastian para llenar voces e improvisar era evidentemente extraordinaria, y no podía ser bien apreciada más que por músicos muy aventajados. Antes de ejecutar música suya, tocaba unas notas de un compositor admirado como para entrenarse. A veces en la sala de estar familiar, haciendo cada uno sus propias tareas, se quedaba abstraído. Para los familiares y discípulos adultos parecía que estuviese solo. Y solo estaba, porque la soledad es la cualidad de grandes genios como Sebastian.

 

De sus propias composiciones sabía combinar las notas de tal manera que parecía que era una obra recién creada. El señor Quantz, músico eminente en la corte del Rey de Prusia, había escrito un tratado sobre la flauta que Sebastian había leído con mucho interés, al que calificaba de músico admirable y se preguntaba qué le sucedería cuando muriese, sin tener en cuenta el gran número de discípulos a quienes Sebastian había inculcado su espíritu. Conocedor de la música hasta lo más profundo, no era nada pedante y un amigo pudo decir de él: “Que se le pregunte al gran Bach que domina la música con toda su fineza y la más perfecta técnica, y cuyas admirables composiciones no se pueden oír más que con asombro, si, al adquirir su habilidad extraordinaria, ha pensado siquiera una vez en la relación matemática de los tonos entre sí y si al construir sus poderosas obras ha pedido consejo a las matemáticas”.

 

Llevaba la música en la sangre y tenía un extraño conocimiento intuitivo de la vida del sonido. Hay un hecho que lo demuestra: estando Bach en Berlín, fue invitado a ver el nuevo Teatro de la Ópera que se acababa de construir y al atravesar la galería del gran comedor, se detuvo de pronto y dijo: “si una persona se colocase en uno de los rincones de la sala y hablase en un susurro, otra persona en el lado opuesto, vuelto hacia la pared, podría oír hasta la menor palabra, pero solamente ella”. Se hizo inmediatamente el experimento: “Sebastian tenía razón”.

 

Se puede sospechar que Dios le había dado tan inmensa comprensión intuitiva porque “dos quintas y dos octavas no deben seguirse nunca”. Él mismo no vacilaba en faltar a una regla y recordaba unas palabras de Martin Lutero refiriéndose a uno de sus músicos favoritos: “Es el señor de las notas: tienen estas que hacer lo que él quiere; otros compositores tienen que hacer lo que quieran las notas”.

 

 

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Bach y su familia

 

Recordamos los cuatro primeros hijos que tuvo con su prima y esposa Bárbara, de los cuales el último murió a los pocos días de nacer. De los otros tres, los dos mayores que eran chicos, fueron unos excelentes músicos pero con un estilo distinto. La chica se casó con Cristóbal, “consuelo” de Bach.

 


Sebastian y Magdalena con todos los niños

 

La familia de Bach no cesaba de crecer. La cuna estaba constantemente ocupada y se desocupaba también con prontitud. Entre los hijos de su primera mujer y los de Magdalena, murieron ocho, pero sobre todo, morían los pequeños. Sebastian perdió uno de su primera esposa y siete habidos con la segunda, y quedaron solo seis.

 

El matrimonio se sentaba cogido de la mano y recordaban una frase de Lutero que dijo ante la tumba de su hija muerta: “¡Te levantarás de nuevo y brillarás como una estrella, como el mismo sol! ¡Qué extraño es sin embargo saberte feliz y estar triste”.

 

Mientras el señor Gesner fue rector de la escuela de santo Tomás, todo fue bien, pero cuando tenía diferencias con el Consejo o el Consistorio, llegaba a un estado de cólera apasionada, demostración de la oscilación característica de los Bach.

 

Cuando Gesner dimitió y ocupó su puesto Juan Augusto Ernesti, la lucha de Bach contra las tres autoridades del colegio, incluido Gottfried Teodoro Krause, amigo del rector; la situación no tuvo arreglo. Especialmente, porque el nuevo rector no entendía de música y en el fondo la despreciaba. Un día que un grupo de alumnos estaba ensayando, les dijo: “¿Con que queréis convertiros en una murga de taberna?”. Y si hubiese dejado la parte musical de la escuela en manos de Sebastian… Pero eso era precisamente lo que no quería hacer. Y dada su ignorancia musical, cuando el cantor no podía estar presente, aquello era un desastre.

 

Krause vigilaba a los más pequeños y ya se sabe lo revoltosos que son. Durante una hora se portaron tan mal, que no haciendo caso de las primeras palabras de su guardián, se decidió a pegarles, cada vez más fuerte, y habiendo llegado lo que ocurría a oídos del rector, lo condenó a ser azotado públicamente, ante todos los colegiales. Sebastian recababa para sí la responsabilidad de Krause.

 

El rector no quiso rectificar. El pobre Krause le dijo a Bach: “Entonces señor rector, no me queda más solución que huir y dejar abandonada la escuela. No puedo soportar esa deshonra”. Ahora era Sebastian el que estaba ofendido. Primero porque le habían ofendido personalmente, y luego porque por su culpa habían ofendido a Krause ya que el cargo de vigilar a los pequeños se lo habían dado a él. Todo el asunto tomó un mal cariz. Sebastian tenía a Krause como “un perro de mala reputación” y no obstante, el rector le nombró para un cargo en el que mostró enseguida su ineptitud.

 

Sebastian se inhibió del asunto y nombró a una persona que sí que valía. Al principio Krause dijo que se sentía ofendido y se lo contó al rector, el cual le remitió al cantor. Se estuvieron mandando unos a otros y poniéndose verdes, cosa que en general en las corporaciones ya pasaba antes y ha seguido pasando. Volvió a casa y pareció a la familia que había envejecido varios años. “¡No habléis ahora conmigo, no hijos míos, tendría que decir cosas de las que luego me arrepentiría! ¡Dejadme un rato solo!”. Se había dejado llevar por el temperamento de los Bach, de ello era consciente y nunca podía reprimirlo. Obedeció la orden del rector de que Krause volviese a su primer cargo y Sebastian lo aceptó. Pero estaba sombrío y colérico y Krause en plan de desvergonzado, se las daba de triunfador y en el siguiente ensayo dio una prueba más de su ineptitud para el cargo.

 

Sebastian estaba conforme, no en darle ese puesto, sino el que él mismo le había dado. Si el rector no estaba de acuerdo, él mismo le bajaría de puesto a Krause. Para cumplir su amenaza, envió al rector al domicilio de los Bach y fue al del superintendente a contarle lo sucedido, y echó a Krause a mitad del coro de un himno.

 

A falta de prudencia, propia de esta familia, obró en contra de él, porque un hombre exasperado nunca es precavido. Ernesti, naturalmente estaba presente en la iglesia y fue a hablar con el superintendente, el cual le había dado la razón a Sebastian y ahora se la daba al rector. Así se lo dijo al propio interesado, que le respondió que en aquel asunto no cedería, costase lo que costase. ¿Y qué sucedió? Que Ernesti se dirigió a la tribuna del órgano para amenazar a sus componentes con los castigos más severos y demostró que, a pesar de tener un cargo superior, tuvo un proceder indicativo no propio de su cargo, pues existía un viejo derecho consuetudinario que permitía que todo lo relacionado con el coro y sus directores lo dirigiese el cantor.

 

Cuando Sebastian fue a su puesto y vio a Krause en el que, a su parecer, no le correspondía, lo agarró por el cuello y lo llevó a empujones hasta la puerta. Sebastian pensaba que uno de los muchachos dirigiría el motete, pero estaban todos tan asustados por las anteriores palabras del rector, que ninguno de ellos se movió. Solo un tal Krebs, antiguo alumno de la escuela, al que naturalmente ya no podían castigar, se atrevió a dirigir la sagrada prez. Y la dirección de Krebs se produjo porque la tomase Sebastian, ya que no podía hacerlo con un alumno actual.

 

El Consejo, al que se dirigió el cantor, no tomó cartas en el asunto, ni a favor ni en contra, sino que se desentendió del asunto de forma que duró dos años la enemistad entre el rector y el cantor. Tuvo un estado muy pernicioso en la disciplina de la escuela. Descargaban su cólera escribiendo al Consejo, que no les contestaba. Como se dice en antiguo español, se pusieron “como no digan dueñas”, y a ninguno de los dos, ni a sus compañeros, se les puede calificar de incorruptibles.

 

Sebastian, un hombre tan correcto, tan cumplidor de sus obligaciones, cuando le salía la vena Bach, no había posibilidad de arreglo. “Yo tengo la vigilancia superior y la responsabilidad sobre el primer coro y debo saber mejor que nadie quién es capaz y quién se amolda mejor a mis deseos”. Esta frase que la escribe una vez a sus alumnos, si se les impide obedecerle en todo lo relacionado con la música.

 

Se dirige al rector de la corte de Dresde, que vino personalmente a Leipzig en la Pascua de 1738. Sebastian hizo la visita protocolaria a su príncipe protector. En su honor organizó un concierto vespertino que fue muy bien acogido. Las autoridades de la Escuela de Santo Tomás, viendo el favor que su compañero gozaba del príncipe, automáticamente fueron cesando en las pequeñas molestias que habían mortificado a Sebastian durante tanto tiempo. Es cierto que Sebastian tenía la razón basándose en la tradición y la costumbre, pero su violencia y su actitud provocadora dañaron la inmensa fama que tenía ya este hombre. También se conocían los defectos de Krause, y la mala educación de aquellos chiquillos. Cualquier maestro podía ocupar su puesto, pero tenía una excepcionalidad como enseñante que no tenían los otros profesores. Por eso su mayor felicidad eran sus lecciones tranquilas y caseras que daba a sus alumnos internos en su casa, de los que recibía un trato irreprochable que no recibía en la escuela.

 

Sus alumnos caseros le adoraban, le llenaban de respeto y sumisión, que restañaban las heridas que producían en su interior las miserias mundanas. Pedían continuamente que les sirviesen  en una fuente la cabeza de Ernesti. Su carácter no era muy bueno, y era difícil que se desahogase con otras personas, como no fuesen de mucha confianza y muy queridas, y pensaba que los castigos recibidos por pequeñas faltas habían sido excesivos.

 

Si tenía disgustos, también tenía alegrías. El día 1 de diciembre, de 2 a 4 de la tarde, tocó en el nuevo órgano que Silbermann había construido para la “Frauenkirche”. Estaban presentes músicos eminentes y personas distinguidas, que le escucharon con la mayor admiración, entre las que se encontraba el embajador de Rusia, conde de Kayserling, que llegó a ser uno de los más ardientes admiradores de Sebastian. Algunas veces iba desde Dresde hasta Leipzig para verle y oírle.

 

Al volver Bach le esperaba el Consejo, que le reprochó el que hubiese cantado un himno en un tono demasiado bajo y le amonestó para que no volviese a ocurrir.

 

Por mediación de Kayserling, Juan Goldberger se hizo alumno de Sebastian y fue discípulo extraordinario y adquirió fama por su trabajo incesante y la habilidad de sus dedos. Sebastian escribió para él Aria con treinta variaciones, verdadera prueba para el ejecutante, tan difícil, que son muy pocos pianistas los que pueden interpretarla. La composición de las variaciones le valió a Sebastian el mejor regalo que había recibido en su vida: Su tema se le ocurrió al autor al componer La Zarabanda en sol Mayor, que incluyó en el cuaderno de música de Magdalena. Ese tema era para disipar la melancolía que produce el insomnio. Se cansaba de oír las variaciones y por esa composición hizo a Sebastian el regalo, verdaderamente espléndido, de una tabaquera a la que acompañaban 100 luises de oro.

 

Pero los regalos y elogios de los grandes no eran los únicos homenajes que recibía, lo que verdaderamente le alegraba, tanto si no más. Andrés Sorge, músico de la Villa y de la corte del conde de Reuss, le ofrece el humilde tributo de un colega que le alegra más que los regalos de los nobles. Este humilde pero encantador regalo consistió en un grupo de piececitas compuestas para clavecín y para orquesta, y que decía: “El gran poder musical de Vuestra Excelencia, está acrecentado por su virtud admirable, su bondad y su amor al prójimo”.

 

Toda la familia Bach era muy hospitalaria. Su mesa era modesta, pero siempre puesta para todos los que iban a verle y a oír con amor su música. También prodigaba constantemente sus conocimientos, su experiencia y la belleza de su ejecutor musical. El que iba a su casa con frecuencia era el señor Hasse, director de la Nueva Ópera de Dresde, y célebre compositor, acompañado de la señora Hasse, persona alegre y siempre bien vestida, de buen carácter, y entusiasta de la música de Bach. Intérprete admirable, dada su voz potente.

 

Reconstrucción Dresde

 

Un día, cuando el matrimonio se marchó, le dijo el músico a su esposa: “Tengo siempre la impresión de que cuando la señora de Hasse está aquí, mi querida Magdalena se queda un poco arrinconada. Y era verdad, porque las personas que han visto mundo y cosechado fama y honores, parecen ocupar más espacio que los demás”. Era como su marido, una mujer culta y que hablaba sin prejuicios y sin criticar a nadie. De vez en cuando, Bach, acompañado de su hijo Friedmann, iba a Dresde, porque en su interior necesitaba oír las últimas creaciones de música sacra, alguna ópera y distintas canciones y arias.

 

Con ese espíritu y el mejor humor, asistieron padre e hijo al estreno de la ópera Cleófides, en la que trabajaba el matrimonio Hasse, compositor e intérprete. Al día siguiente, 14 de septiembre de 1731, interpretó Bach al órgano, en la Iglesia de Santa Sofía, ante un público selecto compuesto en su mayoría por músicos notables. Cuando Friedmann Bach fue nombrado organista de Dresde en 1733, su padre tuvo una excusa más para visitar la maravillosa ciudad, ya que el mayor de sus hijos era su preferido.

 

Sebastian fue invitado a Cassen para probar el órgano que acababa de ser sometido a reparaciones durante 2 años. Le acompañó Magdalena y a ambos les recibió la ciudad con extraordinaria amabilidad. El Ayuntamiento les entregó 26 táleros para gastos de viaje y un criado para su servicio exclusivo durante la excursión.

 

Todos los miembros de la extensa familia Bach, viniesen de Erfurt, de Arnstadt, de Eisenach, o de cualquier punto de Sajonia, eran bien acogidos por su familiar, y hasta su sobrino Bernardo, hijo del hermano mayor de los Bach, que lo había educado él. Su otro sobrino, que vivía en Schweinfurt, y era cantor, estudió varias temporadas en su casa. Los miembros de la familia Bach no se distinguían por su malgasto.

 

Una ocupación de sus ratos libres era el reunir lo que él llamaba “el archivo de los Bach” y que consistía en una especie de árbol genealógico y una colección de informes y composiciones de las que eran autores diversos miembros de la familia. Tenía un gran amor a ésta. Para él un Bach no era semejante a los demás hombres, sino un ser ligado a otros unidos por lazos invisibles, de la común ascendencia y la igualdad de gustos.

 

Godofredo, hijo mayor de Sebastian y de Magdalena, a causa de una enfermedad se le había quedado lo que en la época se llamaba una debilidad de inteligencia, que le impedía que esta se mostrase en toda su grandeza. Pero de repente, y por causas extrañas, tenía una “ocurrencia musical”, es decir, una creación que un músico excelente no llegaba a tener y que dejaba asombrados a la familia que todavía quedaba en casa.

 

Bach con tres de sus hijos músicos

 

Una hija de Bach llamada Catalina, bajo una presencia serena y tranquila, amaba a su padre con honda violencia, lo que hacía que rechazase a cualquier pretendiente que la solicitara, ya que sabía que irse de casa sería perder el contacto con la música.

 

Conforme los años pasaban, se iba quedando la casa más vacía. El matrimonio podía dedicarse a salir, pasear, viajar y hasta leer en su salón. Hasta cierto punto le gustaba Lutero a Magdalena, pero “¿no es maravilloso lo que me gusta a mí? –decía Sebastian- Con cuánta consideración tratamos Magdalena y yo los libros que contienen toda la sabiduría del pasado y especialmente la de Lutero en su escrito ‘Conversaciones de sobremesa’”.

 

El mismo Sebastian cuidaba su biblioteca con la mayor atención y ellos eran un consuelo que le ayudaban a olvidar las discordias del mundo exterior: La historia de los judíos, del sabio Josephus, Tiempo y eternidad de Geyers, o Sobre las lágrimas de Jesús de Rafael Ambach. Especial consuelo le daba la lectura de Los sermones del dominico Juan Tauler.

 

 

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Universalidad de la música de Bach. De las Cantatas profanas a las Pasiones

 

No puedo –dice Magdalena- pensar en Sebastian sin que estuviese unido a su música, como tampoco podría imaginarme que era otra persona quien la hubiese compuesto. Algo podría decir sobre el efecto que producía en quienes la escuchaba. Me asombro al recordar la cantidad de música que compuso en su vida: para órgano, música de cámara, centenares de cantatas de iglesia, la Gran misa latina, las cinco diferentes versiones musicales de La Pasión de Nuestro Señor, Segundos Evangelios, los conciertos de violín, el Oratorio de Navidad, el Clave bien temperado, las Suites y demás música clave. Cuando me resuenan alguna aria encantadora, una fuga para órgano o un trío, se pone de pronto a cantar en mi cabeza. Mi corazón siempre fiel, Prepárate Sión, Pasacalle, Canzona en Re menor, música que no ha desaparecido, porque nos hace pronunciar las divinas palabras “muerto, sigo hablando”.

 

Ahora hay nuevas corrientes musicales, como las que escriben sus hijos, pero ¿sobrevivirá lo que ha escrito Bach? También ha sobrevivido la de los compositores anteriores a él. Sebastian y la moda fueron incompatibles. Él siguió su impulso interior, al compás de la inspiración de su genio y sin guardar ninguna consideración a las opiniones de sus contemporáneos. Bach escribía para placer suyo. No le importaba lo que pensasen los demás. Solo le interesaba el juicio de un círculo muy reducido de amigos.

 

Gaspar Burgholf nos da una descripción de su carácter musical: “J. S. Bach era un genio de primera categoría, y de tan rara cualidad que pasarán siglos hasta que aparezca otro semejante. Tocaba el clavecín, el piano, el címbalo y todos los instrumentos de teclas con igual virtuosidad, y nadie dominaba el órgano como él. Lo que más llamaba la atención en él eran sus manos y el manejo del pedal. Era un virtuoso y un compositor con una enorme riqueza de ideas. En su época, solo su hijo mayor podía comparársele. Tenía algo que era verdaderamente un don de Dios: sabía enseñar”.

 

La música era mayormente religiosa, pero como ya se ha visto escribió también cantatas mundanas y música de cámara: Los aldeanos, Febo y pan, y dramas musicales, cantatas nupciales y una encantadora canción de primavera. Muchas de estas piezas y la del domingo, las escribía en casa para contento de los familiares. Como mucho público suyo solo conocía las composiciones serias, se quedaban asombrados al ver que componía piezas humorísticas.

 

Sebastian apreciaba mucho la música, pero también las letras cuando hablaba de cosas bellas y elevadas. En sus últimos años dedicó mucho tiempo a repulir las piezas musicales que más apreciaba. Una de ellas era el motete Entonad un nuevo cántico al Señor.

 

¡Qué gran belleza la de sus tocatas y fugas! Como ocurre con el esplendor de la Tocata y Fuga en Re menor y la Tocata Dórica. Y qué decir del atractivo especial del Preludio con fuga en Mi menor y la suave tristeza que se desprende de Las aguas de Babilonia. Y los preludios de coral como el Ven a mí Espíritu Santo, trabajo durante el que le sorprendió la muerte.

 

Sin embargo, lo más maravilloso de Bach son Las Pasiones de Nuestro Señor según el Evangelio –Mateo y Juan son, con toda seguridad, las obras de arte más grandes que ha producido jamás el espíritu humano-, y la Misa en Si menor.

 

No se puede hacer un juicio sobre estas obras, sino pensar en el dolor que experimentaría el compositor al recordar el propio dolor de Cristo en la cruz y su muerte, sin sufrir uno mismo –compositor y oyente- y recordar las heridas y muerte de Cristo en la cruz, sin sentir un personal sentimiento de pecado.

 

En la Semana Santa de 1724 se estrenó la Pasión de San Juan, y el Consumatum Est lo cantó un muchacho con una bellísima voz de contralto, que hizo que se saltasen las lágrimas a la mayoría de los presentes.

 

No ocurrió lo mismo en la de San Mateo, estrenada el día de Viernes Santo de 5 años después, ya que la música era demasiado elevada para el público de Leipzig, y los coros que cantaban no eran muy adecuados para hacerlo. No se volvió a cantar hasta el año 1740, con unos cambios que hicieron que fuese mejor acogido. El principal cambio fue que al hablar Jesús solo lo acompañaba música de cuerda, de modo que el Señor aparece siempre como una luz deslumbrante. Es una música muy especial, la música que se cultiva en el alma, y en el “crucifixus” de la misa, parece que la espada que atraviesa el corazón de María, también atraviesa el corazón del oyente. Estas composiciones hacían que una imagen se dibujara en su espíritu con fervor apasionado, se unía a Pablo de Tarso y podía decir como él: “dejo atrás las cosas pasadas y me dirijo hacia la meta”.

 

 

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Los últimos acontecimientos y su suspiro final: “Ante tu trono me presento”

 

Isabel, la hija de Magdalena y Juan Sebastian, se casa con Juan Cristóbal Altnikol, alumno de Bach, el día 20 de enero de 1749. El maestro consigue para su nuevo yerno la plaza de organista de Naumburg. La víspera de la boda hubo un pequeño concierto familiar, en el que se ejecutó la Cantata de primavera, compuesta para una boda y extraordinariamente fresca y juvenil. Luego, la familia entonó la canción:

“¡Oh dulce Niño Jesús! ¡Oh tierno Niño Jesús!

¡Has cumplido la voluntad del Padre!”

 

Este año Bach cumplió 64 años. Estaba muy envejecido y sobre todo le afectó mucho a la vista, muy deteriorada por tanto fijarse en libros y partituras.

 

Bach ingresó en la Sociedad de Ciencias Musicales, fundada por su discípulo y amigo Mizler, el cual era estimado músico pero un poco vanidoso. Tal vez esa era la causa por la que no había ingresado antes. Verdad es que la ciencia musical que necesita un músico, Bach la llevaba ya consigo. Todas las piezas musicales que llegaban a sus manos y eran de su agrado, enriquecían su espíritu.

 

El emperador alemán deseaba conocer a persona de tanta valía y le pidió a Manuel Bach que hiciese venir a su padre a Berlín, para poder conocerlo y hablar con él. Sebastian consideraba que era demasiado honor y no quería ir, pero ante la insistencia de Manuel no tuvo más remedio que hacerlo.

 

Bach se puso en camino pasando por Halle, donde se encontró con su hijo Friedmann. Al llegar a Potsdam se dirigió a casa de su otro hijo, Manuel. Apenas llegaron, Bach cansado y sucio del viaje, tuvo que presentarse ante la Corte por la premura del tiempo. Ni pudo ponerse la casaca negra de cantor. Se oyó la voz del rey que dijo con cierta emoción en la voz: “¡Señores, el viejo Bach ha llegado!”. Le hace presentarse enseguida y su aspecto provocó cierta sonrisa entre los personajes de la corte.

 

El salón de conciertos, como el resto del palacio, era hermoso y brillante, adornado con grandes espejos y esculturas, en parte doradas y en parte cubiertas de laca verde. El atril de su majestad era de concha de tortuga, con incrustaciones de plata muy artísticas. También había un címbalo con pedales de plata y los estuches de varios instrumentos eran también del mismo precioso material que el atril del rey.

 

El viejo cantor se disculpó por su indumentaria, pero el rey era también músico y conocía la grandeza de Sebastian, con lo que no dio importancia a su vestimenta. Condujo a Sebastian por los salones de palacio y le enseñó los 7 pianos que había construido Silvermann, y le rogó que le proporcionase a él y a la corte el placer de oírlo tocar uno de ellos. Después de probar todos los pianos, rogó a al rey que le diese un tema para una fuga. Él lo desarrolló al momento con su manera viva y precisa, despertando el asombro del monarca.

 

Al siguiente día, Bach tocó el órgano en la Iglesia del Espíritu Santo. Por la noche ejecutó en palacio una fuga a seis voces, porque al rey le interesaba ver hasta dónde podía desarrollarse el tratamiento polifónico de un tema. Finalmente improvisó una fuga que provocó en el rey admiración y entusiasmo, hasta el punto de que repetirá constantemente: “¡No hay más que un Bach! ¡No hay más que un Bach!”.

 

Llegado a casa y después de contarle todo lo ocurrido a su mujer, se puso a desarrollar y perfeccionar el tema del rey, en una fuga a tres y otra a seis voces, ocho cánones y simultáneamente una fuga en canon con el responso a la quinta, una sonata en cuatro movimientos, y un canon perpetuus. A esta obra la denominó Ofrenda musical.

 

Sus obras las escribía con comentarios a veces jocosos. Por ejemplo, “que la fortuna del rey crezca como estas notas”. Esta obra la hizo grabar con una dedicatoria muy placentera. Obra llena de interés y belleza, homenaje especial al rey que era un gran flautista, y en la que intervenían 3 instrumentos: flauta, violín y piano.

 

Acabado su trabajo real e inspirado en él, compuso su incomparable El arte de la fuga. En esos momentos sintió que se le acercaba la muerte. Con frecuencia repetiría la frase de Lutero: “La música es el mejor consuelo; refresca el corazón y lo lleva a la paz”. Fue el arte que había amado con todas sus fuerzas y Dios lo había marcado de una manera especial con su sello.

 

Toda su vida trabajó con firme voluntad hasta el punto de que al final, haber forzado sus ojos le dejó sin vista. Apreciaba su vista más que su vida, y llegado a Leipzig un médico inglés llamado Juan Taylor, se hizo operar por él.

 

No habiendo tenido éxito, se dejó operar otra vez. Cuando le quitaron el vendaje el resultado fue que se había quedado ciego del todo. Todos lloraban, pero Sebastian demostró una paciencia conmovedora y le pidió a Magdalena que le leyese el segundo sermón del Domingo de la Epifanía y del que recordaba de memoria un párrafo: “El que mis ojos estén en mi cabeza Dios, Nuestro Padre celestial, lo ha querido por toda la eternidad, si ahora me los quita, si me quedo ciego o sordo, es porque en su infinita sabiduría lo habrá dispuesto así por toda la eternidad. ¿No deberé pues abrir mis ojos y mis oídos interiores y dar gracias a Dios por haberse cumplido en mí su eterna voluntad? Y lo mismo sucede con toda pérdida: la amistad, la propiedad, la fama o cualquier otra con que Dios haga que nos acordemos de Él. Todo ha de servir para prepararte y ayudarte a conquistar la verdadera paz”.

 

El simpar músico sufrió mucho por los tratamientos, por lo que en los meses que le quedaron de vida, ya no volvió a encontrarse bien. Sin embargo, en esos tiempos se derramó en él una alegría profunda y grande. Nunca había considerado la muerte con terror, sino con una esperanza a la que miraba cara a cara, pues la conceptuaba el verdadero complemento de la vida.

 

En sus cantatas hablaba de la muerte y de la despedida de este mundo:

“Bienvenida seas te diré”.

¡Y qué melodía tan dulce y apasionada compuso para otra cantata con las palabras!:

“¡Suena ya, hora tan deseada!”.

¡Y cuánta nostalgia contiene la maravillosa cantata!:

“Dios amado, ¿cuándo moriré?”.

 

No estaba ocioso –nunca lo había estado- y aprovechó el tiempo que le quedaba de estar en la tierra para corregir las dieciocho grandes corales para órgano. Mientras Magdalena descansaba un poco en otra habitación, su yerno Cristóbal se quedaba con él, ya que los hijos adultos no estaban en casa.

 

De repente, se incorporó en la cama y le dijo a su yerno: “Trae recado de escribir, porque tengo música en la cabeza”. Y esa fue la última que compuso en este mundo.

  


Cristóbal le contó todo esto a su suegra y sus palabras finales mientras se veían las primeras luces del amanecer. “Ante tu trono me presento”, y la suave melodía recién compuesta va desde las tinieblas a la claridad celestial.

 

Magdalena descorrió las cortinas de la ventana para que el sol del amanecer fuera coloreando el cielo entrando en la habitación para velar el sueño pacífico de su amado, cuya cabeza descansaba ya en la almohada después de que su alma abandonase el cuerpo.

 

Antes de morir pide que le canten algo y empieza su ya próxima vida con el coral Todos los hombres tienen que morir y le sigue la familia a cuatro voces. Mientras cantaban, la expresión de su rostro denotaba que ya se había alejado de las miserias de este mundo. Muere el martes 28 de julio de 1750 a las ocho y cuarto de la tarde. Había cumplido 65 años. El viernes siguiente lo entierran en el cementerio de San Juan de Leipzig. El pastor que celebra los oficios funerarios dice desde el púlpito: “Se ha dormido dulcemente en el Señor el muy inteligente y muy honorable don Juan Sebastian Bach, compositor de su majestad el Rey de Polonia y Príncipe elector de Sajonia, Maestro de capilla del Príncipe Anhalt-Cöthen, y cantor de la Escuela de Santo Tomás. Siguiendo la costumbre cristiana, ha sido enterrado su inanimado cuerpo”.

 

Pero con mucha más intensidad que las palabras del pastor, se sobreponen las del coral que Sebastian había escrito en su lecho de muerte:

“Ante tu trono me presento”.

 

 

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https://www.youtube.com/watch?v=AjBoL9E8uIk

 

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Bibliografía

 

-La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach.

 

-Vida y obra de J. S. Bach.

 

-Johann Sebastian Bach. Una vida para la música.

 

-Tócala otra vez Bach.

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