jueves, 1 de septiembre de 2022

 

OPIO

 

Al doctor López-Pampló,

gran ejemplar de una especie a extinguir:

el médico de cabecera.

 

 


 

“China duerme:

su despertar conmoverá al mundo”.

Napoleón Bonaparte

 

Según el diccionario de María Moliner, opio es: Sustancia narcótica obtenida desecando el jugo que se hace fluir de las cabezas de adormideras verdes.

 

Una luz lejana me ilumina.

La alcanzaré al mismo tiempo que la amapola durmiente.

(Siglo VI aC)

 

Es palabra potente y evocadora, que implica languidez, misterio y una especie de belleza siniestra. Nada parecería capturar mejor la sensualidad de esta palabra que la imagen del fumador somnoliento a la deriva en su paraíso ilícito. Posiblemente sea una de las drogas más versátiles conocidas, gracias a su ingrediente activo que es la morfina. El opio adormece el dolor, produce júbilo, induce al sueño y reduce las aflicciones. En la larga historia de su uso alrededor del mundo, quien busca euforia y bienestar se las arregló para introducírselo en el cuerpo de todas las maneras imaginables: además de fumado, ha sido bebido, comido, aspirado, frotado e inyectado. Mientras que el fumador de opio inhala los vapores de la droga –mediante una pipa diseñada para el efecto-, el comedor de opio, lo bebe, por lo común en forma de láudano, una mezcla de alcohol y opio. Su verdadero comedor lo ingiere en forma de pequeñas píldoras mezclado a menudo con sustancias que disfrazan su sabor amargo.

 

 


 

 

“¿Dónde encontraré opio? El opio es mi vida,

el opio mágico que me intoxica de placeres e ilusiones,

opio intrépido que me sostiene aquí”.

Claude Ferrère

 

Hay casi cien especies de amapolas, pero solo la Papaver somniferum –perteneciente a la familia de los Papaveraceae- produce opio en suficiente cantidad para convertirla en una parte importante de la materia médica, o medicamentos de Europa, el Oriente Medio, India y China.

 


Dentro de la especie hay muchas variedades que se distinguen por los colores y el número de sus pétalos y de las semillas; el tallo es cilíndrico y sólido, y las raíces son espesas y ahusadas. Los brotes cuelgan, pero cuando florece la planta, se mantiene erecta. Papaver somniferum tiene por lo común flores blancas o púrpuras con cuatro grandes pétalos cóncavos. Las cápsulas tienen forma de glóbulos y contienen una cavidad central parcialmente separada por divisiones finas como el papel, llenas de semillas amarillo pálido. La potencia del opio depende de las condiciones de su crecimiento.

Su nombre es de origen griego: -opion-, que traducido al español significa jugo.

Sus comienzos se remontan a la oscuridad de los tiempos, pero hay pocas dudas de que la adormidera fue utilizada y comercializada durante milenios por todo el Mediterráneo, el Próximo Oriente, el Asia Menor y la Europa Occidental, como una planta de múltiples usos que daba alimento, forraje, aceite y combustible. Menos seguro es en qué momento se reconocieron sus propiedades narcóticas o curativas. Se ha asegurado con entusiasmo que la planta desempeñó un papel importante en los rituales y el tratamiento médico en el tercer milenio aC.

 

En tiempo de los romanos, Ovidio escribió el poema “Cosméticos para damas” sobre la amapola como producto de belleza, aunque no especificó sus propiedades:

“Vi a una muchacha sumergir amapolas en agua fría,

Majarlas y restregárselas en sus tiernas mejillas”.

 

Las primeras referencias a las amapolas habrían tenido que ver más con la imagen de la planta como símbolo de la fertilidad que con su uso como droga. Linneo –naturalista del XVIII- contó cierta vez el número de semillas que contenía una sola cápsula de amapola. El total resultante de 32 mil semillas quizá sea algo exagerado, mas ilustra la fecundidad ostentosa de la amapola. El debate sobre el uso histórico del opio incluye un pasaje de la Odisea de Homero. Helena de Troya adereza cierto vino con nepenthes –puede haber sido opio o cannabis o una mezcla de drogas- “una droga que tenía el poder contrario al aguijón de la aflicción y la ira, al desvanecer todas las memorias penosas”, con el fin de ayudar a sus amigos a olvidar la desaparición de Ulises. El médico Dioscórides –siglo I de nuestra era- conjeturó que era un compuesto de ingredientes que incluían opio y beleño –potente calmante con una mala reputación justificada: es también extremadamente venenoso-.

 

Sin embargo, en tiempos del nombrado médico, el opio ya era conocido como soporífico y Ovidio, que ha hablado ya sobre el opio como tratamiento de belleza, alude a él escribiendo:

“Su semblante calmado, adornado de amapolas

trajo la noche y en su séquito trajo sueños oscuros”.

 

Y Virgilio nos dice en su Eneida:

“El dragón, guardián de los sagrados capullos

con la miel que gotea lentamente de la dormidera”.

 

 



 

 

El principal ingrediente activo del opio proviene de la morfina, que aporta su magia a la amapola. La morfina es un alcaloide, un compuesto orgánico, muchos de los cuales tienen efectos tóxicos, estimulantes o analgésicos.

 

Friedrich Wilhelm Sertürner –farmacéutico alemán del XVIII- aisló la morfina y publicó sus resultados en 1805. Describió la sustancia como el Principium Somniferum, o principio productor de sueño, y lo llamó Morphium. De los otros treinta alcaloides del opio, la codeína es el más importante.

 

La morfina, pura y fuerte, no en bruto, irrumpió en la escena de las drogas tras la invención de la aguja hipodérmica funcional, que se debe al doctor escocés Alexander Wood en 1853. Aunque la morfina puede tomarse oralmente, los experimentadores observaron que la respuesta al inyectarla bajo la piel era mucho más rápida.

 

Como narcóticos, el opio, la morfina y la heroína, son drogas que alivian el dolor, dulcifican los espasmos, reducen las fiebres e inducen al sueño. Al actuar como analgésico, la morfina bloquea los mensajes de dolor al cerebro, produce euforia y amortigua las ansiedades y tensiones, suprime la tos, y dilata los vasos sanguíneos de la piel. Todas estas características son impagables en medicina, no para curar enfermedades específicas o heridas, como para aliviar los síntomas. Aunque tomada en cantidades equivocadas, el alivio puede volverse lesivo o fatal.

 


La heroína, una sustancia semisintética derivada de la morfina por una simple modificación estructural, fue creada en la década de 1870 y redescubierta en 1898 por Heinrich Dreser, un químico de la compañía Bayer de Alemania. La heroína fue inicialmente comercializada como remedio para la tuberculosis, la laringitis y la tos. Irónicamente, fue también recomendada como cura potencial a la adicción a la morfina.

 

El cultivo de la amapola, la recolección de la savia y la transformación de esta en opio en bruto era larga y complicada. Aunque el proceso sea esencialmente el mismo en India, Turquía, Persia y China, hay peculiaridades entre un país y otro. Siempre se utilizó la artesanía y aunque en la época actual existe la mecanización, muchos productores prefieren hacer este cultivo a mano.

 

En la India, el cultivo del opio se concentraba en las regiones del Ganges de Benarés, Behar y Malwa. La amapola se sembraba en noviembre y requería de irrigación intensiva a lo largo de los tres meses de crecimiento. Cuando los pétalos se caían y las cápsulas se habían hinchado, era la hora de la cosecha.

 


Primero los trabajadores quitaban y dejaban de lado los pétalos restantes. Al salir el sol se hacían incisiones verticales en las vainas, con un instrumento de 3 ó 4 hojas llamado mushtur, con cuidado de no cortar el interior de la cápsula. Al día siguiente se recogía la savia exudada, se escurría y se secaba al aire por cerca de un mes, antes de enviarla a las factorías del gobierno para ser analizada en su contenido de agua e impurezas y preparada para la venta.

 

Rudyard Kipling (1865-1936) se sorprendió ante la burocracia de la factoría de Ghazipur, la capital del opio de Benarés. “Nunca existió otro lugar como este para las formas –dijo con sarcasmo, y añadió-: Nadie se fía de nadie en Ghazipur. Siempre están pesando, probando y analizando”.

 


El opio seco era agitado en tinajas y amasado por los hombres. Para el mercado nacional se amasaba en tortas y se envolvía en papel aceitado; para la exportación se enrollaba en pequeñas pelotas y se prensaba en cuencos recubiertos con una capa de pétalos cosechados antes. Se las cubría y se juntaban con lewa, el líquido que se había escurrido del opio. Cuando estas se sacaban de los cuencos, se tapaban con “desechos de la amapola” –hojas, cápsulas y tallos pulverizados- y entonces se almacenaban en un lugar seco hasta que estaban listas para ser empacadas en baúles. En cada baúl cabían alrededor de 40 pelotas.

 

El opio se ponía a la venta en subasta en octubre, casi un año después de que las semillas se habían sembrado. Se le dijo a Kipling que, en la culminación de la estación, Ghazipur tenía en sus numerosos e inmensos almacenes, alrededor de 3.500.000 de libras esterlinas de opio.

 


Puesto que el opio se vendía a peso, los compradores debían cuidarse de la adulteración, ya fuera por arena, plomo, barro, azúcar, melazas o estiércol de vaca. S. Wells Williams –historiador norteamericano del XIX- escribió que el opio puro se cortaba limpiamente sin dejar partículas a lo largo del corte; cuando se le extendía en una capa delgada sobre una superficie plana aparecía translúcido, con un color “amarillo de cálculo hepático” y una textura granular; la masa era pegajosa y “temblaba como mermelada de fresa”.

 


El número de obreros y funcionarios implicados en procesar el opio, significaba que ciudades como Ghazipur y Patna eran colmenas de actividad durante la cosecha y la producción.

 

El comprador de opio en bruto busca las siguientes características: “Textura moderadamente firme, capaz de recibir una impresión digital, de un color amarillo oscuro cuando se mantiene bajo la luz”.

 

La India no tenía el monopolio de la producción de opio, aunque era la fuente principal para los fumaderos chinos. Turquía, Persia –actual Irán- y China también producían opio, al igual que Grecia, Bulgaria, Yugoslavia y Egipto. Para su uso en medicinas como el láudano o el Dover’s Powder, los británicos compraban opio turco por ser más confiable y por tener un porcentaje mínimo del 10 al 13 por ciento de morfina.

 

Cada zona empacaba el opio de manera distinta: Turquía producía pequeños panes –envueltos en hojas de amapola- llamados “Pastillas de Constantinopla”; Persia hacía palillos cilíndricos de 15 cm, como los de incienso, conocidos como “Trebisonda”, y China ofrecía panes planos envueltos en papel blanco llamados “Yunan”.

 

Los turcos, que llamaban al opio por su nombre árabe –afion o afyun-, tenían una notoria reputación en el consumo de opio.

 

Robert Burton, autor de The Anatomy of Melancholy (1621), cita al viajero, botánico portugués del XVI, Garcias ab Horto –quien escribió que algunos turcos lo tomaban para “ayudar a la digestión y procurarse alegría”-.

 

Pierre Pomet –farmacéutico francés del XVII- en A Compleat History of Druggs afirmaba que, antes de la batalla, los soldados turcos tomaban opio “en exceso, pues los animaba o por lo menos los hacía insensibles al peligro”.

 

Edmondo de Amicis, viajero y escritor italiano, autor del celebérrimo Corazón –cuya lectura hizo llorar a varias generaciones de niños-, publicó en 1896 su libro Constantinopla donde escribe que, para ellos, el café, el opio, el vino y el tabaco, eran “lechos de placer”.

 

El escritor francés Teófilo Gautier describió los intoxicantes bazares turcos en su libro Constantinople (1857) con estas palabras:

“En ellos, expuestos en montones o bolsas abiertas, había henna, madera de sándalo, antimonio, tintes en polvo, dátiles, cardamomo, benjuí, pistachos, ámbar, lentisco, jengibre, nuez moscada, opio, hachís, todo custodiado por comerciantes indiferentes que se sentaban con las piernas cruzadas y parecían entumecidos por este aire saturado de perfumes”.

 


No importa el lugar en que se cultivaba la adormidera, ni el esfuerzo que costaba su cultivo. Los mercaderes, para su éxito, tenían en cuenta la codicia y la debilidad humanas junto con las ganancias que podía reportarles, y que les condujo a una lucrativa e inmoral industria, especialmente en aquellos países en donde la mano de obra era barata.

 

Las borlas de Ghazipur y los panes de Patna de opio en bruto de la India, atravesaban Asia para llegar a establecimientos responsables de convertirlos en opio para fumar. En Singapur, Java e Indochina, se trataba de monopolios con licencia del gobierno, conocidos con el engañoso nombre de “granjas de opio”.

 


Borlas: los trabajadores las partían por la mitad y extraían la gelatina del interior que juntaban con el líquido de las cáscaras hervidas y por varios procesos de hervido hasta que alcanzaba la consistencia satisfactoria.

 

Los panes: se convertían en pasta que amasaban y extendían en cuencos. También, por diversos procesos de calentamiento, llegaban al color y la consistencia deseados.

 

El periodista francés Fernand Honoré recuerda: “Tenía un aroma muy delicado, pero que no podía definirse claramente… el de las granadas maduras al que sigue de inmediato el perfume de las semillas de la amapola al ser cosechadas”. La mercancía resultante de este proceso se empacaba y vendía por toda Asia.

 

 

 

Fumar opio no es como fumar un cigarrillo de tabaco o de cualquier otra droga; requiere el instrumental adecuado: consta de una pipa, una lámpara de alcohol, una larga aguja y un contenedor de pasta de opio, el todo colocado en una bandeja. Otros avíos útiles son un raspador para limpiar la cazoleta de la pipa, una esponja, tijeras para despabilar la mecha de la lámpara, una balanza para pesar el opio y cuencos extra para la pipa en caso de rotura. También es bueno tener, aunque de ninguna manera sea necesario, un servicio de té y una pipa de tabaco. Y para los fumadores que han llegado demasiado lejos o también para los que son novatos, es de gran ayuda un chef que cocine el opio y mantenga las pipas disponibles.

 


La pipa de opio puede muy bien proceder de la leyenda relatada por Claude Farrère en Fumée d’opium, tan poco usual y tan específica es para el arte y el ritual del fumar opio. El amor por la pipa se debe en parte a su extraordinaria utilidad para proporcionar placer al fumador. A su vez, el fumador la mima fielmente, cuidando de limpiarle las cenizas para que tire bien.

 

De forma muy especial, la típica pipa de opio consta de una caña de bambú o ébano hueca de unos 45 a 60 centímetros de largo, sellada en un extremo y con una boquilla en el otro. A alrededor de tres cuartas partes desde la boquilla se encuentra un cuenco hueco removible, o globo, de metal, porcelana o barro, agujereado en lo alto por un pequeño hoyo en el que se coloca el opio. Un collarín de metal rodea la pipa y fija al cuenco fuertemente, asegurando que el humo escape solamente por la boquilla.

 

El estilo de la pipa refleja a menudo la riqueza o el poder del dueño. Las cañas elaboradas de las pipas pueden hacerse de ámbar o de marfil y ser ornamentadas con carey o metal afiligranado y piedras semipreciosas. Otras pueden estar decoradas con esmalte cloisonné y adornadas con inscripciones y diseños. La boquilla y la correspondiente punta del otro extremo pueden ser de jade, jadeíta o marfil. Las pipas básicas carecen de adornos y son simplemente de bambú y barro. Los fumadores serios prefieren las pipas de bambú; absorbe la droga, con lo que con el tiempo “se dulcifica”.

 


El fumador de opio, ya sea en un fumadero francés o en casa de un rico cantonés, sigue el mismo ritual: se prepara el instrumental, se enciende la lámpara de alcohol y el fumador se pone cómodo, porque el opio hay que fumarlo recostado. Puede fumar así o bien coger la bolita que está en la cazuela y amasarla hasta que toma otra forma y la vuelve a introducir en la cazoleta. El primerizo puede repetir esta manera hasta tres veces y el veterano necesita muchas más hasta quedar satisfecho. Los observadores dicen que se escapa un olor que algunos encontraban seductor y otros repugnante. Ingleses que visitaban China en 1880, describen el olor como “vil y nauseabundo”. Hay quien considera que “estos humos no son desagradables y provocan cierta atracción”.

 


Un autor americano del XIX pensó que el cocimiento tenía un olor “placentero” y el humo desprendía un olor frutal nada desagradable; en tanto que una fumadora empedernida de Nueva York, atribuía el olor de “algo así como a cacahuetes asándose”. El gran escritor Graham Greene, anotaba en su diario: “el olor era como la primera mirada de una bella mujer ante quien uno se da cuenta de que es posible alguna relación”.

 

Si la parafernalia del opio contribuye a la mística de esta droga, el fumadero lo hace a gran escala. Su descripción varía mucho, dependiendo de la imaginación del escritor que nos lo relata. Estas historias gráficas de fumadores elegantes, abusan de la credibilidad de sus lectores: bellos tapetes, cómodos cojines y esteras, luz suave, elegantes vestidos, asistentes para preparar las pipas. Fumaderos de ensueño que no existen en la realidad, que los seres humanos apartados de la drogadicción encuentran repugnante y asqueroso.

 


En una novela titulada Dope, personajes de la alta sociedad londinense, visitan con frecuencia “la Casa de los Cien Éxtasis” y en general estos fumaderos aparecen como templos y los sirvientes como sacerdotes menores, y están ubicados en edificios en estado ruinoso para que la Ley no les descubra.

 

Los fumaderos reales eran habitaciones miserables y sin ningún ornato. Esta clase de literatura quizá se extendió porque sus escritores eran buenos y daba dinero. El fumador continuo parecía idiotizado y se convertía en un ser inútil para la sociedad. ¿Cuánto había de verdad y de ficción en estas novelas?

 


La verdad es que los fumadores empedernidos occidentales, esperaban su turno tumbados en sucias esteras distribuidas en suelos sin barrer, con puertas cerradas, donde se respiraba un aire nauseabundo para evitar que el olor saliese a la calle y los delatase: nada de millonarios ni príncipes persas. Y los fumaderos chinos –por las descripciones que hacen los occidentales que los visitan- eran peores: más fétidos.

 


Los cruzados que luchaban contra su existencia, mostraban un “alborozo malévolo” al describir su sordidez. He aquí la descripción de un fumadero de Nueva York en 1898: “En un punto, a unos 90 cm del suelo encontramos varios estratos separados y distintos de humo que se elevan y caen como el seno del mar perturbado por la marejada. El olor acre que te da la bienvenida en la puerta, se intensifica cien veces y es pesado y sensual. Pequeñas lámparas puntúan el lugar aquí y allá, y arden desafiantes, como si trataran de iluminar el entorno. Su intento resulta un fracaso… El vicio ama las tinieblas y va de la mano con la oscuridad. Aquí se trata de un vicio de la peor especie: un vicio importado. En cada lado de la habitación vemos una fila de tarimas de tablas, como dicen los clientes, levantadas a dos pies del piso y cubiertas… con esteras y salpicadas de apoyos para la cabeza de madera o pequeños rollos de paja… que sirven como cojines. Es la hora de los drogadictos y pocos espacios vacíos hay en las tarimas”.

 

Hacer amigos en los fumaderos era más que imposible, porque la conversación brillaba por su ausencia.

 

 

 

Finalizando el siglo XV, los europeos se dieron cuenta de que podían prescindir de intermediarios –¡el eterno intermediario!- para obtener productos refinados que estaban en el Lejano Oriente, como era el opio. Sus empleados trajeron mercancías al sur de Europa a través de España y del norte de África, la India y China. A parte del opio, también comerciaban con pimienta, seda, especias, hierbas y té de Asia.

 

Pero para evitar la lentitud y la incertidumbre de las transacciones y para eliminar a los ya nombrados intermediarios, los exploradores europeos se lanzaron a buscar sus propias rutas a las fuentes de esos bienes maravillosos.

 

En el siglo XIII, el comerciante italiano Marco Polo había establecido una nueva ruta de la seda por Asia, trabajando por sí mismo, que estuvo operativa durante siglos.

 

Vasco de Gama (1460-1524), portugués, fue el primer europeo que llegó a la India –contorneando las costas del sur de África- y estableció un monopolio comercial con este país, que duró hasta 1600. En esta fecha ya se vieron amenazados por naciones como Holanda, Francia y, sobre todo, Gran Bretaña, que introdujo el opio indio a gran escala en China.

 

También las personas de vida consagrada contemplan un ancho mundo lleno de almas que llevar a Dios, que esperan su conversión por medio de ellas. En 1541, Francisco de Xavier está en Lisboa –espoleado por la frase de su superior Ignacio: “De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma”-, ya no volverá a España. Japón y la India serán sus tierras de misión. En Goa reposa su cuerpo en la Iglesia de los Jesuitas, donde recibe el homenaje del pueblo indio, que acude diariamente y por millares a rendirle pleitesía.

 


 

En cuanto a su estancia en el Japón, hay un pequeño matiz. Javier los trata de pobres y ellos, ofendidos, lo expulsan. Un alma buena informa al futuro santo de que los japoneses se consideran a sí mismos modestos, pero no tan bajos en la escala social como él los ha calificado. Javier, corre a presentar disculpas y se convierte en el primer jesuita de una pléyade que llenará el Japón y ya nunca abandonará, escribiendo páginas gloriosas que honrarán a la Compañía. La sutilidad nipona es bien conocida. Uno de sus inventos para conseguir que los “padres” –como les llaman- abjuren de su fe, está muy bien descrito en la novela Silencio: “Mantener a un ser humano incomunicado de otros seres humanos”. Por cierto, que este método también fue utilizado por los nazis en Auschwitz.

 

Los portugueses habían establecido un monopolio con China en 1557, que utilizaba Macao como centro. Este monopolio se disolvió en 1685, momento que aprovecharon los británicos para introducirse en China y no abandonarla. Aunque los emperadores trataron de erradicar este vicio de su tierra, el Reino Unido se lo impidió con la fuerza de su Armada.

 


China junto con Japón, uno de los imperios orientales más antiguos y misteriosos, en donde en el siglo VIII o quizá incluso un siglo antes, los árabes habían introducido el opio con carácter medicinal. Un tratado médico del siglo XII tilda el efecto de la amapola contra la disentería de “mágico”.

 


Un jesuita alemán explica al emperador chino el funcionamiento técnico del reloj, con lo que se gana su admiración y la posibilidad de que él y sus compañeros se muevan libremente entre el pueblo.

 

J. Edkins –misionero protestante del XIX- hace un estudio bastante completo de los comienzos del uso del opio en su Opium: Historical Note (1898). Cita numerosos poemas antiguos acerca de las cualidades de la adormidera, incluyendo uno del siglo X que declara que la adormidera puede convertirse en una bebida “digna de Buda”.

 

De acuerdo con Margaret Goldsmith –¡una mujer! periodista e historiadora americana también del XIX-, autora de The Trail of Opium (1939), la primera descripción escrita del fumar opio aparece en un panfleto de 1746. Huang Yu-pu, un investigador del gobierno, observó que el opio de Java se fumaba mezclado con tabaco, que había sido introducido por los españoles 150 años antes.

 

Pero Edkins, que también se refiere a este asunto, informa que Kaempfer, autor de Amanitates exótica (1712), había ya observado la práctica años antes, en 1689, en Batavia –Java-, donde el opio diluido en agua se fumaba con tabaco.

 

Hacia 1729 el vicio se había extendido de tal manera que llegó a perturbar al emperador chino Yung Ching, el cual prohibió los fumaderos de opio y la venta de este.

 

En 1767 el comercio del opio de Malwa, de los portugueses a los chinos, era ya notable. Los británicos ya habían exportado pequeños embarques a China en ese momento, pero solo se establecieron definitivamente en 1773 y ya de manera semioficial en 1780, gracias al monopolio de la East India Company en cuanto a la venta de opio en la India. El opio representaba grandes ganancias, no sólo a través la EIC, sino también una prosperidad constante para todos los implicados en el comercio de la droga en Gran Bretaña, India y China.

 

Se dice que los conocedores chinos preferían el gusto del opio de la India, en particular el de Benarés, sobre el de Turquía, Persia y desde luego el de China. El padre M. Huc, un misionero que viajó por China a mediados del siglo XIX, contradice esta afirmación; argumentaba que el opio de la India estaba tan adulterado al llegar a China que de ninguna manera podía competir en calidad con el producido allí. También afirmaba que, puesto que el opio de la India era mucho más caro, atraía a los fumadores vanos que querían mostrar su riqueza. Quizá las cínicas observaciones del ministro Chu Tsun del gabinete chino se acercaban más a la verdad. Declaró que el producto local no superaría a los demás porque nunca estaría tan bien hecho; más aún: “Todos los hombres aprecian lo que es extraño y devalúan lo que es de uso común”.

 

El desdén hacia el opio local aseguraba un mercado al importado; aun cuando el acceso al comercio chino había carecido de restricciones brevemente, en la primera mitad del siglo XIX el único puerto disponible para los traficantes era Cantón, ciudad de inmensa importancia. De hecho, era ilegal descargar opio en este lugar, circunstancia que acabó siendo un mero tecnicismo para compradores y vendedores.

 

Los comerciantes extranjeros sabían bien que rompían las leyes de China al introducir opio en el país, pero el gobierno británico podía aliviar su conciencia, por lo menos, sabiendo que el comercio se llevaba a cabo a lo largo de varias etapas por medio de la EIC e incluso de comerciantes privados aún más distantes.

 

El problema con China era que en realidad no quería las mercancías ofrecidas por ingleses, norteamericanos y las demás naciones europeas a cambio de sus tan necesitados tés, seda y ruibarbo. De modo que los primeros, en un esfuerzo por mantener la balanza comercial, se centraron en la venta lucrativa del contrabando de opio, desembarcándolo en Cantón. Los propios chinos desempeñaron un papel activo al aceptar sobornos y cultivar amapolas. La enorme población china y su familiaridad de largo tiempo con el opio, garantizaban un fuerte mercado en favor de la droga. Para alentar la adicción sólo era necesario que los comerciantes europeos lo importaran en cantidades suficientes y a bajo precio.

 

Ruibarbo.- El ruibarbo se utilizaba comúnmente en Europa como laxante y era un objeto de comercio importante. Compraban tanto, que los chinos creían que si se les dejaba de surtir morirían de estreñimiento.

 


En cuanto al comercio legítimo, los extranjeros debían llevar los negocios con los comerciantes Hong, o Co-Hong, un monopolio de intermediarios chinos que eran responsables finales de la conducta de los comerciantes. Pero el comercio no era un asunto sencillo de tan solo sentarse y cerrar un trato. Los extranjeros necesitaban también compradores, sus propios agentes, que fueran de confianza. Los comerciantes Hong, a su vez, estaban obligados a tratar con un funcionario imperial conocido como el Hai Kwan Pu (vulgarizado por los extranjeros como “Hoppo”). Corredores no oficiales, llamados “fundidores”, facilitaban las ventas del opio ilegal.

 

Cada nivel de esta burocracia tenía que pagar gruesas sumas en donaciones, comisiones y regalos por el privilegio de comerciar. Se requería que los comerciantes Hong situaran obligaciones, garantizando que los barcos que descargaban en Whampoa no llevaban opio, lo cual se pasaba por alto de manera notoria por los tan extendidos sobornos.

 


La década de 1830 a 1840 fue la cúspide del comercio del opio; las riberas de Cantón se encontraban llenas de bullicio, hormigueantes de lorchas y juncos (dos tipos de barcos mercantes chinos), llevando productos a las “factorías”, como se conocían los almacenes de los extranjeros.

 


Localizada aguas arriba del tortuoso canal serpentino llamado el Bogue, Cantón la capital de la provincia Kwantug, quedaba bien protegida aunque no invencible. Whampoa, donde se descargaban los barcos, era una de las muchas islas que llenaban el Bogue. De ahí, los productos eran transportados a Cantón por una multitud de botes pesqueros, fruteros, floreros, bañeros, barberos y burdeleros, al igual que botes-casa y botes de pasaje.

 

Rodeado de murallas de 10 metros de altura, Cantón escondía todo menos su puerto del viajero que llegara por mar. Los muelles, alineados con las factorías de los comerciantes ingleses, estadounidenses, parsis, suecos, españoles, franceses y daneses, sin mencionar a los chinos, quedaban aislados de la ciudad propiamente dicha. Las factorías eran bastante grandes y autónomas; la de Gran Bretaña incluía oficinas, almacenes, apartamentos, una tesorería, un jardín y hasta una iglesia.

 


De acuerdo con el autor Maurice Collis –británico del XIX-, que esbozó un retrato vívido de Cantón en Foreign Mud –El loco extranjero-, la plaza que separaba las factorías del río era uno de los pocos lugares en los que un comerciante podía estirar las piernas en una ciudad por lo demás prohibida. Bullía de constante actividad: “Buhoneros, revendedores, fisgones y vagos, remendones, sastres y vendedores de té o nueces, sin hablar de los hombres que solo curioseaban o limosneaban a voz en cuello, llenaban este pequeño paseo”.

 

Los edictos chinos, que no solo se oponían a la importación de opio, sino que limitaban todo comercio, proliferaron a partir de principios del siglo XVIII, pero esto no impidió que los comerciantes evadieran las leyes mediante el soborno, el embarque a otros puertos o mediante el contrabando.

 

 

  

Las leyes para extranjeros rara vez se imponían; era más preferible castigar a los locales que cooperaban con ellos. Estas leyes se aplicaban al azar, las penas eran severas: los vendedores podían ser desterrados o forzados a llevar una collera de madera; los conserjes de los fumaderos podían llegar a ser estrangulados. Aunque por un tiempo, cosa rara, los fumadores estuvieron exentos de castigo; quizá, especulaba el misionero Edkins ya citado, se pensaba que los esclavos de este hábito abominable ya sufrían suficiente pena.

 


El suministro de una mercancía ilegal como el opio, debe haber requerido de cierta autojustificación por parte de los funcionarios y comerciantes europeos. Muchos eran hombres temerosos de Dios que se habrían horrorizado de promover la adictiva sustancia en sus países. Incluso quienes no comerciaban con él se hacían eco del razonamiento de un inglés anónimo, respecto de que el opio era solo “un lujo inofensivo”, que la economía se beneficiaba del solaz proporcionado a los siempre productivos chinos y, como última boqueada, que si el comercio del opio estuviera en manos menos respetables caería en el regazo de “malhechores, piratas y merodeadores”.

 


Los comerciantes que compraban opio en la India –grandes compañías como Jardine, Matheson o individuos que intentaban conseguir una fortuna fácil- necesitaban llevarla a China con toda rapidez, con el fin de recuperar los costos y evitar las tormentas y a los piratas de la costa china. Para este fin se diseñó un nuevo tipo de barco: el rápido y suave clíper del opio.

 

Estos clípers descargaban en Lintin o en puertos y calas solitarios, cambiando en secreto su contrabando por plata. Se aceptaba de cualquier tipo de este mineral, mientras pudiera pesarse: barras, antigüedades, cuchillería, todo se aceptaba como oferta legal. La constante salida de plata era un gravamen para la economía china, pero significaba grandes ganancias para los traficantes.

 


El emperador nombró a Lin Tse-haü, comisionado para suprimir el comercio del opio, y le dio amplios poderes. Al llegar a Cantón en marzo de 1839, Lin exigió la entrega de todo el opio en posesión de los comerciantes, así como garantías de que dejarían de embarcarlo. Los interesados acordaron entregar cierta cantidad del opio, pero no todo. Sin dejarse impresionar, Lin les dijo que no era suficiente.

 

Se le entregó más opio: 22.283 baúles valorados en unos nueve millones de dólares. Comenzando el 3 de junio de 1839 en el pueblo de Chunhow, el opio entregado –mezclado con cal- fue vertido en un arroyo que desaguaba en la bahía. Lin también destruyó opio y pipas entregados por los dichos comerciantes chinos, junto con la cosecha del año de adormidera local.

 

 

  

Hong Kong –del chino aguas fragantes- fue uno de los muchos botines de la primera guerra del opio, pero no todos los británicos lo consideraron un activo. Henry Charles Sirr –diplomático y escritor inglés- en 1849 no tenía nada bueno que decir del lugar. La sección de su libro titulada “Insalubridad e inutilidad” condenaba la falta de tierra cultivable de Hong Kong, sus veranos pestilentes, sus helados inviernos, enfermedades como la fiebre de Hong Kong, la chusma y la inmoralidad de sus habitantes. Por todo eso, Sirr consideraba que Hong Kong siempre ha gozado de mala reputación desde tiempos inmemorables ante la nación china. Sirr no conoció la época actual donde Hong Kong gozaba de su industria y posición junto con la democracia que le confería ser colonia inglesa. Con lágrimas en los ojos por parte de los chinos que gozaban de aquel paraíso, y de los británicos, poseedores de él, el Reino Unido tuvo que atenerse a la cláusula de un tratado que le obligaba a devolver la ciudad a China, y así lo hizo el 1 de julio de 1997.

 


Algunos cruzados tomaron el problema del opio como cosa personal. Edwin Joshua Dukes, misionero inglés que visitó China a finales del siglo XIX y encontró que el hábito del opio era “destructor e inmoral”, escribió que “los defensores del comercio del opio –que, por lo demás, casi todos aborrecen a los misioneros cristianos- declaran que nuestra protesta es una manía injustificada”.

 

China fue, de los países asiáticos, el más golpeado por esta droga. Al moverse el centro del tráfico de drogas de Cantón a Shanghai, esta ciudad se convirtió en el imán para viajeros cosmopolitas, refugiados en busca de mejor suerte y criminales en busca de dólares fáciles, pero Tailandia, Birmania, Singapur, Malasia, Borneo y el actual Vietnam, también se encontraron –excepto Siam, que era un protectorado inglés y francés- cogidos entre la condena del vicio y la necesidad de ingresos por el opio. Como colonias, estos países estaban también sujetos a la codicia e indiferencia de sus colonizadores occidentales.

 

Este colonialismo decimonónico proporcionó la posibilidad de adoptar y adaptar nuevas costumbres. Francia se establece: en el Cercano Oriente, en el Norte de África y en el Sureste Asiático. Los ingleses en India, Egipto oriente africano y Asia. Los alemanes, belgas, holandeses, portugueses y españoles, en sus respectivas colonias. Europa aparecía inundada de nuevas ideas en cuanto a decoración. Ideas que significaban el traslado de –falsos- objetos, dibujos, parabanes y cachivaches que querían ser imitación de los originales chinos y japoneses, y que resultaban insoportablemente cursis –como se puede constatar en fotografías de la época-. Solo algunas personas de acreditado buen gusto y fortuna considerable, importaron productos genuinos.

 

Los viajeros que iban a Turquía en el siglo XVIII son todavía escasos, aunque importan consigo sus experiencias.

 

Es en el XIX cuando los ya numerosos viajeros que iban a Oriente, traen consigo relatos de peligros sin paralelo y sensualidades escandalosas, junto con informes de la riqueza, la grandiosidad y las distintas costumbres peleadas con las formas europeas, pero atractivas por su rareza. Para quienes habían sido atrapados por la frialdad de la Revolución Industrial, lo decadente nunca había sido tan atractivo. Dejando aparte el orientalismo sospechoso, aquellos relatos de los viajeros que volvían de Asia y el Cercano Oriente, supusieron un soplo de aire fresco a sus congéneres.

 

 

  

El opio exige mucho de sus admiradores; tiene que ser lisonjeado y consentido, porque, como un amante, responde mejor a unas manos hábiles. Es más, el que tiene el hábito no puede fumar con cualquier pipa y algo de opio; requiere de todo un “instrumental”, un fumadero y compañeros con tesitura semejante para gozar de los humos intoxicantes de la droga.

 


El ritual se convierte en un precioso pasatiempo. Las pipas provocan una ternura casi mística y el fumadero adquiere el aura de otro mundo. Claude Farrère escribe de una vieja pipa que “misteriosamente evoca toda el Asia” y de un “bello fumadero… ¡con un portal realmente elegante para dejar la vida afuera y entrar en el sueño de los dioses!”.

 

Los escritores, en la ficción, la poesía y la biografía han hecho hasta lo imposible para describir sus experiencias sobre el opio. El poeta Maurice Magre escribe: “El espíritu de los Budas muertos habita en mi cerebro”, y el escritor surrealista Robert Desnos afirma que “el opio, como el aire, baña a quienes lo respiran”. Ruyard Kipling nos dice: “He visto cosas que la gente llamaría extrañas, pero nada es extraño cuando estás en el Humo Negro, excepto el Humo Negro”.

 

Jean Cocteau, de gran fama en los años 20 y 30, escritor, artista, fumador de opio, autor teatral y de novelas, homosexual y cuyas relaciones amorosas son bien conocidas, por ser con escritores como él o con artistas, especialmente con el aviador acróbata que dio nombre a un premio de tenis, Roland Garrós, y jóvenes a quienes protegió. En su obra Opio: diario de una desintoxicación, no le gustaba tener compañía al fumar y escribe: “Fumar en pareja ya es una multitud. Fumar en trío es difícil. Fumar en cuarteto es imposible”.

 

Hay un personaje pintoresco: Claude Farrère (seudónimo de Frédéric-Charles Bargone), (1876-1957) –prolífico autor francés de novelas, ambientadas en lugares exóticos como Estambul, Saigón y Nagasaki. Una de sus novelas, Les Civilisés, ganó el Premio Goncourt en 1905. Fue elegido para ocupar un sillón en la Academia Francesa. Militar durante la guerra y de ideas derechistas. Partidario de Petain y en la guerra civil española del general Franco-, cuya obra principal es Humo de opio, libro compuesto por cuentos, cuyo verdadero protagonista no son las personas sino el opio. Con él visitamos fumaderos en China, Saigón, París y Toulon. El autor se pregunta si ese ambiente tan refinado, las imágenes tan eróticas, son verdad o en realidad en estos clubes vemos lo que hemos imaginado. En ellos se retrata no lo que es sino lo que quisiera que fuese, sobre todo las mujeres, la libertad, la voluptuosidad, la ruptura de las normas sociales, sobre todo en la Norteamérica un poco gazmoña de aquella época. Sin embargo, o no se han escrito o no se han publicado relatos de mujeres sobre el opio –todo lo más sobre láudano y algo sobre la morfina-.

 

 

  

La fascinación por la vida en Oriente de los europeos, con las drogas que tan fácil era conseguir allí, se vio reflejada y popularizada en las páginas escritas. Los que viajaban a Turquía a finales del siglo XVIII, publicaban historias de hachís y de opio. Si iban a Constantinopla, estos viajeros observaban que los comedores de opio frecuentaban el mercado de drogas y despertaban piedad sus caras melancólicas y sus cabellos cortados como melenas, cuellos alargados, cabezas vueltas hacia un lado, sus hombros levantados hasta las orejas, su columna distorsionada y toda una serie de actitudes extravagantes que resultaban de su adicción. Mostraban claramente el tipo del drogadicto.

 


A mediados del siglo XIX, el famoso escritor Teófilo Gautier publicó su libro Constantinopla, que contiene el relato de sus viajes de Malta a Turquía.

 

A finales del siglo XIX, Gerard de Neval, ilustre escritor francés, prosista y de teatro de la época, observó las mismas actitudes que sus compañeros del siglo anterior. Publicó cuentos sobre drogas que en realidad eran inventados. En uno de estos, titulado Hachís, habla de un cansado viajero musulmán quien, al olfatear el hachís lo rechaza diciendo que está prohibido. Al decirle los presentes que “Toda fuente de placer está siempre prohibida”, él cede en su rechazo, lo prueba y exclama: “El hachís te iguala a Dios”.

 

Aunque se tratara de un vicio de larga tradición en Asia, en Europa fumar opio fue un hecho tardío. En Francia, lugar donde ya se reunían representantes del arte y la literatura de todo el mundo, formaron un ambiente propicio para experimentar con drogas. Varios de ellos fundaron un club y se reunían en el apartamento del pintor Fernand Boissard: Honoré de Balzac, Charles Baudelaire, Alphonse Karr, Eugène Delacroix y Honoré Daumier, entre otros.

 

Julio Verne (1828-1905) escribe la novela titulada Tribulaciones de un chino en China, que trata de la vida de un comerciante chino en Shanghai llamado Kin-Fo, el cual considera suicidarse con una sobredosis fumando opio. Verne trata de escribir un relato “oriental”. En La vuelta al mundo en 80 días, novela en la cual el inglés Phileas Fogg se ve en peligro cuando su criado, el francés Passepartout, se queda postrado en Hong Kong bajo los efectos de una pipa de opio que le dio un enemigo.

 

“El opio se queda por años y años en la sangre”. Esto lo dicen escritores que escriben sus obras en París, pero llenos de la sensualidad oriental.

 

Guillaume Apollinaire (1830-1918) fumó mientras estuvo en Montmartre y al irse de allí le mandó cantidad de cartas de amor a Louise de Coligny-Chatillon, conocida como Lou. Esta dama, un poco caprichosilla, lo aborrecía en un lugar corriente, pero lo adoraba cuando Apollinaire estaba en un fumadero. “Sabía que para ella él solo existía cuando fumaban”, motivo por el cual él le escribía incontables misivas amorosas, tormentosas y apasionadas.

 

Charles Baudelaire (1821-1867), el mejor, arrastra una vida atormentada, pobre y excluido de la sociedad por ser hijo de un sacerdote. La gloria a su labor literaria le llega un poco tarde, pero le permite disfrutar, aunque sea por poco tiempo, del reconocimiento de sus compatriotas. Es traducido al inglés. Su obra central es Las Flores del mal, poesía. Baudelaire era visitante ocasional de alguno de estos clubs franceses, pero no fumaba opio, solo era adicto al láudano.

 

Como el éxito le llegó muy tarde, no tuvo más remedio que pedir dinero prestado a su madre, parientes y amigos, en medio de una existencia muy incierta y de un modo extravagante. Tuvo una enfermedad venérea –sífilis- que lo dejó muy debilitado, y al láudano que le aliviaba y que lo tomaba diariamente, le llamaba “una vieja y terrible amiga y ¡ay!, como todas ellas, llena de caricias y engaños”. Próxima ya la muerte, tomaba unas píldoras que contenían valeriana, digitalina y quinina. Era un botiquín ambulante para luchar contra sus resfriados, dolores de cabeza, fiebre y reumatismo. Baudelaire murió a los 46 años.

 

Bien en clubes o casas de amigos, bien en fumaderos –dependía de la fama que hubiesen alcanzado los literatos y artistas, y el dinero que tuviesen-, muchos de estos establecidos en París, eran adictos a estas drogas o por lo menos las probaban. Ir a uno de estos fumaderos públicos, costaba menos que ir a un café. Era un pasatiempo común en el París decimonónico.

 

Al círculo montmartriano de Apollinaire pertenecía Pablo Picasso, quien –según Jean Cocteau- dijo: “El olor del opio es el menos estúpido del mundo”, y el escritor Francis Picabia, escribió en una novela: “El segundo piso estaba rigurosamente reservado para los fumadores, dándoles así a los habitantes del primero y del tercero una calma deliciosa”. (1924)

 

La gran escritora e íntima amiga de Coco Chanel, Colette, no sabemos si fue opiómana, pero con la mala baba que tenía y su afición a denigrar a todos los artistas de los que era amiga, ya tenía bastante. De todas formas, en su novela Puro e impuro, de 1912, nos cuenta la experiencia de un fumador.

 

¿Es París la ciudad donde más fumaderos hay y también se encuentra el mayor número de fumadores de opio? Sí, porque es ahí donde se reúnen más escritores y artistas, tanto franceses como de otros países. Todos cortos en numerario, que van sableando a sus amistades, para dedicarse a lo que ellos llaman un placer. Nos han dejado numerosas referencias sobre este tema. Actualmente ya no se leen, quizá porque su manera de expresarse es un poco farragosa, debido al estilo de la época. Maurice Magre –Los cuidados del opio-, André Salmon, René Dalize –Un fumadero encantador-.

 

Los drogadictos no fumaban solamente opio, sino también láudano, heroína, morfina, éter y cocaína. Solas o bien mezcladas. Las mujeres utilizan más frecuentemente la morfina.

 

Alfred Jarry (1873-1907), escribe Ubu rey y el opio, publicado en 1893, relato denso y angustioso, visitando la morgue –cosa normal entre aquellos personajes-. Su yo sale de sí mismo y contempla unos acontecimientos un poco raros: el yo del autor viaja en un tren del país del opio, donde se celebran encantamientos y bacanales, animados por una orquesta formada por cardenales y obispos, cuyo director es el papa. Repentinamente su yo vuelve a sí mismo y se acaba la visión porque tiene que rellenar su narguile.

 

Es curioso lo anticlericales que eran los hombres de aquel tiempo, mientras, en general, las mujeres eran devotas seguidoras de la iglesia católica. Predicaban a sus maridos la asistencia al cumplimiento dominical. Don Ramón de Campoamor, gobernador civil de Alicante, era todo un caballero, educado, gracioso y simpático. Se le veía en la iglesia los domingos y la gente le preguntaba “Don Ramón, ¿cómo usted aquí?”. Y él respondía: “Es que prefiero oír misa a oír a mi mujer”.

 

Pero no era solo en París donde había fumaderos. En las ciudades portuarias francesas, donde se descargaba la mercancía, particulares y proveedores compraban opio bien puro, porque venía directamente de Oriente. En Tolón, ciudad más bien pequeña con puerto militar, en 1905 había 200 fumaderos.

 

A finales del siglo XIX consumían droga hasta los que no debían, como los componentes de la marina francesa, y hasta los policías que expedían permisos para entrarlo desde Indochina –cosa que estaba prohibida-, cobraban en especie.

 

Al estallar la Guerra del 14, había oficiales que no pudieron incorporarse a filas porque habían muerto de sobredosis, y otros que estaban en activo, continuaron ingiriendo opio en el campo de batalla, sufriendo lo que el gobierno llamó accidentes y que en realidad eran causados por pilotos que no encontraban campos de aterrizaje, al estar drogados, y jefes de tierra en las mismas condiciones, que causaron por su mala actividad muertes de soldados.

 

Hay un escritor francés, Guy de Maupassant, al que actualmente se le puede leer con gusto y no se puede decir que era un drogadicto, sino que probó el opio por saber lo que era. Lo suyo era el hachís.

 


En el Reino Unido, la ingestión de opio no fue tan frecuente como en Francia. Óscar Wilde –novelista y dramaturgo- tuvo un gran éxito en París, mostrando su extravagancia al presentarse ante el público en 1891, fumando descaradamente cigarrillos con mezcla de opio y bebiendo ajenjo.

 

El libro más importante sobre la materia es Confesiones del opio inglés, cuyo Thomas De Quincey es el más genuino opiómano inglés.

 

“¡Oh, opio justo, sutil, que todo lo conquistas!”

Thomas de Quincey

 

Quiso arreglar su mala salud con la ingestión de opio, que en realidad lo que hizo fue estropearla. Le atenaza la pobreza y sus depresiones. Otros le imitaron, pero para conocer la vida de estas personas nada como leer a Quencey.

 

“En el siglo XIX el opio era el ingrediente primario de incontables medicinas de patente que se utilizaban para aquietar a los bebés llorones, calmar los nervios destrozados y restaurar una apariencia de salud a millones de personas”. Thomas de Quincey.

 

Se observa que, a diferencia del vino, que proporciona una “llama oscilante” de placer, el opio da una “soflama permanente y uniforme”. En esos días se le conocía como “estimulante”, un término que se usaba para describir algo que produce un estado de bienestar. Hoy el opio se clasifica como “narcótico”, una droga que embota los sentidos. Sean cuales fueren los significados que se utilicen, consumir opio regularmente, en cualquiera de sus formas, es exponerse a forjar un vínculo irrompible y mortal. Debido a que el opio es una de las sustancias más adictivas y debilitadoras que existen en el mundo, el drogodependiente es un esclavo que no quiere recuperar su libertad.

 

La costumbre de fumar opio apareció en occidente hacia 1880. Un hábito traído de China por sus emigrantes y los viajeros y marineros europeos. Velado por un aura sin rival de decadencia oriental, excitó a quienes poseían temperamento artístico en Europa y a los primeros aficionados a las drogas que existieron en Estados Unidos, sin que a ellos les moviese ningún efecto creativo. Adoptado por un lado por escritores, artistas y gente rica, que parecían tener poco más que hacer con su tiempo y el dinero que malgastaron en malos hábitos, y por el otro, por marineros, prostitutas y gente a la deriva movidos por la desesperanza y marginados de la sociedad.

 

Y, como si el opio no fuera suficiente, por la misma época, se volvieron populares otras drogas: la cocaína, el éter, el hachís, el cloroformo y el ajenjo. De hecho, el consumo de todas ellas fue legal hasta principios del siglo XX. Cuando los gobiernos de países occidentales empezaron a percatarse del daño que representaban para la salud y la productividad, una y otra vez advirtieron acerca del peligro de su consumo. Esos mismos gobiernos y los ciudadanos que formaban los pilares de la sociedad, dictaron leyes para impedir el tráfico de estupefacientes entre sus fronteras.

 

Aquí enfocamos más bien la riqueza de las imágenes y de la literatura que ensalza o condena a esta mística droga y a sus devotos que trataron de capturar la esencia de la seducción del opio. Sea que retraten la atmósfera de los barrios chinos de California, el efecto del opio o los placeres de lo exótico, las palabras e imágenes producidas durante el siglo XIX y los primeros años del siglo XX, reflejan las actuales que garantizaron el lugar glorificado del opio en el panteón de las drogas.

 


Sobre todo, las fotografías convierten a quienes las ven en voyeures de una historia privada, aun cuando sea obvio que posaron para ellas. La pérdida de tiempo, energía, calidad de los fumadores de opio de entregarse por completo a la inercia y al placer. Sobre todo, apetecemos sus sueños de opio.

 

El tratamiento de otras enfermedades con láudano –como hacían multitud de compañeros- y la morfina causaba en las mujeres y los desesperados los efectos más rápidos. Hay varias mujeres, en número siempre inferior a los hombres. La más conocida era Elisabeth Barrett.

 

En Estados Unidos también hay escritores que prueban las drogas y escriben sobre ellas. Ya ha pasado tiempo y no se puede decir que estén agrupados como en Francia.

 

Al correr de los años, salen nuevas clases de drogas que consumen jóvenes y adolescentes. Más que en una diversión, se convierte en un negocio y está prohibido y muy perseguido por la ley, tanto el que la usa como el que trafica con ella. Algunos dicen que un representante de estos es Edgar Allan Poe (1809-1849), del que ni se sabe si fue drogadicto o se limitó a probar alguna droga por curiosidad. Es una figura central de la tradición literaria de los últimos siglos. Padre de la novela policíaca, renovador de la novela gótica y los cuentos de terror, pionero de la ciencia ficción, crítico y teórico literario de aguda inteligencia, autor de uno de los poemas más célebres de todos los tiempos –El cuervo-, teórico tanto del lenguaje narrativo como del poético.

 

Poe es un autor atemporal, de total vigencia en la actualidad, sobre todo si se quiere sentir un ligero temblor de terror.

 


Edgar Wallace (1875-1932). Nacido en el Reino Unido, dado en adopción, soldado en la metrópoli y en las colonias. Finalmente radica en USA, donde escribe sus mejores novelas. Los cuatro hombres justos, su mejor novela. Sus chinos se caracterizan porque no son pobres ni miserables; forman bandas, van bien vestidos y alimentados y son enemigos terribles. Tenía mucha imaginación. Fundó varias asociaciones para escritores. Fue a Hollywood en el año 1952 para filmar Los cuatro hombres justos y allí le sorprendió la muerte. En su tiempo fue un hombre de gran fama.

 

 

  

A finales del siglo XIX, el opio invade las calles. Ya no son los artistas los que lo fuman sino la gente corriente: los vagabundos, los estudiantes, los hijos de buenas familias, a quienes persiguen los vendedores de la droga, que forman bandas y se convierten en criminales, mientras que los que la ingieren mueren por sobredosis o enferman.

 


 Clama la voz del pueblo y los titulares de los periódicos para que algo que es legal se convierta en ilegal.

“1.500.000 Usuarios de la droga en Estados Unidos, afirma” –New York Times, 14 de mayo de 1923-.

 

A los enfermos de la droga se les interna en clínicas, calificándolos de locos, deficientes mentales, inútiles para servir en algo a la sociedad que los alberga. Hay que dictar leyes o establecer penas carcelarias que impidan tomar la droga.

 

Las autoridades de todos los pueblos civilizados toman cartas en el asunto y se reúnen en distintas asambleas internacionales para dictar normas impositivas. Las fuerzas del orden se emplean en aplicar la fuerza de la ley, pero los traficantes de drogas han formado grupos muy numerosos, peligrosos y bien organizados –llamados cártel o cartel, aunque en español se utiliza más la primera acepción-, y nada los contiene ante la posibilidad de convertirse en millonarios. Y a los desgraciados que consumen droga, ni las penas carcelarias ni los castigos domésticos ni cualquier medicamento les apartan de ella. Solo una voluntad férrea y un deseo de sobrevivir, puede hacer que se abstengan de ella.

 

 

  

En los primeros años del siglo XIX, Napoleón Bonaparte invade Portugal y España, al tiempo que desde el Reino Unido se hace a la mar una flotilla al mando de Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington. Su misión: establecer relaciones comerciales con los países de Iberoamérica, en detrimento de las que estos mantienen con España. Deja la empresa. Los británicos la retoman luego del Congreso de Viena con gran éxito. La causa del desvío es la orden que le llega a Wellesley desde Londres para que se dirija a Portugal y España a fin de vencer a Napoléon, y así lo hace en la Batalla de Vaterlo (1815) –pronúnciese vaterlo, ya que es palabra flamenca-.

 


En el mismo año, Horacio Nelson detiene las escuadras española y francesa en Trafalgar (1805) –donde pierde la vida, pero consigue un triunfo que convierte a la English Navy en la primera del mundo-. Era dueña de los mares, apoderándose de puntos estratégicos –Gibraltar, Malta, Chipre, Aden, Ceilán, Hong Kong, Singapur, etc.-. De esta manera, no solo extiende su imperio colonial, sino que ejerce en todas partes el más extenso y lucrativo comercio. El Oriente toma su nombre según su proximidad o lejanía del Reino Unido: Próximo Oriente, Oriente Medio y Lejano Oriente. El XIX es el siglo del Imperio Británico. Inglaterra alcanza en este período la cumbre de su poderío. Ejerce una hegemonía sobre todo el mundo.

 

Personajes del Imperio:

-Reina Victoria (1819-1901). Adorada por todos los británicos. Da nombre a una época y a un estilo. Lleva el título de Emperatriz de la India.

 

-Benjamin Disraeli (1804-1881). “Fabulador sefardí” por sus escritos. Desde la modestia de su familia y otros parientes, llega al puesto de primer ministro debido a las becas que obtiene por su inteligencia y amor al estudio. Turnándose con Gladstone elevan al Reino Unido a un puesto como no lo ha tenido ningún otro país de Europa.

 

-Rothschild –primo lejano de Disraeli- es muy aficionado a las palomas mensajeras, con las que se comunica con sus parientes franceses, los cuales le envían una dándole noticia de la derrota de Napoleón. El primo de Gran Bretaña, muy avispado, hace las jugadas de bolsa oportunas para asentar una fortuna y una baronía que siempre durará. Es interlocutor en la cuestión judía con la declaración Balfour.

 

-Gladstone padre engaña a los chinos. Les hace contratos para recoger la caña de azúcar en cuba y cuando llegan allí dice que tales papeles no existen y los emplea como esclavos. Ejerciendo la esclavitud, hace una fortuna.

 

-Gladstone hijo. Pertenece a una familia de clase media. Puede efectuar sus estudios con Disraeli. Es muy piadoso y lucha contra la esclavitud, que consigue erradicar, con los muchos que en ese momento se oponen.

 

En las relaciones comerciales entre chinos y británicos, se presenta el siguiente panorama:

Los ingleses importan de China grandes cantidades de té que se convierten en el 10% del PIB, y a los chinos les envían opio, convirtiéndose este comercio en un trueque que compensa económicamente a ambos países. Dado que los emperadores han prohibido la entrada de opio en su país, los ingleses, para salvaguardar su balanza de pagos –que no compensan importaciones eventuales- se ven en la obligación de declarar la guerra a China.

 

¿Qué es lo que provoca las dos guerras anglochinas, a parte de la cuestión económica? La captura continua de barcos, las incomprensiones, el descontento...

 


El detonante de la primera guerra llamada del opio es el rechazo de los comerciantes de dejar de embarcar opio para China. Duró desde 1839 hasta la firma del Tratado de Nankín en 1842. Son aliados de Gran Bretaña el Segundo Imperio Francés, Estados Unidos, Portugal, y el Imperio Ruso, países que, aunque en menor medida, también envían opio a China.

 

El triunfo de estos aliados sobre China obligó a esta a reabrir el puerto de Cantón y abrir varios puertos más, y a los comerciantes y funcionarios británicos a ceder el puerto de Hong Kong al Reino Unido y a reembolsar una pesada compensación de casi 20 millones de dólares.

 

Se reabrió el comercio del opio, de nuevo ilegalmente bajo una tergiversación del Tratado –que en ningún punto especificaba que el opio se volvería legal- haciendo que la piratería, el contrabando de opio y la adicción en niveles nunca vistos, los chinos llegaran de nuevo a otra guerra para acabar con el tráfico. Esta segunda guerra, declarada por los británicos, empieza en 1856 y termina en 1860. Estos conflictos bélicos solo tuvieron lugar en el Mar de China.

 

Dado que el emperador ha dictado unas leyes muy severas sobre la reducción de la compra de opio a Gran Bretaña –por el daño que su consumo produce entre la población-, el gobierno inglés teme que en sus arcas se pueda producir una bancarrota, ya que el 10% del PIB lo causa la compra de té, consumido ya por los ingleses como si fuese un bien propio e imprescindible.

 

¿Qué hacer? Convertir el comercio del opio –con las normas legales que producen los dos países- en un contrabando –ilegal para las formas establecidas por China- al que le ayudan los otros países europeos ya nombrados, permitiendo que sus barcos recalen en puertos pertenecientes a ellos.

  

Adjunto se muestra una ilustración de esos puertos donde se refugian los barcos ingleses.

 


Los chinos pierden ambas guerras y entran en la oscuridad desde un punto de vista político, económico y social, del que tardarán largo tiempo en salir. Los tratados que se firman en aquel momento son los de Tianjín, Aigun y la Convención de Pekín. Los ingleses consiguen convertir a China en un país lleno de opio y de fumaderos.

 


Para los chinos, tan numerosos, la salida es la emigración a otros países. En USA se dedican a poner traviesas del nuevo modo de transporte, el tren: las ponen tratados como esclavos y con salarios de miseria. También se dedican a fundar lavanderías. Detrás de estos edificios ponen unos cuartuchos miserables y sucios que dedican a fumaderos. Se establecen siempre en zonas portuarias, para que así los llegados ilegalmente no tengan dificultad en encontrar protección con los suyos. Estas zonas se van convirtiendo en barrios que, dado los que lo habitan, se llaman chinos y ya tienen de todo: casas de juego, toda clase de ilegalidades… Hay chinos que no abandonan este barrio en toda su vida. El más conocido y poblado es el de la ciudad de San Francisco, que comenzó a crearse en 1840.

 


Durante cientos de años los chinos han vivido en su país de manera miserable, ayudados por misioneros, especialmente de USA, que les ayudan a sobrevivir. Entre ellos los padres de Pearl S. Buck, premio Nobel de Literatura en 1938, que describe maravillosamente la situación en general y sobre todo la de la mujer.

 


 

Mao Tse-Tung (1893-1976), es autor del llamado Libro rojo, laico en su filosofía, pero lleno de frases que conmueven a sus lectores. Mao consigue que China se enroque en sí misma, y al cabo de los años surge una potencia sin realeza, nueva, fuerte y que se las puede tener tiesas a otras naciones, que se encuentren en uno u otro hemisferio. Basada en las dos economías y misteriosa, porque no sabemos lo que oculta en su interior. Sus productos llegan a todas partes y al segundo y tercer mundo envían materiales de primera necesidad y otros manufacturados, siendo proveedores en más alto grado que los mismos norteamericanos.

 


 

El continente europeo, con su formación griega antigua, su cartesianismo y el hecho de pertenecer a la raza blanca, cree que ha sido designado para regir a todo el orbe.

 

Los jesuitas españoles constatan que a los jesuitas japoneses les cuesta aprender teología. No es cuestión de inteligencia, sino de educación, puntos de vista y de mira.

 

Les dicen a los occidentales que se cuiden de ayudarles en sus desgracias provocadas por catástrofes naturales, porque lo que hacen es estropearlo todo. Proveen al mundo de bienes de equipo fabricados por ellos y al mismo tiempo mantienen a flote a su país.

 

Japón y China siempre han sido enemigos, pero últimamente se mantienen en paz. Occidente ha calificado a los chinos dos veces de tontos. En el siglo XIII con Marco Polo y en el XX con la caña de azúcar en Cuba. En 1939 –la llamada generación sin juguetes-, acabada la guerra civil española, las niñas saltan a la comba, cantando canciones del tipo que los ingleses llaman non sense –sin sentido-, por ejemplo: “Los chinitos / de la China / cuando no saben qué hacer / tiran piedras / a lo alto / y dicen que va a llover”.

 

Hay personas que a los “sin sentido” encuentran sentido y es ese sentido el que hay que aplicar.

 

Tal como está el mundo, ¿qué puede pasar? ¿Inventar todos los humanos un modus vivendi que les permita mantener una paz precaria pero sin llegar a la guerra? ¿Unirse occidente contra oriente en una guerra sin cuartel y ver cómo queda aquel edén que creó el Altísimo? ¿Existirán occidente y oriente en pie de igualdad? ¿Será un hemisferio esclavo del otro? ¿Oriente supra occidente?

 

 

  

FLOR SIN SER FLOR

Es flor sin ser flor,

niebla sin ser niebla.

A medianoche llega.

Se va al rayar el alba.

Viene como sueño de primavera:

Tan efímera.

Se va como nube matutina:

No deja huella.

Bai Juyi (772-846)

 

 

 

martes, 23 de agosto de 2022

 

MEMORIA DE SANTA ROSA DE LIMA

 

Santa Rosa de Lima. Claudio Coello

 

Hoy, la Iglesia Católica celebra la memoria de santa Rosa de Lima, primera mujer canonizada en Latinoamérica, y primera también que lleva este nombre en el orbe católico por la explicación que a continuación se da.

 

Parte de este artículo se publicó ya en noviembre del año 2017:

 

La Rosa de Lima

 

Entre las miles de beatas que recorrían las calles del Perú, ninguna causó mayor impacto entre la población como Isabel Flores de Oliva.

 

Su padre, Gaspar Flores de la Puente (1525-1626), nacido en Baños de Montemayor (actual provincia de Cáceres), era un hidalgo venido a menos y que emigró a Perú donde se empleó como arcabucero de la guardia del virrey. Tuvo varios empleos suplementarios para subvenir a las necesidades de su numerosa familia, pero que no tuvieron éxito. En 1525-1527 se había casado con María de Oliva Herrera, una criolla o mestiza (no se comprende por qué hay tanto interés en ocultar si Rosa de Lima tenía o no sangre india). María cosía y bordaba con primor y continuó haciéndolo después de casada como ayuda familiar. Tuvieron 13 hijos, aunque algunos de ellos murieron en edad temprana. Isabel fue la cuarta hija. La precedió un hermano, Hernando, con el que estuvo muy unida y era su ayudante en todo cuanto le pedía.

 

Los Flores de Oliva eran una más entre las muchas familias modestas que vivían en Lima y hubiesen continuado en el anonimato sin un hecho, al que aquella sociedad tan religiosa y creyente en leyendas piadosas, consideró milagroso. Un día, la pequeña Isabel dormía en su cuna y la joven sirvienta india, que ayudaba en los trabajos domésticos, quiso ver como se encontraba. Le retiró la sábana. ¡Quedó estupefacta! La niña lucía en cada mejilla una rosa de vivos colores. Llamó a gritos a la madre, parientes y vecinos. Todos consideraron aquella señal como una elección divina: el Señor la había marcado con un atributo mariano: ‘rosa sin espinas’. La pequeña fue conocida desde entonces como “’La rosa de Lima’.

 

A los 11 años, el obispo de Lima, Toribio de Mogrovejo (un futuro santo que confirma a tres niños futuros santos), la confirmó con el nombre de Rosa de Santa María. Ella no abandonó nunca la vida laica ni la casa paterna, siendo una de las mujeres más respetadas e influyentes en la ciudad de Lima.

 

Sus padres la querían casada y hasta le habían buscado un novio rico, pero Rosa ya tenía hecho el voto de castidad. Se le aparecía el demonio, la tentaba con el fin de apartarla del Divino Esposo, por lo que extremó los ayunos, las mortificaciones y los cilicios; el permanecer despierta por las noches para seguir rezando y ofreciendo sus sacrificios a Dios. Los intentos de entrar en conventos resultaron fallidos por lo que comprendió que el Señor la quería en una Orden como Terciaria. De muy joven había llevado el hábito franciscano, pero lo cambió por el dominico, ya que era a Catalina de Siena a quien quería imitar.

 

El marianismo estaba en pleno auge y, como ocurría en otras partes del mundo, para ocupar ciertos puestos había que jurar que se creía en el dogma de la Inmaculada Concepción, aunque este no se declarase de forma oficial hasta siglos después. Rosa visitaba todos los días iglesias de advocación mariana: la dominica de Nuestra .Señora del Rosario y otras dos jesuitas, Nuestra Señora del Loreto y la de los Remedios. Eran sacerdotes de estas órdenes los que la dirigían espiritualmente. Rosa era ‘camarera’ de estas tres imágenes.

 

A fin de tener cierta independencia para recibir a sus visitas, Hernando la ayudó a construir una especie de cabaña, hecha de adobe, en un extremo del jardín. Dada la cercanía del río, la humedad y las plagas de mosquitos eran constantes pero, cuando llegaban visitas, Rosa conminaba a los molestos animalillos a que permaneciesen en las alturas para no picar a nadie.

 

Rosa hizo de su vida un eterno regalo a Dios. No solo fue una mujer dedicada a rendirle culto, sino que tenía otras habilidades: pericia para coser y bordar, sabía leer y escribir y poseía talento para la redacción. Como Teresa de Ávila, escribía “coplas a lo divino”. A través de sus escritos demuestra que tenía mucho conocimiento de Dios, una especie de iluminación de lo alto. Sus confesores decían que era muy docta y que, por lo que había escrito, tenía una formación muy especial. Fue una revolucionaria en su tiempo porque era autónoma, es decir, sabía tomar sus propias decisiones.

 

Rosa tenía un gran carisma religioso. En su cabaña recibía, por separado, a dos generaciones: madres e hijas. Las señoras iban a visitarla y la habían convertido en su mentora; permanecían horas con ella, embelesadas, oyéndola hablar. La invitaban a pasar temporadas en sus lujosas casas, a ir con ellas en sus carrozas a la iglesia y a hacer visitas a amistadas y enfermos. Era un honor y un privilegio que Rosa aceptase y se convirtiese en su amiga. Los esposos de estas damas recibían sus palabras y consejos como norma de vida. El trato con la aristocracia limeña le dio una aceptación y respetabilidad que no le correspondía por su propio estatus.

 

A las jóvenes, cuyas madres las habían puesto bajo su guía, las recibía otro día junto con sus sirvientas, y, aparte de sus pláticas espirituales, les enseñaba a coser y bordar; ella misma lo hacía para vender sus trabajos y ayudar a la familia. Con las jóvenes se divertía de “manera honesta”: tocaban la guitarra, cantaban… Algunas de sus seguidoras tomaron los hábitos.

 

Pasa gente cerca de su cubículo, y se para a verla, igual que cuando va por la calle. Todos son atendidos por igual: pobres y ricos, laicos y clérigos. Le entregan ropa y cuantiosos donativos, que ella emplea adecuadamente socorriendo a los necesitados.

 

Sabiendo cómo era la Inquisición, Rosa pidió a sus oficiales que examinasen su doctrina para corregir cualquier error, si lo hubiese, antes de emprender ninguna enseñanza.

 

Rosa tenía mucha influencia sobre dos órdenes religiosas: los jesuitas y los dominicos; hombres que dirigían a teólogos y a confesores de fieles de la alta sociedad, la seguían a ultranza y declararon a favor de su santidad en el proceso de beatificación.

 

Meses antes de su muerte, se produjo un extraño suceso que el pueblo consideró un milagro suyo y la veneró aún más.

 

En la noche del 15 de abril de 1617, Rosa se hallaba hospedada en la casa de Don Gonzalo de la Maza. Llegada la noche, la esposa, Doña María de Uzátegui, empezó a preparar la capilla privada para la plegaria familiar nocturna en la que se reunían el matrimonio, los hijos, sirvientes y esclavos. Rosa se postró de rodillas ante el altar, presidido por un lienzo del Ecce Homo, y cayó en trance; nadie fue capaz de sacarla de él durante el trascurso de los hechos.

 

De repente, una de las hijas observó que la imagen de Cristo empezaba a traspirar. Corriendo fue a avisar a su madre y la esclava que la ayudaba dio grandes voces llamando a todos los de la casa. Llegó Don Gonzalo, persona sensata, y comprobó que no era la llama de los cirios lo que derretía la pintura. Avisado su vecino, Don Juan de Tineo, entre los dos decidieron mandar recado al autor del cuadro, Angelino Medoro, pintor italiano afincado en Lima. Medoro tanteó con cuidado la pintura: solo traspiraban el cabello, la cara y la barba, mientras que el resto permanecía seco.

 

Examinó la textura, buscó los olores de barniz, aceites o pintura y sus conclusiones fueron que el líquido que rezumaba era de origen misterioso y que no tenía nada que ver con su trabajo. Se volvió a los reunidos en la capilla y les dijo: “Basándome en mi experiencia y técnica del arte de la pintura, esto es una cosa sobrenatural y milagrosa y considero la mayor de las fortunas que haya ocurrido en un cuadro hecho por mí con tanto cuidado”.

 

Llegaron los jesuitas de San Pablo. Uno de ellos, usando un algodón, secó el sudor y seco se mantuvo unos instantes, pero enseguida volvió a rezumar. Hizo la prueba hasta en tres ocasiones, con el mismo resultado. Los jesuitas decidieron cubrir el cuadro con un velo y avisar al Arzobispo, el cual envió a su Vicario general y al Notario público de la audiencia real.

 

A pesar de la hora tan tardía, la noticia había corrido por toda la ciudad y los limeños se dirigían apresuradamente hacia el domicilio de los Maza. Hubo que ordenar el tráfico. Se accedía por la puerta principal, se entraba a la capilla y se salía por la puerta trasera. Las personas que así lo hacían, emocionadas, pasaban su mirada del Ecce Homo, que continuaba traspirando, a Rosa que permanecía inmóvil y con la cara transfigurada.

 

Se llamó a declarar a testigos oculares y todos confirmaron los hechos del 15 de abril. La Iglesia no se pronunció oficialmente, pero los fieles creyeron que era un auténtico milagro debido a las oraciones y la presencia de Rosa.

 

Rosa permanecía en casa de los Maza, presa de un mal desconocido, que le producía grandes dolores; no se quejaba y repetía: “mi Dios, mi Señor, mi Jesús, mi Esposo, y mis amores, dadme dolores”.

 

Rosa se agrava; a las hijas les dice que sean buenas con sus padres, a estos les emplaza a encontrarse con ella en el cielo; llama a los cinco esclavos niños, que viven con la familia, para darles una bendición especial, y diciendo: “Jesús, Jesús sea conmigo” expira a las doce y cuarto de la madrugada.

 

Murió el 24 de agosto de 1617. Al amanecer, y desde aquella casa, se la trasladó al convento de los dominicos. Las calles limeñas centrales eran una sólida masa de humanidad. Todos querían ser portadores del cuerpo. Al pasar por delante del palacio virreinal, se hizo un alto para que el virrey y la virreina pudiesen arrodillarse rindiéndole homenaje. Se dice que Lima entera olía a rosas.

 

La comunidad dominica, presidida por el Arzobispo, recibió el cuerpo de Rosa en la puerta principal de la iglesia, que estaba ya llena de una turba histérica e ingobernable. El cuerpo de Rosa ya no estaba cubierto por el hábito, que se lo había ido arrancando la multitud, ávida de tener una reliquia suya. Un jesuita cuenta que un amigo seglar pudo conseguir un dedo de la mano porque se lo había arrancado de un mordisco. Como no se pudo restablecer la calma, se llevó el cuerpo a la seguridad del claustro encerrándolo en la sala capitular, de difícil acceso para los laicos. El funeral se pospuso para el día siguiente, necesitando toda la noche para limpiar y poner orden en el recinto.

 

Está enterrada en el convento limeño de los dominicos. Su fama fue creciendo entre los peruanos que la consideraban ya una santa, pero querían que lo fuese de manera oficial. Se presiona al Arzobispado de Lima, el cual abre los preliminares del proceso, trasladándolo luego al convento dominico de Santa Sabina en Roma. Don Gonzalo de la Maza todavía puede dejar su testimonio antes de morir en 1628.

 

El 15 de abril de 1668 es beatificada por Clemente IX.

 

Cuenta la tradición que Clemente X se mostraba escéptico y comentó “limeña, bonita y santa, ni aunque llovieran flores”, y al momento cayó una lluvia de pétalos de rosa sobre su escritorio. No había excusas para elevarla a los altares, y así lo hizo el 15 de marzo de 1671.

 

En el solar de la casa de los Maza se construyó un convento con iglesia; otra iglesia se construyó sobre la casa paterna.

 

Hay muchas mujeres que llevan su nombre, así como innumerables iglesias y hasta pueblos. Se la ha declarado patrona de Lima, las Américas y Filipinas. La Iglesia Católica había establecido su festividad el día 30 de agosto, hasta la celebración del Concilio Vaticano II, que acordó que las festividades de los santos se celebrasen el día de su muerte. Dado que el 24 de agosto ya se conmemoraba la fiesta de San Bartolomé, Pablo VI decidió que la de Santa Rosa se celebrase el 23.

 

En Lima se sigue la tradición y se conserva la fecha del 30 de agosto, fiesta oficial en que participa toda la ciudad y las autoridades salen a la calle para presidir los actos religiosos y lúdicos, porque además es patrona de la policía limeña.

 

"Oh dulce martirio, que con arpón de fuego me ha herido.

Corazón herido, con dardo de amor divino,

da voces por quién lo hirió, Purifica mi corazón.

Recibe centella de amor, para amar a su Creador.

Temor santo, amor puro, la vida es cruz.

!Oh dichosa unión¡ !abrazo estrecho con Dios¡".

                                                                                       sic             (Rosa de Lima)

 

 

qqq

 

 

En el Ayuntamiento de Valencia existe una capilla, ahora dedicada a celebrar exposiciones, cuya descripción literal sacamos de la web de dicho ayuntamiento:

 

CASA CONSISTORIAL Y SU ENTORNO URBANÍSTICO

 

HISTORIA:

Ocupa una manzana de una extensión de 6.173 m2. El área recayente a las calles del Arzobispo Mayoral y de la Sangre integra el edificio de la Real Casa de Enseñanza, parcialmente edificada sobre terrenos de la extinta Archicofradía de la Sangre, de la que se conserva la portada de su derribada iglesia. La fachada principal y toda el área de ampliación que comprende, más diversas dependencias interiores, con el Salón de Fiestas, Consistorio, escalera principal, salón acristalado, etcétera, han ido añadiéndose a la aludida Casa de Enseñanza entre 1915 y 1942.

 

Esta edificación fundada por el arzobispo Don Andrés Mayoral como centro docente de niñas, fue construida entre 1758 y 1763, y se ordena en torno a un bello patio claustral de orden toscano de tres plantas, con ocho vanos por crujía en los dos primeros pisos, y doble número de ventanales en el piso superior, formando elegante “logia” unos y otros, dispuestos entre sencillas pilastras. Sobre el andito de la cornisa del primer piso corre una barandilla de hierro, formando una galería volada. La sobriedad típicamente neoclásica de este patio resulta muy afectada en la actualidad al habérsele añadido modernamente el cuerpo de edificio que forma el garaje y el consistorio, no atenuando apenas la desarmonía de tales aditamentos con la adecuación de sus fachadas al orden arquitectónico imperante en el resto del claustro, que perdió, con tal motivo, la fuente y jardín que lo embellecían.

 

La crujía sur recayente a este patio por el interior y a la calle de Periodista Azzati por fuera, se halla parcialmente ocupada por la antigua iglesia de la Real Casa de Enseñanza, dedicada a Santa Rosa de Lima. De esta capilla se conserva íntegramente su sencilla fachada con entrada por la calle de Arzobispo Mayoral, y las pinturas murales de la bóveda, pero no así los altares, retablos y demás accesorios propios de un templo, que fueron desmontados al construir un piso intermedio a la altura del nivel del coro con la finalidad de habilitar dos recintos, la llamada Sala Foral del Archivo Museo Histórico en la planta resultante, y las Salas de Exposiciones de éste último, al nivel del piso antiguo de la iglesia. La aludida fachada se sitúa en el extremo derecho de la fachada de la calle Arzobispo Mayoral e integra en un doble cuerpo el vano adintelado de la puerta –cuyos batientes conservan las planchas de latón dorado, que el tiempo ha patinado, adornada con bellos burilados de estilo rococó- y el vano del ventanal que daba luz al coro, sobre clásico entablamento toscano denticulado y flanqueado por acanaladas pilastras de orden jónico adornadas con volutas; el conjunto se corona con clásico frontón, también denticulado, adornado con bolas en las vertientes.

 

Al franquear la portada se accede a un breve atrio o “hall” –tal es el efecto logrado tras la transformación de esta iglesia- cuya bóveda rebajada sustenta el antiguo coro, de aquí se pasa al resto de la antigua nave, habilitada actualmente como Sala de Exposiciones según queda dicho, dividida en cinco compartimentos sobriamente decorados con mármoles en zócalos y pilastras angulares. La susodicha transformación de la iglesia de Santa Rosa determinó desmontar los ocho altares laterales, con sus correspondientes retablos, y todo el presbiterio. Las pinturas que adornaban las hornacinas de aquéllos se conservan depositadas en dependencia aneja y se encuentran en buen estado. Representan los desposorios místicos de Santa Catalina Mártir, el martirio de Santa Lucía, la presentación de la Virgen en el templo, Inmaculada y San Miguel Arcángel (que eran las que adornaban los altares del lado izquierdo o del Evangelio) y San Francisco de Sales dando la Regla a Santa Juana Francisca Fremiot, Santa Ana dando lección a la Virgen, desposorios de San José y la Virgen, y Calvario (que eran las pinturas de los otros cuatro altares). Todos estos lienzos miden 3’30 por 1’92 metros. Y se atribuyen a José Vergara, autor de los frescos de la misma iglesia, de calidad tal vez ligeramente superior. Settier y Cruilles suponen que fue Luis Planes en realidad el autor de los citados óleos.

 

El altar Mayor estaba formado por un retablo de orden corintio, de madera dorada, en cuya hornacina figuraba la imagen de Santa Rosa de Lima entre ángeles mancebos. En los extremos de dicho retablo se hallaban las imágenes, en madera policromada, de San Andrés Apóstol y Santo Tomás de Villanueva, emplazadas en la actualidad justo arriba, en la llamada Sala Foral, levantada según se ha dicho, al nivel del piso del coro. De estas imágenes atribuidas a Ignacio Vergara, dijo Elías Tormo ser “de lo mejor y más admirable de la escultura valenciana del setecientos, a la altura de lo de Villabrillo, Carmona o Salzillo”.

 

Además de haberse desmontado los citados altares por el referido motivo, la adaptación de dicha iglesia conllevó la desaparición de las pilastras, cornisamentos y zócalos que decoraban los paramentos de la nave, así como las tribunas con celosías, apeadas sobre finas ménsulas de estilo rococó, estilo que a pesar del impulso neoclásico de la iglesia y resto del edificio pervive también en las molduras que encuadran los ventanales de aquélla. Como queda indicado, se conserva íntegramente la bóveda de cañón con lunetos, de la nave, y la bóveda vaída del presbiterio, con las pinturas al fresco que decoran una y otra.

 

La tonalidad blanca de las paredes, las cintas grises que subrayan las aristas de los lunetos o de los arcos fajones y la rutilante pintura al fresco de José Vergara, permiten intuir el grato efecto que debía producir la visita de esta capilla, de tan lograda unidad de estilo como equilibrada y elegante sobriedad. El medio punto, algo peraltado, del testero representa un frontispicio con simulado ventanal ovalado. Flanqueado por las figuras alegóricas de la disciplina con libros y azotes, acompañada de un eros niño, y la religión, también, con libro y una lucerna, acompañada por una grulla, símbolo de la vigilancia. La bóveda vaída se decora con una bella composición en la aparece Santa Rosa de Lima, arrodillada a los pies de la Virgen a quien presenta un grupo de niñas educandas de la Casa Enseñanza. En distintos planos aparecen sobre nubes, el Padre Eterno, el Espíritu Santo y diverso número de ángeles. Circunda esta celeste composición una balaustrada bajo la cual, en los cuatro ángulos de la bóveda, aparecen cuatro alegorías con diversos atributos y cuyas respectivas cartelas nombran “El piadoso celo” –el anciano con ardiente corazón en la mano-, “La educación espiritual” –la matrona con un libro y un sol-, “La perfecta enseñanza” –la matrona con un cesto de labores y los correccionales azotes- y “El beneficio común” –mancebo con cornucopia desbordada de tesoros- completándose así un bello conjunto perfectamente programado en torno a la finalidad docente de la Fundación del Arzobispo Andrés Mayoral, cuyo escudo, por cierto, figuraba sobre el entablamento del retablo del altar mayor.

 

La bóveda de cañón aparece dividida en tramos, a los que corresponden sendos rondos puros alternados con otros de puntas, a modo de medallones, pintados al fresco, por el propio José Vergara. El primer rondo (empezando por el más inmediato a la precitada composición) representa la aparición de Cristo abrazado a la cruz a Santa Rosa; en el segundo figura dicha santa coronando al niño Jesús, que le llama “esposa”, con unas rosas; en el siguiente, el niño Jesús, en brazos de la Virgen la bendice; el siguiente rondo muestra como la santa cae desvanecida al aparecérsele la Virgen; en el último óvalo grande , sobre el coro, se representa el desposorio místico de Santa Rosa de Lima con el niño Jesús en presencia de la Virgen. Todas estas pinturas se caracterizan por la corrección típicamente académica del dibujo, los valientes escorzos, la claridad de la gama cromática y la elegancia de las actitudes de las figuras.

 

Fuera de la iglesia y el patio, la antigua Real Casa Enseñanza ostenta toda su severidad arquitectónica, algo monótona, a lo largo de la amplia fachada recayente a la calle dedicada precisamente a Mayoral, el arzobispo fundador. Severidad que la larga teoría de ventanas con rejas y algún balcón, en sus tres plantas y ático, contribuye a resaltar. En esta fachada, y no lejos de la puerta de la excapilla de Santa Rosa, se halla una lápida decorada con un retrato femenino en relieve y la siguiente inscripción: “A la eminente pedagoga María Carbonell y Sánchez. Hija predilecta de la ciudad. Valencia para su memoria MCMXV”. Lo que explica por estar aquí mucho tiempo establecida la escuela normal de Magisterio.

 

Por otra puerta recayente a esta misma fachada se pasa a una escalera cuya restauración, zócalos y paneles de azulejería valenciana, modernamente añadidos, barandal de madera, etc., le prestan especial carácter. A través de esta escalera se accede por el primer piso a dos estancias de relativo interés, la actual oficina de actas, por conservarse en su techo una alegoría de la “noche”, pintada al temple por José Brel; la otra sala es el antiguo consistorio, con artesonado de molduras de escayola y reminiscencias académicas en su trazado, todo proyectado en 1905 por el arquitecto Ángel Barbero. En oficina decórase el techo con otra alegoría al temple “el día” de José Brel.

 

La fachada de la calle de la Sangre muestra la portada principal, adintelada, de lo que fue gran centro docente, espléndidamente dotado por su fundador. Se corona con artístico escudo prelacial de Mayoral y todavía la inscripción “Real Casa Enseñanza de niñas y colegio de educandas”. Dicha puerta aparece cerrada por verja de hierro, ochocentista, con escudos de la ciudad. Otra puerta de parecidas características a ésta, pero practicable, existe en esta misma fachada, a la izquierda, y es la de la desaparecida iglesia de la Archicofradía de la Sangre, de la que sólo subsiste este vestigio. Al presbiterio de la citada iglesia abría coro y tribuna de la Casa de Enseñanza, así como una verja en la planta baja para comulgatorio; ello en virtud de la venta que hizo la citada Archicofradía del “Parador de la Sang”, sobre cuyo solar se edificó parte del colegio de niñas que su fundador denomina “Doncellas de distinguit naiximent” en cláusulas fundacionales. Al tiempo, pues, de su construcción se integró en la propia fachada que comentamos la puerta de la iglesia de la Sangre, resultando un conjunto sobriamente neoclásico, pero con cierto aliento, destacando en el alto zócalo de piedra, las seis pilastras del llamado orden “gigante” (por salvar en este caso las tres plantas sin establecer dimensiones intermedias) y cornisamento denticulado. Dichas pilastras, discretamente realzadas del muro, enmarcan cinco balcones en planta principal; de mayores proporciones los situados sobre las antedichas portadas. El balcón situado sobre la puerta aludida de la antigua Casa Enseñanza ostenta todavía la inscripción “Ayuntamiento” por haber servido de balcón principal antes de la construcción de la moderna fachada recayente a la plaza. El vano se adorna con sencillas volutas apenas realzadas. El del otro gran balcón, situado sobre la puerta de la desparecida iglesia de la Sangre, se decora con pilastras jónicas acanaladas. Por este tramo de fachada un tímpano suavemente curvo, con dentículos corona todo el cornisamento.

 

Con motivo del estado ruinoso en que se hallaba la histórica Casa de la Ciudad, situada junto al Palacio de la Generalidad, en 1854 solicitó el Ayuntamiento autorización para trasladarse “provisionalmente” a la Casa Enseñanza del arzobispo Mayoral, “sin que afectara el traslado lo más mínimo a ninguna clase de enseñanzas establecidas allí”. El 26 de mayo de dicho año se celebraba ya la primera sesión, sin que desde el principio se planteara la necesidad de edificar una sede municipal propia. Contrariamente se codició de inmediato la posesión de aquel edificio, si amplio, no del todo apropiado a su nuevo y forzado destino. Tras varias vicisitudes y reclamaciones, al año siguiente se consumaba ya el desahucio presentado a la comunidad que regía al colegio de niñas y en 1856 se instalaban todas las dependencias municipales en el piso principal y la planta baja recayente a la calle de la Sangre. Al poco, en 1864 concretamente, se hizo entrega al Ayuntamiento, por orden del gobernador, de los bienes de esta fundación, convertidos en títulos de la deuda consolidada, por la Ley de desamortización de 1885; si bien no obtuvo la corporación municipal el pleno y absoluto dominio de la Casa de Enseñanza.

 

A fin de paliar en lo posible la falta de espacio, ya en 1875 se acordó iniciar un proyecto de casa consistorial que debía construirse en los solares del derribado convento de Santa Tecla o en el exconvento de San Francisco, a la sazón cuartel de caballería. Frustrados estos planes, y ante la conveniencia de seguir usufructuando la Casa de enseñanza, en 1904 la corporación municipal encargó a su arquitecto Carlos Carbonell proyecto de construir una nueva ala de edificio recayente a la plaza de San Francisco. Ello venía urgido no sólo por la ampliación que de ellos se derivase sino por la necesidad de dotar de una fachada digna a dicho tramo, muy afectados por el derribo del convento de San Francisco. Sobre la base de limitar el presupuesto hasta la cornisa general, sin incluir obras del interior ni las torres y los cuerpos altos, el citado Carlos Carbonell y Francisco Mora Berenguer presentaron detallado “pliego de condiciones facultativas –con fecha de 29 de octubre de 1905- que debería regir en la ejecución de las obras de ampliación de la casa consistorial de Valencia, con fachada recayente a los jardines de San Francisco”. Al día siguiente se colocaba ya la primera piedra.

 

En la referida fachada hay que distinguir el bloque de edificio propiamente, constituido por planta baja y dos pisos, según diseño de Carlos Carbonell, y el conjunto que forman las torres angulares, la torre del reloj y los dos cubos que la flanquean, algo pretencioso, conforme al proyecto de Francisco Mora Berenguer, incorporado individualmente a estas obras a partir de 1924. La fachada en cuestión se ordena en torno a un cuerpo central que engloba la puerta principal, los dos cuerpos salientes con sus respectivas puertas a cada lado de aquélla, sendas alas de tres ventanales por lado, con tímpano los de la planta noble y simplemente adintelados los del segundo piso, y las torres circulares a los extremos. Sobre la puerta principal se abre un arco en cuyas enjutas figuran alegorías de mármol, en medio relieve, de la administración y la justicia, obra de Mariano Benlliure, autor asimismo del grupo en bronce del escudo municipal sustentado por dos desnudos femeninos de mármol que simbolizan las artes y las letras, conjunto todo que realza notoriamente esta parte de la fachada. En 1967 fue modificado parcialmente el citado arco, que hubo de ser elevado al adicionar el gran balcón de piedra.

 

Los cuerpos algo salientes que flanquean el citado tramo central se adornan con cuatro grandes columnas pareadas de orden corintio cuyos fustes se adornan, en su tercio inferior, con cartelas y amorcillos esculpidos por Ricardo Tárrega. Dichas cuatro columnas sustentan, sobre sendos pedestales, otras cuatro grandes estatuas de mármol, exentas, que simbolizan las virtudes cardinales, siendo de Carmelo Vicent “la Justicia” y “la Prudencia”, y de Vicente Beltrán “la Fortaleza” y “la Templanza”. Estos dos cuerpos se elevan ligeramente a modo de torres, coronándose las respectivas terrazas por balaustradas con pináculos, que centran el escudo de armas de la ciudad. A uno y otro lado de ambas elevaciones destaca sobremanera la torre-reloj, demasiado alta quizá, formada por tres cuerpos y coronada por carillón sobre metálico armazón que fue inaugurado el 12 de marzo de 1930.

 

El resto de la fachada, limitado por los antedichos cuerpos ligeramente salientes y las torres de los extremos, se inspira en la arquitectura clásica del renacimiento sin caer en los excesos neobarrocos de aquellas otras partes. Cada ala se estructura sobre un alto zócalo de piedra de mármol y paramento almohadillado en el resto de la planta baja, dividiéndose las otras dos plantas por tres pilastras de estilo corintio que enmarcan otras tantas ventanas, coronadas las del piso principal por frontones clásicos, según quedó indicado. Sobre la cornisa, una balaustrada corrida con obeliscos sirve de enlace entre este cuerpo y las dos plataformas de ambos lados de la torre central. Las torres angulares, de planta circular, se cubren por características cúpulas, muy peraltadas, de refulgente color cobrizo por el reflejo metálico de sus tejas imbricadas.

 

Paralelamente, y con parecida lentitud, se fueron construyendo costosas obras interiores afectadas las mas de parigual pretenciosa suntuosidad, así la gran escalinata, cuyo proyecto es de fines de 1924; el salón de fiestas, que fue inaugurado por Alfonso XIII el 15 de octubre de 1929; el consistorio, los despachos del alcalde, secretario general y saloncito “pompeyano”; salón de la “chimenea”, antesalas, escalera secundaria, diversas obras de enlace con el antiguo edificio, etcétera.

 

La susodicha escalinata se construyó lujosamente con mármoles de Italia, en estilo neoclásico. Durante la guerra fue dañada por la explosión de una bomba; posteriormente, en 1941, se colocó sobre el rellano la imagen marmórea del sagrado corazón, obra de Ramón Mateu.

 

El consistorio, de planta semicircular y por ello también llamado “hemiciclo”, consta de estrado para la presidencia, graderío capaz para 109 asientos, y tribunas para el público. Las columnas y pilastras son de granito pulimentado procedente de Alemania, con aplicaciones ornamentales de bronce. Las portadas y el testero son de mármol de Italia. En sendos mediopuntos situados sobre dichas portadas figuran alegorías de Valencia, pintadas por Luis Dubon, en estilo “art decó”. El retrato al óleo de Juan Carlos I, pintado en 1976 por Alex Alemany, preside este salón. En la antesala, y colocado bajo un dosel, se conserva el lienzo de Jaime el conquistador pintado por Bernardino Alzamora en 1631.

 

El salón de fiestas ocupa una superficie de 22’60 metros de largo por 10 metros de ancho y se cubre por bóvedas de cañón con lunetos. Las vidrieras polícromas de los ventanales tamizan suavemente la iluminación del local, suntuosamente decorado con dos arañas de cristal de Bohemia, talla dorada, relieves, consolas, etcétera. Destacan los tres plafones elípticos de la bóveda pintados al óleo por Salvador Tuset. Representan alegorías de la tierra, el cielo y el mar valencianos, de colorido muy vivo.En las enjutas de los seis arcos laterales hay doce relieves de mármol de decorativos desnudos femeninos o masculinos; los cuatro del fondo obras de Vicente Beltrán, los cuatro del centro de Carmelo Vicent , los cuatro primeros realizados por Enrique Giner, los de la derecha y los de la pared opuesta por Vicente Coret. Sobre el cornisamento figuran seis representaciones heráldicas de la ciudad de Valencia, y más arriba, en sendas cartelas se leen en letras doradas los nombres de Pedro el grande, san Vicente Ferrer, Ausias March, Luis Vives, Gilabert Jofre y Juan de Juanes.

 

Cuando acabaron estas obras se procedió a la habilitación ya apuntada, de la iglesia de Santa Rosa, como Archivo-Museo Histórico, cuyas instalaciones fueron inauguradas en 1935. Se exhiben en dicho museo documentos tan preciados para la historia de Valencia como el códice “Dels furs” recopilado en 1329, el códice del “Consolat del mar” con bellas miniaturas de Domingo Crespi realizadas en 1407; el “penó de la conquesta”, la “real senyera”, el plano delineado por el P. Tosca en 1704, la famosa “Taula de canvis”, la tabla del juicio final procedente de la antigua capilla de los jurados (atribuida Vrancke van der Stock, discípulo de Van der Weyden), determinados recuerdos del rey Don Jaime, la llave musulmana de la ciudad, banderas gremiales, etcétera. Además el archivo histórico propiamente dicho, con centenares de series completas de documentos como “Manuals de concells”. El primero de los cuales data de 1306, libros de clavería, de protocolos, de fábrica de murs e valls, cridas, cartas misivas, etc. En 1958 fue concluida la espléndida decoración mural realizada por Ramón Stolz Viciano en la salita del códice “Dels furs”, con representación de los reyes de Valencia, Jaime el conquistador, Pedro I el grande, Alfonso I el franco, Jaime II el justo, Pedro II el ceremonioso, Juan I el cazador, Martín el humano y Alfonso III el magnánimo. Además, un caballero del siglo XV enarbolando la senyera y un espacioso panel en el que se representa con mucha propiedad el gesto memorable en que Francisco Vinatea protesta ante el rey Alfonso II el benigno, por el contrafuero urdido por su esposa Leonor de Castilla. El artesonado de esta salita, inspirado en los de estilo mudejar, fue labrado por José Sanmartín, y los motivos heráldicos, deducidos de las “trobas” del pseudo-febrer, fueron pintados por Francisco Baró. Trasladada la biblioteca y hemeroteca que ocupaban el piso superior al nuevo edificio de la plaza de Maguncia, salvo la biblioteca legada por José E. Serrano Morales, que permanece “in situ”, hay que señalar muy particularmente los fondos arqueológicos depositados en la planta baja, con elementos procedentes de excavaciones practicadas en la ciudad o pertenecientes a la colección Martí Esteve, constituida por numerosísimas series de objetos de muy heterogénea condición, como medallas, monedas, planchas de cobre, grabados, armas, exvotos ibéricos, tanagras y vasijería helenísticas, cobres y tablas pintadas, etcétera. En la sala de exposiciones figura el mosaico de la medusa gorgona, descubierto en 1949 en la calle del Reloj Viejo, y un sepulcro de piedra, anepígrafo, procedente de la necrópolis paleocristiana de la Boatella.

 

Ello y el conjunto de obras de arte propiedad del Ayuntamiento de Valencia, cuya relación más o menos detallada e inventariada fue publicada en 1958, imposible de resumir en unas líneas, ha planteado la necesidad de agrupar esta colecciones con vistas a la formación de determinados museos.

 

Especialmente vinculados al Ayuntamiento de Valencia son los objetos artísticos que pudieron salvarse cuando el derribo de la antigua Casa de la Ciudad, así hay que citar el artesonado del “Saló daurat”, ricamente labrado en madera dorada y policromada a principios del siglo XV, que fue trasladado al salón del edificio del consulado de la Lonja, donde se conserva también el lienzo exvoto del que representa “Los jurados de Valencia arrodillados ante la Purísima”, pintado en 1662 por Jerónimo Jacinto de Espinosa, pintor valenciano del que el Ayuntamiento conserva otras pinturas. En la misma Lonja se conserva un cancel de hierro forjado con relieves platerescos y las armas de la ciudad, procedente de aquella histórica casa. De la capilla de los Jurados, además de la citada tabla del juicio final, se conservan unos medios puntos que representan un apostolado pintado por Miguel Esteve y Miguel de Prado hacia 1519, así como otras pinturas de Sarinyena, Agustín Ridaura, etcétera. También se conserva alguna pintura de Joan de Joanes, si no de él mismo, como la Sagrada Familia que hay en el “salón de la chimenea” y la de Ribalta, varios lienzos de Vicente López, Joaquín Sorolla “Mi familia” y “Mi jardín” –Manuel Benedito- retrato de Sorolla; Stolz Viciano “retrato de Mariano Benlliure” e infinidad de cuadros de pintores valencianos modernos. Hay también esculturas de Ignacio Vergara, José Esteve, José Capuz, Gutierrez Frechina, Vicente Navarro, Prudencio Marín, Ramón Mateu, Octavio Vicent, Ciriaco, Silvestre de Edeta, Alfonso, etcétera.

 

Finalmente para aprovechar el solar resultante del derribo, en tiempo de la guerra, de la iglesia de la Sangre, el Ayuntamiento, adquirió de la archicofradía de la Santísima Sangre, adscrita a la parroquia de San Agustín y Santa Catalina, dicho terreno por 700.000 pesetas, según escritura firmada el 21 de mayo de 1942. El propio Mora Berenguer dirigió la construcción de un amplio semisótano -de 1.180 metros cuadrados- en la parte recayente a dicha calle de la Sangre, donde se instaló con gran holgura la caja blindada de la tesorería municipal, caldera para la calefacción y refrigeración, archivo de Depositaría e Intervención, y otros servicios.

 

En la planta baja, con entrada por la que había sido de la iglesia de la Sangre, el citado Mora construyó el llamado patio acristalado, amplia estancia de planta rectangular y dos pisos, circundado por las oficinas de depositaría, contaduría, intervención, plusvalía y otras oficinas abiertas al público a manera de un banco o local destinado a pagos y cobros. Recibe iluminación cenital por gran claraboya de cristales que componen, al centro, el escudo de la ciudad. Aunque funcional, resulta una estancia de cierto efecto por el revestimiento de mármoles en mostradores y pilares. Estas obras concluyeron en 1952.

 

 

qqq

 

 

Santa Rosa de Lima fue proclamada excelsa patrona de Lima, del Perú en 1669, del Nuevo Mundo y las Filipinas en 1670. Además, es patrona de institutos educativos, policiales y armados de Venezuela, Policía Nacional de la República del Perú, Policía Nacional del Paraguay y las Fuerzas Armadas argentinas. En virtud de la enfermedad que le produjo la muerte, es santa patrona de los tuberculosos. Es llamada por los niños santa Rosita.